El código de barras en su muñeca
Me llamó a las 2:17 de la madrugada. No sonó el celular —*chilló*— como cuando te avisan algo urgente, sino ese sonido sordo de alerta baja, casi un susurro en la mesita de noche. Lo tomé medio dormida, el pelo en la cara, la boca seca y el corazón ya acelerado por el susto. Era él. Luis. No el de siempre —el de los domingos, los chistes malos, las cenas con los suegros—, sino *el otro* Luis. El que conozco desde los 17, el que me besó en la boda de una prima cuando aún no sabíamos que íbamos a terminar juntos, el que dejé ir por miedo a que se notara lo intenso que se sentía cada cosa que hacíamos.
—¿Te acordás de la última vez que estuvimos en mi departamento? —dijo, sin saludo, sin "hola", como si hubiéramos hablado hace cinco minutos.
Me quedé quieta. El aire acondicionado me hacía erizar los brazos, pero sentí el calor subirme por el cuello. Me levanté de la cama, pasé la puerta del dormitorio de puntillas —Javier dormía de lado, respirando lento, la mano sobre el perro— y me senté en el sofá del cuarto de servicio, donde nadie me oiría.
—Claro que me acuerdo —le dije, bajando la voz como si el edificio entero pudiera escucharnos.
—¿Te acordás de la tatuadora? La de la calle de Insurgentes, la que tiene el tigre en el hombro?
Sí. Me acordaba. La habíamos buscado en octubre, un domingo lluvioso. Él no era de tatuajes, pero quería algo pequeño, algo que solo yo vería. "Algo que me recuerde quién soy cuando me pierdo", dijo. Yo me reí, le dije que no era tan dramático, pero él me miró con esa mirada seria que siempre me hacía sentir que sabía más de lo que decía. La tatuadora le hizo una línea fina, casi invisible, en la muñeca izquierda: un código de barras, pero sin números, solo rayas verticales paralelas, como si fuera un producto que no se vende, sino que se guarda para alguien en especial.
—Estoy en la puerta —dijo.
—Luis, no —respondí, pero ya estaba de pie, caminando al baño, cerrando la puerta, apoyando la frente contra el espejo frío.
—Abre, Fernanda. Solo cinco minutos. Prometo no tocarte si no quieres.
Me miré en el espejo. La cara deshecha, los labios hinchados de dormir, las mejillas rosadas por el calor. Me pasé la lengua por los dientes. Me acordé de su boca, de cómo sabía a café y a sal cuando nos besábamos después de una discusión. Me acordé de cómo me decía "chica", con la voz ronca, cuando me tenía contra la pared.
—Está bien. Pero no toques nada hasta que te lo diga.
Me vestí rápido: shorts, camiseta ancha, calcetines. Me eché el pelo en una coleta torcida. Me puse una gota de perfume, la que me regaló él, *México* de L’Occitane, con notas de vainilla y copal. No me maquillé. No quería que pareciera una cita.
Bajé las escaleras sin encender las luces. La puerta del departamento estaba entreabierta. Lo vi en el pasillo, apoyado contra el muro, con una gorra de beisbol puesta al revés, una playera negra y los zapatos sin atar. Me miró y sonrió, esa sonrisa que solo me dedicaba a mí, como si fueran dos ladrones compartiendo un botín.
—¿Me extrañaste? —preguntó.
—Claro que sí, imbécil —dije, y me abrazó. No como un saludo. Me levantó un poco, me pegó contra él, y sentí su corazón acelerado contra mi pecho. Su olor: sudor, jabón de coco y su esencia, esa que no cambia, la que me hace cerrar los ojos y sentir que estoy en casa.
—¿Y Javier?
—Dormido. El perro está bien.
—¿Y tú? —me preguntó, pasando la mano por mi cintura, por la curva de mi espalda baja.
—Cansada. Triste. Viva —respondí, y me besó.
No fue un beso lento. Fue un beso que llevaba años esperando. Su boca abierta, la lengua que me buscaba con urgencia, las manos que me agarraban las nalgas, me levantaban un poco, como si yo pesara nada. Entramos al departamento. Cerré la puerta con el pie. No encendí nada. Solo la luz del balcón entraba por las rendijas de las cortinas.
—Dime qué hacer —dijo, soltándome.
—Quítate la gorra —susurré.
Lo hizo. Me miró a los ojos mientras desabotonaba la playera. Me acordé de cómo solía besarle el ombligo cuando estábamos en la cama, de cómo me decía que me amaba con la voz rota. Me acordé de que una vez me dijo: "Si un día me pierdo, ven a buscar mi código de barras".
—¿Te duele? —le pregunté, pasando el dedo por la línea de su muñeca.
—Sí —respondió, y me besó de nuevo, más lento esta vez. Me senté en el sofá y él se puso de rodillas frente a mí. Me levantó la camiseta, me besó el ombligo, me pasó la mano por el costado, por la cadera, y me desabrochó el shorts. No me quitó los calcetines.
—Me encanta cómo hueles —dijo, hundiendo la cara entre mis muslos.
Me sacó la ropa interior con los dientes. Me abrió las piernas más, me sostuvo las nalgas, y me chupó como si no hubiera mañana. Yo me aferré a sus hombros, apreté los dientes para no gemir, pero no pude evitarlo. Me dijo "chica", una y otra vez, como una oración. Me lamía con ternura, pero con una intensidad que me hacía temblar. Me tocó la clítoris con el pulgar, con la yema de los dedos, con la lengua, y yo me derrumbé contra el respaldo, con los ojos cerrados, con la cara hacia arriba, con la boca abierta.
—Quiero sentirte dentro —susurré.
Se paró, se desabrochó el pantalón. Me miró mientras se sacaba la verga, dura, hinchada, con la punta brillante. Me pasó la mano por la cara, me limpió una lágrima que no sabía que había derramado.
—¿Estás segura? —me preguntó.
—Sí —respondí—. Tú me lo dijiste una vez: el miedo no es para detenerse. Es para saber que estás vivo.
Me subió la camiseta hasta el pecho. Me abrió la pierna derecha, se posicionó entre ellas. Me besó la frente, la nariz, los párpados. Se metió un poco, lento, dejándome acostumbrar. Sentí su tamaño, su calor, su textura. Me apretó las nalgas, me tiró suavemente hacia él, y se metió hasta el fondo. Me fui abriendo, me envolvió, me llenó como nadie más lo había hecho.
—Te amo, Fernanda —dijo, moviéndose con calma.
—Y yo te amo a ti —respondí—. Pero no soy tuya. Ni tú eres mío.
—Lo sé —dijo, y me besó—. Pero por ahora, aquí, en este sofá, soy tuyo.
Moví las caderas con él, lo busqué, lo sentí entrar y salir, con un ritmo lento, casi soñoliento, como si el tiempo se hubiera detenido. Me puso las manos en los pechos, me chupó los pezones, me mordió el labio, y yo lo apreté contra mí, con las uñas en su espalda, con las rodillas en el suelo, con el cuerpo que ya no me pertenecía del todo, pero que sí me pertenecía a mí.
Se corrió dentro de mí, lento, con un gemido bajo, como un suspiro que llevaba años guardando. Se derrumbó sobre mí, sudado, temblando, con la cara hundida en mi cuello.
—¿Qué hacemos ahora? —le pregunté.
—Nos quedamos aquí un rato —dijo—. Y después, cada uno vuelve a su casa. Pero esta noche… esta noche fue real.
Me besó la frente, se paró, se puso la ropa. Me ayudó a recoger los calcetines. Me dijo que me mirara al espejo, que me viera como era: viva, llena, hermosa.
—No te olvides de eso —dijo, abrazándome de nuevo.
Salí con él hasta el elevador. No nos dijimos adiós. Solo nos miramos. Él se dio vuelta, me sonrió, y subió las escaleras. Yo regresé al departamento, me lavé la cara con agua fría, me puse la camiseta que me había quitado, me senté en la cama de los suegros —Javier y yo dormíamos ahí cuando el perro se ponía nervioso— y me acosté.
No dormí. Pero no importaba.
Porque esta noche, por primera vez en mucho tiempo, me sentí entera. No por lo que había hecho,
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