El cuarto que no se usaba

El cuarto que no se usaba

@fernanda_luz ·7 de junio de 2026 · ★ 4.6 (6) · 176 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que hablamos fue por una falla técnica. Yo estaba en mi cuarto, solo, con el celular apoyado en la almohada y la luz tenue, repasando redes sin ganas de dormir. Me llegó una notificación de una app de amigos de amigos —sí, esa en la que te emparejan por intereses y ciudad— y su perfil decía: “Busco a alguien con quien hablar hasta que se apague la luz”. Me dio curiosidad, así que le escribí: “¿Y si en vez de hablar, nos miramos?”. No esperé respuesta. Me levanté a cerrar las cortinas, me puse un top corto y shorts de algodón, me desaté el cabello y regresé al celular… ya estaba conectado. Se llamaba Daniel.

No lo conocía. Ni su cara, ni su voz, ni su olor. Pero cuando me mandó un mensaje que decía “¿Aún estás ahí?”, sentí un cosquilleo en la nuca. Le respondí con una foto mía sentada en la cama, los pies descalzos apoyados en el colchón, una pierna cruzada, y la luz de la lámpara de noche dibujando sombras suaves en mi piel. Él me mandó una de él: sentado en una silla de oficina, camiseta negra un poco arrugada, cabello castaño claro despeinado, ojos claros que parecían mirar directo a mí.

—¿Estás cómoda? —me preguntó.

—Sí. ¿Tú?

—Como si estuviera en casa. Pero no lo soy.

—¿Dónde estás?

—En un cuarto que no uso. Mi hermana lo dejó así cuando se fue a estudiar a Monterrey. Tiene una cama soltera, un armario vacío y una ventana que da al árbol de naranjos del vecino. Todo calladito.

Me reí bajito. Me gustaba la forma en que hablaba. No apresurado, no insistente. Como si tuviéramos años de conocerlo.

—¿Quieres que me quite algo? —le pregunté.

Me tardé un poco en responder. Me mordí el labio inferior mientras desabotonaba el top hasta el ombligo, dejando al descubierto el encaje negro de mi sostén. No era atrevido. Era pa’ que lo notara. Que supiera que yo también quería esto.

—Sí —dije finalmente, con la voz más baja, como si temiera que alguien más escuchara—. Pero no sin que tú hagas lo mismo.

Le mandé otra foto: mirada directa, una mano apoyada en el pecho, los dedos rozando la copa del sostén. Él me respondió con una foto de él quitándose la camiseta. Músculos definidos, pecho plano, pezones oscuros. Una línea de vello que bajaba desde el ombligo hasta la cintura de sus pantalones. No llevaba zapatos. Sus pies estaban plantados en el suelo de madera del cuarto.

—Tienes manos bonitas —dijo.

—Y tú, pies que parecen hechos para caminar descalzo sobre mi piel —le dije.

Nos quedamos callados un momento. Solo los dos, con las pantallas encendidas, respirando casi al mismo tiempo. Yo sentí un calor en la entrepierna. Me separé un poco los shorts con la punta de los dedos, solo para sentir la humedad.

—¿Quieres que te toque con la palabra? —me preguntó.

—Sí. Pero que sea lento.

—Entonces… dime dónde te gusta que te toquen.

Le hablé de los oídos. De cómo me erizo si alguien me susurra ahí mientras me acaricia la nuca. Le dije que me gusta que me besen la clavícula, que me encanta sentir el peso de su mirada en los pechos antes de que sus manos lleguen. Le hablé de mi ombligo, de cómo me hace cosquillas si me lo tocan con la punta de la lengua. Él me describió su pene: grueso, derechito, con una vena que sube por la mitad, la punta rosada. Me dijo que le encantaba que le lamiéramos la cabeza antes de metérselo todo.

—¿Quieres que me toque ahora? —me preguntó.

—Sí —dije, y esta vez no dudé.

Me senté más erguida, las rodillas separadas apenas. Me pasé la lengua por el labio superior y le dije: “Házmelo sentir”.

Él se puso una mano entre las piernas. Me describió cómo se acariciaba la verga, cómo le daba un poco de presión con el pulgar en la cabeza. Me dijo que se imaginaba que yo tenía los dedos húmedos ya, que me acariciaba el clítoris con movimientos suaves, que me mordía el labio y dejaba salir un suspiro corto.

—Dime si te gusta cómo me toco —me pidió.

—Sí —susurré—. Sí, sí, sí.

Me puse una mano entre las piernas también. Me separé el bordado del shorts, metí dos dedos, ya húmeda, ya temblando. Me acaricié el clítoris con el pulgar, mientras con los otros dos metía y sacaba despacio, imaginando que era su pene. Me imaginé sentada sobre él, subiendo y bajando con lentitud, sintiendo cada venita, cada latido.

—¿Te gusta que te hable así? —me preguntó.

—Sí. Que me digas lo que quieres hacerme. Que me digas que me quieres coger con calma.

—Te voy a coger lento —dijo, con voz más grave—. Primero te voy a besar en el cuello, te voy a sentir temblar, te voy a decir que estás hermosa, que eres mía. Y luego te voy a meter la verga toda, pa’ que sientas que me tienes que agarrar fuerte, que no quieres que me vaya.

Me estremecí. Me puse de pie, apoyada en la pared, con una pierna subida en la cama. Seguí moviendo los dedos, mientras él me describía cómo se ponía una preservativa, cómo se lubrificaba, cómo se posicionaba frente a mí, cómo me miraba los ojos mientras me empujaba.

—Estoy por llegar —me confesó.

—Yo también —respondí.

Me puse de puntillas, cerré los ojos, y mientras lo imaginaba dentro de mí, con su pene grueso estirándome, con su aliento caliente en el cuello, con sus manos agarrándome las nalgas pa’ meterme más profundo, dejé salir un gemido bajo, ahogado en la mano que me cubría la boca.

—¡Fernanda! —me llamó.

—¡Daniel! —respondí.

Y nos vinimos al mismo tiempo. Yo con los dedos aún metidos, él con la mano aún apretando su verga. Sentí su calor virtual, su respiración entrecortada, su risa baja y contenta al final.

—¿Hacemos esto otra vez? —me preguntó.

—Sí —dije—. Mañana, a la misma hora. Te voy a esperar con el cuarto listo.

Y así fue. Cada noche, el cuarto que no se usaba se convertía en algo más. En un refugio. En un lugar donde él era mi vecino, mi amigo, mi amante. Donde no necesitábamos más que la voz, la mirada, el deseo. Donde aprendimos a amarnos con palabras antes de hacerlo con los cuerpos.

Aún no nos hemos visto en persona. Pero cada vez que suena la notificación, yo ya estoy ahí. Con el top desabotonado, los pies descalzos, el corazón acelerado. Porque ya sé cómo se llama su pene. Cómo se pone cuando lo deseo. Cómo se siente cuando me lo imagino dentro de mí.

Y él sabe que cuando yo digo “ya llegué”, no es por teléfono. Es porque ya estoy lista.

¿Te ha gustado? Valóralo

4.6 · 6 votos
Reportar
Compartir
@fernanda_luz

Lo erótico también vive en la intimidad de quienes ya se conocen. Escribo la complicidad, el deseo cómodo y profundo de las parejas.

También en Sexo virtual

Más de @fernanda_luz

Ver autor →