El contrato de lino
6 minEl contrato de lino
Te lo digo sin rodeos, porque vos lo merecés: la primera vez que me puse esa correa de cuero negro —la del collar con la hebilla plateada en forma de O— me dijiste: «Si la pones, tenés que saber que no es un adorno, Fernanda. Es un pacto». Y yo, con el corazón en la punta de los dedos, te respondí: «Entonces que sea un pacto escrito».
No fue teatro. No era nada que ya no hubiéramos probado: masajes con aceite de almendras, besos que duraban hasta que el aire se volvía escaso, el juego de los ojos cerrados en la ducha mientras tus manos sabían de memoria cada curva de mi cuerpo. Pero algo faltaba. Un lenguaje más preciso. Un mapa de límites que no fuera solo verbal, sino físico. Por eso, esa tarde de jueves, cuando el sol ya se había derramado por el piso del living como miel tibia, saqué de la caja de madera que guardamos bajo la cama un pergamino envejecido, una pluma estilográfica de tinta negra y dos sellos de cera roja.
—Mirá —le dije, tendiéndote la pluma—. Es una copia del contrato de los monjes cistercienses, pero le agregué algunos artículos. El artículo uno dice: «La sumisión es un acto de confianza, no de sumisión». Y el dos: «Todo juego tiene un final seguro. Si digo ‘rojo’, paramos. Si digo ‘amarillo’, bajamos la intensidad. Y si digo ‘verde’, seguimos hasta donde nos diga el cuerpo».
Te quedaste callado un rato. No era por nervios. Era porque lo estabas leyendo de verdad. Me gustaba eso. Que no te tomases nada por sentado. Que cada gesto lo elegías con cuidado, como si estuvieses desenredando una seda fina, sin arrugar ni un hilo.
—¿Y esto —preguntaste, señalando el último párrafo— qué significa: «La correa no ató, adhiere»?
—Significa que vos no me estás poseyendo. Yo me ofrezco. Y vos la aceptás. Pero el nudo no es para sostenerme: es para recordarnos que estamos unidos. Por elección.
Me acercaste entonces la mano. No para tomar la pluma. Para rozarme la muñeca con la yema de los dedos. Me miraste a los ojos y me dijiste: «Entonces firmemos». Y firmamos. Con cada letra, con cada firma firmada, con cada gota de cera roja que selamos juntos. Yo puse la mía al final, con un cero que quedó redondo como un anillo.
No usamos la correa esa noche. Sólo el collar. Pero sí me pediste que te lo demostrara. Que me sentara sobre tus muslos, con la espalda pegada a tu pecho, y que te mostrara cómo me sentía: con el cuello estirado, la cabeza baja, las manos sobre las rodillas. Me dijiste: «Respirá profundo. Que no sea un acto de obediencia, sino de entrega». Y yo hice lo que vos decís, pero también lo que yo quería: incliné el mentón, dejé que el peso de mi cabello me cubriera la cara, y sentí cómo tu respiración se volvía más lenta, más densa.
Pasamos la semana siguiente sin hablar del contrato. No lo necesitábamos. Estaba ahí, como el perfume de un abrazo: no lo necesitás verlo, pero lo sentís en la piel.
Hasta que llegó el viernes. El que vos habías elegido. «Voy a venir a buscarte a las ocho —me dijiste por mensaje—. Vas a estar con las manos atadas, con una venda en los ojos, y vas a esperarme sentada en el borde de la cama». Y yo le respondí: «Sí, mi dueño». No fue una frase hecha. Fue una promesa.
Cuando sonó el timbre, abrí la puerta con los ojos vendados y los puños atados con una cinta de lino color crema. Me tomaste de la cintura, me guiaste hasta la habitación, me sentaste suavemente. No dijiste nada hasta que me quitaste la venda. Me miraste como si me estuvieses viendo por primera vez. Como si cada línea de mi rostro te sorprendiera.
—Ahora —me dijiste—, querés que te quite la ropa yo, o preferís hacerlo vos con los ojos cerrados?
—Quiero que me lo digas vos cómo lo hago.
Te acercaste. Me agarraste de las muñecas y tiraste del nudo. La cinta se deshizo como una mariposa que aprende a volar. Me quitaste el blusón, los botones cayeron sobre la mesita de luz con un sonido seco. Me desabrochaste el sujetador, me bajaste los pantalones. Todo lento. Todo con atención.
Y entonces me sentaste en el centro de la cama, me acariciaste el muslo, me levantaste la pierna derecha, y me dijiste: «Abrí las piernas. No por vos. Por mí. Para que yo vea qué tan húmeda estás cuando esperás». Me miraste fijamente, sin parpadear, mientras me deslizaba los dedos por la concha, hasta que sentí tu aliento en el clítoris. Me dijiste: «No toques. Sólo sentí». Y yo hice lo que me pediste: dejé que el deseo se acumulara sin solución de continuidad, sin salida, sin piedad.
Me sacaste la camiseta que me quedaba. Me tomaste de los hombros y me dijiste: «Girá». Y yo giré. Me puse de rodillas, con las manos apoyadas en el colchón. Me pasaste la correa por la cintura, y me ataste suavemente a la barra de la cama. No era para que no me moviera: era para que sintiera tu fuerza, y la mía, juntas.
Me metiste dos dedos en el culo, sin presión, como si estuvieras probando la temperatura del agua. Me dijiste: «Este es el primer número del contrato. El segundo es cuando te pongo el palo». Me pasaste el vibrador pequeño, el que tiene forma de lengua y vibra en círculos. Me lo pusiste en el ano, y me dijiste: «Contá hasta tres. Si te pone dura la musculatura, paramos. Si no, seguimos». Conté: «Uno… dos… tres». Y seguiste.
Después me dijiste: «Levantá la cabeza. Mirá el espejo». Y yo lo hice. Me vi: con la correa, con los pechos colgando, con el vibrador en el culo, con la concha brillante. Me vi y no me sentí vulnerable. Me sentí dueña. Porque vos me mirabas como si yo fuera lo único que existía.
Me sacaste el vibrador, me dijiste: «Volvé a sentarte». Me levanté, me senté frente a vos, con las piernas abiertas. Me tomaste de la cara y me dijiste: «Abrí la boca». Lo hice. Y vos te puse tu polla adentro, lenta, hasta el fondo. No me moví. No te pedí nada. Sólo te miré, con los ojos húmedos y la respiración corta, y te dije: «Estoy acá. Estoy viva. Y soy tuya. Si vos querés».
Y vos, con la voz rota, me dijiste: «Entonces cogeme. Que no sea un acto de dominio. Que sea un acto de amor». Y yo te cogí. Con las manos atadas, con los ojos cerrados, con la correa que nos unía, con la voz que te decía «sí», «más», «ahí», «no», «otra vez». Y vos me decías «bien», «así», «sos mía», «sos mía», «sos mía».
Cuando vine, viniste conmigo. No hubo gritos. Sólo respiraciones profundas, besos en el cuello, el sabor de tu piel en mis labios. Me soltaste. Me abrazaste. Y me dijiste: «El contrato sigue vigente. Mañana, lo firmamos otra vez».
Y yo te respondí: «Sí, mi dueño». Porque es cierto. Es un pacto. Y cada vez que lo firmamos, se hace más real. No por lo que dice en el papel. Por lo que sentimos cuando lo vivimos.
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