El día que la luna se quedó sin luz
3 minEl día que la luna se quedó sin luz
La primera vez que sentí el calor de mi primo Daniel en mi casa no fue por accidente —fue intención, suave, calculada como el primer trazo de un lápiz sobre papel en blanco. Éramos adultos, sí, yo veintiocho, él treinta, y desde que terminamos la secundaria habíamos estado lejos: yo en Guadalajara estudiando diseño, él en Monterrey trabajando en su startup de apps de delivery. Pero ese verano, por una coincidencia de temporadas de lluvia y vacaciones universitarias, volvió a casa con el pretexto de «arreglar el internet» en la casa de mamá. Como si internet se cayera por la lluvia.
—¿Me dejaste la llave como en el 2018? —preguntó al abrir la puerta, con esa sonrisa que me hacía recordar cómo me besaba el cuello cuando jugábamos *truth or dare* en los cumpleaños de tía Loli.
—Ya no es 2018, Daniel —dije, apartando el pelo de la frente, sudorosa por el calor de las dos y media de la tarde.
—Sí lo es —respondió, entrando sin pedir permiso, con la mochila al hombro y los ojos fijos en mis nalgas mientras me doblaba la camisa.
Mamá había salido a la misa de la abuela, y papá estaba en el club de golf. La casa entera olía a limón y cera de piso, con ese aroma de domingos de verano que ahora, de pronto, me pareció complicidad.
—¿Te acuerdas cuando te subías a mi cuarto por la ventana para robarme mis caramitos? —le pregunté mientras le ofrecía un agua fría.
—No robaba —corrigió, sentándose en el sofá, los muslos juntos, las manos sobre las rodillas—. Solo los compartías. Como todo lo demás.
Me senté a su lado, a un palmo, no más. La tela del pantalón me picaba en las rodillas, y sentí cómo su respiración cambió cuando sus dedos rozaron mi tobillo, como por error.
—¿Y si no comparto nada más? —dije, mirando sus ojos.
—Entonces no eres mi Valentina —respondió, y me acarició la pierna con lentitud, como si temiera que me fuera a ir.
No me fui. Le dejé subir, subir hasta donde antes solo llegaba el rumor de una risa ahogada, un beso furtivo tras el espejo del baño. Hoy no había espejos, solo el sol que se colaba por la ventana, iluminando el polvo flotando en el aire como partículas de tiempo suspendido.
—¿Te acuerdas cómo me decía mamá que no jugara contigo tanto? —susurré, mientras sus dedos se metían bajo mi playera.
—Sí —dijo, acercando su boca a mi cuello—. Y me decía: «Cuidado, que se te va a pegar el hábito». Pero no me lo dijo por ti. Me lo dijo por mí.
Me giré, lo miré de frente, y le puse la mano en la verga, bien derecha, como si lo saludara por primera vez. Se estremeció, soltó un suspiro que era mitad risa, mitad gemido.
—Ahh, chingada —dijo, agarrándome la cintura.
—Ahh, sí —le respondí—. Chingada, sí.
No hubo prisa. No hubo miedo. Solo la calma del verano, el sonido de la lluvia que cesó, y su boca encontrando la mía como si siempre hubiera estado ahí, esperando. Me senté sobre él, con los muslos a los lados de su cadera, y sentí cómo su verga se endurecía más, gruesa y tibia, como el tronco de un árbol que supiera exactamente dónde quería crecer.
—¿Todavía hueles a jabón de limón? —me preguntó mientras desabotonaba mi blusa.
—Sí —respondí—. Pero hoy huele más a ti.
Y entonces, entre el calor y la lluvia que volvió a caer, entre el sonido de las gotas en el techo y el latido de dos corazones que no sabían bien si corrían juntos o se perseguían, me metió dentro, lento, con esa paciencia de quien sabe que algo bueno merece esperar.
No fue pecado. No fue error. Fue decisión. Fue consenso. Fue la luna que, por una vez, se quedó sin luz y nos dejó ser luz propios.
¿Te ha gustado? Valóralo