El contrato de la bruja

El contrato de la bruja

@el_anonimo ·25 de junio de 2026 · 🔥 4.7 (9) · 158 lecturas · 10 min de lectura

Me llamó una tarde de julio, cuando el calor ya no era solo un estado del tiempo, sino una presión en la piel. Sonó mi teléfono, vibró contra el escritorio de madera, y cuando vi el nombre —Lupita— sentí un cosquilleo en la base de la columna. No era que la extrañara. Era más bien como recordar el sabor del chile habanero después de haberlo comido: no lo deseas, pero tu cuerpo no lo olvida.

—¿Eres tú? —dijo, sin saludo, sin preamble, como si ya nos hubiéramos citado en sueños y solo estuviéramos recordando los detalles.

—Sí —respondí, con la voz más seca que pude.

—Voy a pasar por ti en veinte minutos. No te pongas algo bonito. Quiero que vayas tal cual estás.

—¿Y si no quiero?

—Entonces te arrepentirás. Porque tú *quieres*.

Y colgó.

Lupita. Treinta y tantos, morena de ojos verdes que parecían no tener fondo, de esas mujeres que no necesitan hablar mucho para que la habitación se vuelva más pesada. Trabajaba en una galería de arte de Roma Norte, pero todos sabíamos que sus verdaderos negocios se movían en los márgenes: sesiones privadas, terapias sensoriales, rituales que no tenían nada que ver con el tarot y todo que ver con la piel. Yo la conocía desde el año pasado, cuando un amigo común me presentó en una fiesta en su casa. No hubo coqueteo, no hubo miradas largas. Solo una pausa, un leve movimiento de cabeza, como si me estuviera midiendo. Y después, cuando me fui, me dijo al oído, casi sin mover los labios: *Si un día quieres jugar, avísame. Pero no te olvides: quien pone las reglas, gana.*

Y esa tarde, mientras bajaba las escaleras de mi edificio con los pantalones de mezclilla un poco holgados, la camiseta de algodón ya arrugada y los pies descalzos aunque llevaba sandalias colgando de una mano, su camioneta negra esperaba en la esquina, el motor en punto muerto, las ventanas semi bajas. Abrió la puerta del copiloto sin quitar los ojos de la calle.

—Sube.

Me metí. El aire acondicionado sonaba como un zumbido de abeja enojada. Huele a cuero quemado, a café recién hecho y a algo más… algo dulzón y picoso, como vainilla quemada con chile.

—¿Dónde vamos? —pregunté.

—A casa. A que firmes el contrato.

—¿Qué contrato?

—El que define quién manda. Y cuánto te duele aguantar.

No respondí. Me encantaba eso de ella: no pedía permiso. Lo asumía. Y al no pedirlo, me daba la opción de decir que no. Pero yo no lo decía. Porque sabía que no era eso lo que quería.

Callejamos por Cuauhtémoc, por Polanco, hasta que salimos hacia la carretera a Chapultepec, hacia las zonas más tranquilas, donde las casas se esconden tras muros altos y portones de hierro forjado. Su casa no era una mansión, pero tampoco una casa cualquiera: una estructura de concreto en bloque, con ventanas estrechas y techos planos, rodeada de árboles que filtraban la luz como si la tierra misma la protegiera. Estacionó sin frenar bruscamente. Apagó el motor.

—Baja. Y quítate las sandalias.

Hizo una pausa, me miró de arriba abajo, y bajó la voz hasta un susurro que aún así resonó como trueno en mi pecho.

—Quiero sentir la tierra bajo tus pies. Quiero que sepas que estás aquí, de verdad aquí. Porque cuando empiece, no habrá dudas.

Bajé. El suelo estaba templado, húmedo de riego reciente. Me agarró del brazo, no con fuerza, pero con seguridad. Me condujo por un pasillo de cantera, entre macetas con suculentas gigantes, hasta una puerta de madera oscura. Entró primero, me hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera. No era una orden. Era una invitación que no aceptabas por cortesía. La aceptabas porque tu cuerpo ya había votado por sí mismo.

La casa tenía un aire de templo minimalista. Nada de ornamentos, solo formas limpias, luz filtrada por persianas de madera, suelo de concreto pulido que se sentía fresco. El único sonido era el goteo de una fuente en el patio interior, visible desde el corredor que daba a la sala.

—Siéntate ahí —dijo, señalando un sofá negro, bajo, largo, como hecho a medida para que uno pudiera estirarse, o encogarse.

Me senté. No me senté como quien se sienta a esperar un café. Me senté como quien se prepara para algo que ya sabe que va a cambiarlo todo.

Ella se arrodilló frente a mí. No se puso de pie, no se acercó con pasos largos. Se arrodilló. Una rodilla, luego la otra, como si el suelo fuera su aliado. Me tomó una mano, la giró, y con el pulgar pasó despacio por la palma. Me miró a los ojos.

—Tu mano está sudada.

—Estoy nervioso —dije.

—No mientes. Eso es bueno.

Me soltó la mano, se puso de pie, y caminó hasta una mesa baja de vidrio y madera. Dejó una carpeta encima. Negra. Sin letras. Solo una línea dorada en la esquina superior izquierda. Volvió, la abrió, y me la pasó.

—Léelo.

Era un documento. No legal. No tenía cláusulas de confidencialidad, ni cláusulas de responsabilidad. Solo tres puntos:

1. Tú me perteneces durante las horas que yo diga.

2. Tú haces lo que yo diga, sin preguntar. Sin dudar.

3. Yo decido cuándo termina.

No había fecha. No había hora. Solo eso. Y al final, dos líneas para firmar. Sin nombre. Solo: *Yo, ____, acepto.*

Levanté la vista. Ella no me miraba con expectativa. Me miraba como quien observa una semilla germinar. Como si ya supiera la respuesta.

—¿Y si me niego ahora?

—Entonces te mando a casa. Y mañana, cuando te despiertes, vas a soñar con esto. Y cada vez que lo hagas, vas a sentirme en la piel. Y vas a querer volver.

—¿Y si firmo?

—Entonces empieza ahora.

Me quedé callado. Me levanté, caminé hasta la ventana que daba al patio. Las luces del atardecer se colaban entre las hojas y dibujaban sombras largas en el suelo. Me di cuenta de que no me había quitado la camiseta. Me di cuenta de que mi respiración era más profunda ahora.

—¿Por qué yo?

—Porque no te asusta. Porque cuando te miré en esa fiesta, no te sonrojaste. Solo te quedaste quieto. Y eso es más raro que el dinero en la calle.

Me volví. Me acerqué a la mesa. Tomé el bolígrafo. Lo sostuve un momento entre los dedos. Luego, firmé.

No era mi nombre real. Era una palabra que me había puesto en la escuela cuando jugábamos a ser piratas: *El Capitán*. Lo escribí con una letra limpia, firme, como si fuera un juramento.

Lo dejó caer sobre la mesa. No sonrió. Pero sus ojos cambiaron. Se volvieron más oscuros. Más cálidos. Como si la llave hubiera encajado.

—Levántate.

Lo hice.

—Despópate. Todo.

No esperó respuesta. No necesitó verme vacilar. Me desabrochó el cinturón antes de que pudiera moverme. Me bajó la cremallera con un movimiento lento, deliberado, como si estuviera abriendo una caja fuerte que solo ella sabía cómo abrir. Me dijo:

—Cuidado con las uñas. No te cortes. Hoy no me interesa que sangres. Me interesa que sientas.

Me quitó los pantalones. Me dejó solo la camiseta. Me tomó del mentón, me obligó a mirarla.

—Tú eres el que tiene verga. Pero yo soy la que la va a usar. ¿Entendido?

Asentí.

—Vamos al cuarto.

No fue una caminata. Fue una procesión. Ella iba adelante, sin mirar atrás, como si yo la siguiera por costumbre, no por elección. El cuarto era pequeño, minimalista. Una cama baja, sin cabecera, con sábanas negras, sin almohadas. Solo una manta gruesa de lana encima. En la pared, un espejo entero. No un espejo de baño. Un espejo que ocupaba toda la pared, desde el piso hasta el techo.

—Siéntate en el centro.

Lo hice. Me senté con las piernas cruzadas. Ella se arrodilló frente a mí, me quitó la camiseta. Me miró el pecho, los brazos, el abdomen. Me palmeó un muslo con la palma abierta, con fuerza, sin dolor, pero con peso. Me dijo:

—Hoy no vas a tocar nada. Ni siquiera tu verga. Si te acercas a ella, te detengo. ¿Entendido?

—Sí.

—¿Sí qué?

—Sí, señora.

Me sonrió. Una sonrisa pequeña, sin alegría, pero con algo más profundo: reconocimiento.

—Ahora cierra los ojos.

Lo hice.

Me quitó la ropa interior. Me dijo:

—Ponte boca abajo.

Lo hice.

Me puso una mano sobre la espalda baja, y con la otra me pasó los dedos por la columna, despacio, como si estuviera leyendo un mapa que solo ella conocía. Luego, se paró. Sentí sus pasos alejarse. Luego, un crujido de plástico. Me di cuenta de que había desembocado una botella de aceite. Lo sentí antes de sentir el frío. El aceite, tibio, cayó sobre mi espalda, y ella lo extendió con las manos, con lentitud, con precisión. No era un masaje. Era una anotación. Me decía: *Aquí estás. Aquí. Y aquí.*

Me dio la vuelta. Me puso una mano en la cara. Me obligó a abrir los ojos.

—¿Ves eso? —me señaló el espejo.

Me vi. Acostado en el suelo, con el cuerpo desnudo, la verga blanda, los ojos abiertos, la respiración entrecortada. Y detrás de mí, ella, de pie, con las manos en las caderas, con esa mirada que no era de deseo. Era de control. No de dominio como castigo. De dominio como cuidado. Como si yo fuera una pieza que ella estaba acomodando para que quedara perfecta.

—Tú quieres que te diga lo que hago. Pero no lo haré. Porque lo que importa no es lo que digo. Es lo que sientes.

Se puso de rodillas frente a mí, me tomó la verga con una mano, pero no la apretó. La sostuvo, como si fuera un objeto que no le interesaba, pero que tenía que sostener. Me miró los ojos.

—Hoy no voy a dejarte venir. Y tú vas a aceptarlo. ¿Por qué? Porque hoy no se trata de tu placer. Se trata de que me creas. De que sepas que yo puedo hacer contigo lo que quiera, y tú me vas a seguir. Porque así es como te hago mío. No con palabras. Con silencio. Con tiempo. Con el miedo de que tal vez sí, que tal vez no te deje ir.

Me soltó la verga. Se levantó. Se quitó los pantalones. Se puso de rodillas frente al espejo, con las manos apoyadas en el piso, la espalda recta, las nalgas abiertas, como una ofrenda. Me dijo:

—Llévame.

No me lo dijo como orden. Me lo dijo como confesión.

Me acerqué. La toqué con la mano, con la palma abierta, sobre su muslo. Subí despacio. Me detuve. Me miré en el espejo. Ella me miraba. Me di cuenta de que estaba sudada. Me di cuenta de que su respiración era más profunda ahora.

—No te apresures.

Me metí. No con brusquedad. Con calma. Como si estuviera entrando en una iglesia. Me sentí dentro de ella, apretada, cálida, húmeda. Me detuve. Me miré en el espejo. Ella me dijo:

—Ahora sí. Y no te detengas hasta que yo diga.

Empecé. No con fuerza. Con ritmo. Con un movimiento lento, constante, que no buscaba el final, sino el recorrido. Ella jadeaba. No gritaba. Solo soltaba sonidos cortos, como si estuviera conteniendo algo más grande que el placer. Me agarre de sus caderas. Ella me detuvo con una mano en el pecho.

—No me agarres así. Solo mantente quieto. Déjame sentirte. Déjame sentir que eres mío.

Me quedé quieto. Ella empezó a moverse. Con las caderas, con los muslos, con la espalda. Como si estuviera escribiendo una carta que solo ella sabía leer. Me di cuenta de que tenía los ojos cerrados. Me di cuenta de que no estaba viendo el espejo. Estaba viendo dentro de sí misma.

Me permitió moverme de nuevo. Más fuerte. Más profundo. Me di cuenta de que no sentía la verga. Sentía su cuerpo. Sentía cómo ella me absorbía, cómo me ajustaba, cómo me decía, sin palabras, que estaba agradecida de estar allí, conmigo, en ese momento, con sus ojos cerrados y su respiración entrecortada.

Luego, me detuvo. Con una mano en el pecho. Con otra en la nuca.

—Para.

Lo hice.

Me retiré despacio. Me senté en el piso, sin respirar. Ella se volteó, me miró. Se acercó. Me puso una mano en la cara. Me besó. No con pasión. Con lentitud. Con intención. Me dijo:

—Hoy no te dejé venir. Pero mañana, si me lo pides, te dejaré. Y si no me lo pides, te lo haré

También en: BDSMConfesiones

¿Qué tanto te calentó?

4.7 · 9 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@el_anonimo

Sin nombre, sin filtros. Cuento lo que pasó tal cual fue, en primera persona y sin maquillaje. Confesiones reales, crudas.

También en Dominación

Más de @el_anonimo

Ver autor →