El día que me dejé tocar por una desconocida en el subte

El día que me dejé tocar por una desconocida en el subte

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 5 min de lectura

Yo nunca pensaba que eso me pasaría. Nunca. Aunque vivía en Buenos Aires desde chico, aunque andaba con la ropa que me sentaba bien, aunque me miraba al espejo y me decía “sí, esta es mi cara, esta es mi voz, esta soy yo”, siempre había algo que me contenía. Un miedo sordo, un silencio que se arrastraba como una sombra detrás de cada paso.

Pero ese día, el 2 de junio —hace un par de semanas, más o menos—, algo se rompió. No fue dramático, no hubo gritos ni lágrimas ni un despertar repentinamente iluminado. Fue más sutil, como cuando el sol se asoma por la ventana y de golpe ilumina una esquina que antes estaba en penumbra.

Era viernes, cerraba la librería donde trabajo. Las 19:30, horario de verano, y el calor ya se metía por los poros. Me puse la remera más holgada, la que me deja respirar, y salí hacia la estación de Callao, rumbo a San Telmo. No tenía ganas de charla, ni de pensar, ni siquiera de mirar a nadie. Me subí al subte sin pensar, como siempre: línea B, vagón del fondo, donde casi nunca hay gente, y me dejé caer en un asiento al fondo, con las manos en los bolsillos y los ojos en el celular, aunque no leía nada.

Fue ahí, cuando el tren empezó a moverse, cuando sentí su presencia. No fue un olor, ni una voz, ni siquiera una mirada directa. Fue un *cambio* en la temperatura. Como si el aire se volviera más espeso, más denso, como si la electricidad del tren se hubiera vuelto más sensible.

Me levanté un poco la camiseta para ajustarme el sujetador de encaje negro —el que uso cuando quiero sentirme fuerte, aunque nadie lo sepa— y, al bajar la tela, la vi.

Estaba parada a dos metros, apoyada en la barra, con las piernas cruzadas, los ojos negros brillantes como dos carbones bajo el brillo tenue del techo. Llevaba una falda ajustada, negra, que le marcaba las curvas como una pintura al óleo. Y una blusa blanca, abierta un par de botones, que dejaba entrever la curva suave de sus pechos.

Pero no era eso. Era la forma en que me miraba. No me estaba mirando *a mí*, exactamente. Me estaba mirando *desde adentro*. Como si ya me hubiera conocido antes, como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre.

Yo me congelé.

Ella sonrió. No una sonrisa cualquiera. Una sonrisa que empezaba en los ojos, que se deslizaba por las mejillas y luego, apenas, se asomaba a los labios. Como si supiera que cada gesto suyo era una llave, y que yo era la cerradura que llevaba años esperando.

—¿Te sientes cómodo así? —me preguntó, con voz baja, ronca como el roce de una seda sobre la piel—. Estás tenso.

Yo no dije nada. Solo la miré, y en ese silencio, sentí cómo mi corazón empezaba a latir con fuerza, como si quisiera escaparse por la garganta.

—Yo también —agregó, mientras se acercaba un paso, sin romper el contacto visual—. A veces, cuando el tren se mueve así, con ese vaivén lento… uno empieza a sentirse otra cosa.

—¿Qué otra cosa? —pregunté, sin querer.

Ella se detuvo frente a mí, a un palmo de distancia. Su aliento olía a café y a vainilla.

—Una persona que sabe lo que quiere —dijo, y me rozó el dorso de la mano con el índice—. Y lo que querés es que te toquen. ¿No es así?

Me congelé otra vez. Pero esta vez no fue miedo. Fue como si el cuerpo me hubiera olvidado, como si solo quedara la piel, aguzada, sensible, *viva*.

—No sé —respondí, en voz baja, con la garganta seca—. Nunca…

—Nunca —repitió ella, como si pronunciara una palabra sagrada—. Pero hoy sí.

Me tomó la mano. No me preguntó si estaba bien. No necesitaba hacerlo. Solo me la apretó un poco, como diciendo: *vení*, como diciendo: *acá no pasa nada si no querés*, como diciendo: *estoy acá, pero vos sos quien decide*.

Me llevó hasta una esquina vacía del vagón, donde nadie nos veía. El tren dio un leve frenazo, y el cuerpo de ella se apretó contra el mío, sin forzar, sin exigir. Solo allí, juntos, en ese espacio compartido, sentí que algo se soltaba.

—¿Me dejás tocarte? —susurró, con los labios casi rozando mi oreja—. Solo un poco. Para saber que podés.

No respondí con palabras. Solo incliné la cabeza, le tomé la muñeca y la guié hacia mi pecho.

Ella se detuvo un segundo, como para grabar el momento en la piel. Luego, con la palma abierta, pasó los nudillos lentamente por mi clavícula, descendiendo hasta el borde de la blusa. Me miró, y en sus ojos no había deseo crude, no había codicia. Solo curiosidad. Solo conexión.

—¿Así? —preguntó, mientras su dedo se deslizaba por debajo del encaje, rozando la curva suave de mi seno.

Sentí un estremecimiento que empezó en la punta de los dedos y terminó en el centro de mi vientre. No era vergüenza. Era *reconocimiento*. Como si mi cuerpo hubiera estado esperando esa sensación desde que nací.

—Sí —dije, y mi voz salió quebrada, pero firme—. Sí, así.

Ella sonrió, y esta vez la sonrisa se abrió por completo. Me besó en la frente. Luego en la mejilla. Y por último, con una lentitud que me hizo sentir como si estuviera flotando, me besó los labios. Fue breve, casi inocente. Pero en ese roce, sentí todo: la historia que me llevó hasta allí, los años de silencio, los miedos que dejé atrás, y la promesa de que, por fin, estaba empezando a estar en paz con mi piel.

El tren frenó en San Telmo. Ella se separó, sin soltar mi mano.

—Mañana, en la misma estación —dijo, mientras me daba un papel doblado—. Si querés.

No abrí el papel. No necesité hacerlo.

Solo asentí, y le apreté los dedos.

Y cuando el tren se alejó, y ella desapareció entre la multitud, sentí algo que hacía mucho no sentía: no era miedo. no era duda. era deseo. deseo limpio, natural, como una brisa que te encuentra en medio de la ciudad y te recuerda que estás vivo.

Y, sobre todo, que merecé ser tocado.

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