El día que me cogí a mi mejor amiga y a su novio

El día que me cogí a mi mejor amiga y a su novio

@mateo_cruz ·24 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (36) · 207 lecturas · 10 min de lectura

Me acuerdo exactamente dónde estaba sentado cuando me llamó Lucía. Eran las tres de la tarde, un miércoles caluroso de enero, y yo estaba en el sofá de su casa —sí, la misma que su novio, Martín, y ella me habían invitado a quedarme cuando se rompió el aire acondicionado en mi depto—, con una cerveza medio tibia en la mano y el celular colgado de una oreja mientras miraba el techo, esperando que alguien me dijera qué hacer con esa maldita muda que no terminaba nunca.

—¿Mateo? ¿Estás ahí? —preguntó Lucía, pero no era la voz de siempre. Venía más apagada, un poco entrecortada, como si estuviera conteniendo algo.

—Sí, che, ¿qué pasa, linda? —le dije, sentándome derechito.

—¿Viste que Martín no vino a trabajar hoy? —empezó, y luego hizo una pausa larga, demasiado larga—. Está en la cama. Conmigo. Y yo… no sé, Mateo, me sentí rara. Me sentí bien rara.

Me callé. La cerveza se me heló en la mano.

—¿Rara cómo? —pregunté, pero ya sabía la respuesta. O al menos intuía.

—Me miró acostada, con esa camiseta que te gusta tanto, y me dijo: “¿Te acordás de lo que nos pasó esa vez en Bariloche?”. Y yo le dije que sí. Y entonces… —respiró profundo—, y entonces me besó.

—¿Te besó? —repetí, y la voz me salió más aguda de lo que pretendía.

—Sí. Me besó la nuca, luego la oreja, después la boca. Y yo no lo detuve. Y después, Mateo… después me dijo que me sentara al costado, que lo dejara verme, y que… y que vos estabas ahí, sentado en el sofá, y que si vos querés, podés acercarte y tocarla.

Me paré como si me hubieran descargado una descarga eléctrica. Caminé hacia la habitación, sin decir nada, sin preguntar más, sin pensar. Solo con el corazón en la garganta y las piernas temblando un poco. La puerta estaba entreabierta, y cuando la abrí, la luz del sol del mediodía entraba por la ventana, bañando la cama como un altar.

Lucía estaba recostada sobre una almohada, con la camiseta negra que decía “no te preocupes, soy adulto y sé lo que hago” —una burla suya de siempre—, y los muslos un poco separados, las piernas ligeramente flexionadas, mostrando la curva suave de su concha bajo el tejido. Tenía los pechos grandes, redondos, naturales, y los pezones ya endurecidos, oscuros y visibles contra la tela fina. Sus ojos, esos ojos verdes que me habían hecho perder el sueño en la universidad, me miraban con una mezcla de miedo y deseo, como si le hubieran quitado un velo y ahora no sabía si correr o quedarse.

Y Martín, mi mejor amigo desde los quince años, estaba sentado al borde de la cama, con las manos apoyadas en las rodillas, los codos hacia afuera, y la mirada fija en mí. No tenía ninguna expresión de burla, ni de vergüenza. Solo… esperanza. Como si ya hubiera pedido algo y ahora estuviera esperando la respuesta.

—¿Estás seguro, Mateo? —me preguntó, y su voz también temblaba, aunque menos que la mía.

Yo no respondí con palabras. Simplemente me acerqué, despacio, como si estuviera acercándome a un fuego que sabía que iba a quemar, pero que no me importaba. Me senté al otro lado de Lucía, en la cama, y le toqué la mano. Fría. La sostuve, la apreté un poco, y le dije:

—Si vos no querés, no lo hacemos. Si después te arrepentís, me jodes la vida, ¿ok?

Ella me sonrió, esa sonrisa de siempre, pero ahora con algo más: algo de complicidad, de confesión, de entrega.

—Yo… sí quiero. Pero no por vos, no por Martín. Lo quiero porque… porque desde que nos conocimos, siempre fui atraída a ambos. Y nunca lo dije. Y hoy… hoy no lo aguanté más.

Me incliné y le besé el cuello, justo ahí donde la arteria latía más fuerte. Sentí su respiración detenerse un segundo, luego volver más profunda. Le desabroché la camiseta desde abajo, despacio, con los dedos temblorosos, y cuando la subí por arriba, quedaron al descubierto sus pechos, redondos, firmes, con esa línea natural de la grasa que hace que parezcan de cera. Me acerqué y le lamí uno, lentamente, pasando la lengua desde el borde del pezón hasta la base, y luego lo chupé con suavidad, con la boca caliente, con la lengua rozando el borde áspero. Ella gimió, un grito bajo, apenas un susurro ahogado entre dientes, y me tiró de la camisa.

—Desabrochá, Mateo, che… desabrochá.

Me paré un segundo, me desabroché la camisa, me quitó los zapatos y las medias sin romper el contacto visual. Me senté de nuevo, esta vez con las piernas más abiertas, y le hice señas con la mano. Ella entendió. Se arrastró hacia mí, con lentitud, como una serpiente que sabe que está por cazar, y se sentó entre mis piernas, con las rodillas a los lados de mis muslos. Me desabrochó el pantalón, me sacó el pene, que ya estaba duro, grueso, palpitando como si me hubiera despertado una mañana y decidido que era hora de vivir.

Y entonces me miró. Me miró a los ojos, con sus manos grandes, sus uñas cortas, y me dijo:

—Esto es por vos. Por lo que siempre quise decirte.

Y bajó la cabeza. Su lengua rozó el glande, después lo envolvió entero, suave, con la boca húmeda y cálida, y comenzó a chuparme. No rápido, no desesperado. Con calma, como si le estuviera leyendo el cuerpo a cada centímetro. Me incliné hacia atrás, apoyé las manos en la sábana, y cerré los ojos. Sentí la boca de Lucía, su nariz rozando mis testículos, su garganta contra la base de mi pene, y luego otra vez, más profundo, hasta que sentí que se la iba a comer entera.

—Lucía… che, no me lo comas todo… que después no lo puedo dar a Martín —le dije, medio bromeando, medio desesperado.

Ella soltó una risita ahogada, me sacó el pene de la boca con un chupón seco, y me besó el glande antes de alejarse un poco.

—Te lo voy a dar bien —me susurró—. Te lo voy a hacer sentir como nunca.

Se paró, se quitó la camiseta por completo, y se acostó de nuevo, esta vez boca arriba, con las piernas abiertas, con los muslos tensos, con la concha brillante de humedad. Martín se acercó, se sentó a su lado, y me miró. Me tendió la mano.

—Vamos, che —dijo—. Vení.

Y yo fui. Me acerqué, me senté entre sus piernas, y le acaricié la concha con la punta de los dedos, separando los labios, sintiendo el calor que emanaba de su interior. Le pasé el pulgar por el clítoris, que ya estaba hinchado, como una perla oscura y dura, y ella arqueó la espalda, soltando un gemido largo, como un lamento.

—Sí… sí, Mateo, más… —y luego miró a Martín—. Mirá cómo le gusta que lo toque.

Martín me sostuvo la mano, la guió hasta la entrada de su concha, y yo empujé un dedo adentro, despacio, hasta sentir el fondo, y ella soltó un grito, pero no de dolor, sino de placer puro, de entrega total. Le agregué otro, luego el tercero, y mientras lo hacía, Martín se inclinó y me besó el cuello, me mordió la oreja, me pasó la lengua por el hombro, y yo sentí que mi pene crecía más, que se volvía más duro, más sensible.

—Ahora… ahora vos —le dije a Lucía, con la voz rota—. Agarrá el condón que está en la mesita de luz.

Ella se volvió, lo tomó con una mano, y me lo pasó. Lo abrí con los dientes, lo desenrollé sobre mi pene, y luego se acercó, se puso sobre mí, con el pene apoyado en su humedad, y bajó lentamente, hasta que lo sentí dentro, hasta el fondo, hasta que sus muslos tocaron los míos, y sus pechos me rozaron el pecho, sudados, calientes.

—Estás gigante… —me dijo, con los ojos cerrados, la boca entreabierta—. Me estás llenando todo.

Yo le puse las manos en las caderas, le apreté los muslos, y empecé a moverla suavemente, arriba y abajo, con la pelvis, con la espalda arqueada, con la cabeza hacia atrás, mostrándome su cuello, su garganta, el latido de su corazón. Ella se dejaba llevar, con los ojos cerrados, y cuando sentí que se venía, que sus musculos se estrechaban alrededor de mi pene, yo la tomé de la cintura y la bajé hasta el fondo, una última vez, y ella soltó un grito agudo, que era más un sollozo, y su concha se contrajo, se secó, se abrió y se cerró como una flor que ha encontrado su sol.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —gritaba, mientras yo la sujetaba, mientras mis propios músculos se tensaban, mientras sentía que mi pene palpitaba, que me venía, que me vaciaba dentro de ella, que la hacía mía, que la hacía nuestra.

Ella se desplomó sobre mí, sudada, con la cara contra mi cuello, respirando con fuerza, y yo la abracé, la apreté, le besé el pelo, le dije “gracias”, “che, gracias”, porque en ese momento no había nada más que agradecer, solo eso.

Y entonces Martín se acercó, se sentó a mi lado, y me pasó la mano por el brazo.

—Estuviste buenísimo, che —me dijo, y me miró con una sonrisa que nunca antes le había visto—. ¿Te parece si ahora me dejás que la muestre cómo se la mando a cagar?

Lucía se rió, me besó la boca, me mordió el labio, y luego se giró, se puso sobre sus rodillas, se inclinó hacia adelante, y dejó que Martín le acariciara la concha con los dedos, mientras yo me recostaba y lo miraba todo, como si estuviera viendo una película que nunca creí que podría ver, pero que ahora no quería que terminara nunca.

Y sí, después Martín la cogió. La cogió con su pene grueso, con sus manos fuertes, con su boca en su cuello, y ella gritó su nombre como si lo estuviera invocando para que la salvase, como si lo estuviera llamando para que la hiciera suya, otra vez. Y yo, desde atrás, le acariciaba los muslos, le besar el culo, le decía “sí, sí, así”, como si estuviera dirigiendo una canción que solo nosotros sabíamos.

Cuando terminamos, todos sudados, agotados, con las bocas resecas y las manos temblorosas, nos quedamos así: Lucía entre nosotros, con la cabeza en mi pecho, la mano de Martín sobre su estómago, y la mía sobre su muslo. No dijimos nada por mucho rato. Solo escuchamos el silencio del cuarto, el sonido del aire acondicionado que volvió a funcionar, y el latido de tres corazones que, por primera vez, latían juntos.

Y yo supe que eso no iba a cambiar. Que no iba a ser una vez, ni un capricho, ni una locura pasajera. Que íbamos a seguir así, que íbamos a seguir cogiéndonos entre los tres, a seguir compartiendo cuerpos, deseos, sueños, miedos. Que Lucía me quería a mí, a Martín, y a nosotros dos juntos. Que eso no era un pecado, no era una traición, era simplemente… amor. Amor con mayúsculas, con minúsculas, con puntos suspensivos y comas, con todo lo que se puede querer y aún así seguir queriendo más.

Y si alguien me pregunta qué es lo que más me gustó de ese día, les diré la verdad: no fue el sexo. No fue el pene, ni la concha, ni el culo. Fue ver cómo Lucía, con sus ojos verdes y su risa descontrolada, me miraba a mí y a Martín al mismo tiempo, y nos sonreía, y nos decía: “Sí, vos, y vos… y vos, Mateo. Los dos. Los dos me gustan igual”. Y yo supe, en ese momento, que nunca más iba a sentir miedo de querer.

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Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.

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