El Canto del Agua en la Bañera

El Canto del Agua en la Bañera

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente el techo de la casa de Barrio Norte, ese ritmo constante que hace que el tiempo se desdibuje. En el baño de mármol blanco, con luces cálidas que se reflejaban en el espejo empañado, estaba ella: Florencia, con el pelo suelto, las puntas ya oscuras por la humedad del aire. Se quitó la blusa lentamente, como si cada botón fuera una promesa que se deshacía con cuidado. Luego los pantalones, la ropa interior de encaje negro que dejaba entrever la curva suave de su vientre y la sombra húmeda de su concha. Se miró en el espejo mientras se desabrochaba el sujetador. No se sonrojaba. Había aprendido a mirarse sin vergüenza, con curiosidad, con cariño. Se deslizó el bikini por las caderas y lo dejó caer al suelo, sin prisa.

La bañera era antigua, de porcelana blanca, con patas de hierro forjado. Cuando el agua caliente subió, envolviéndola como una promesa de abrigo, Florencia se sentó despacio, dejando que el líquido le rozara los muslos, el ombligo, los pechos. El vapor subía, formando nubes pequeñas que se deshacían en el aire cargado de perfume de lavanda y sal. Cerró los ojos. Escuchó el sonido del agua cayendo, el viento moviendo las persianas, el silencio que precedía al encuentro.

Él ya estaba en la puerta. Lucas. Lo notó antes de abrir los ojos: el olor a cuero y tabaco oscuro, el roce de su sombra en el suelo de madera. No se giró. Dejó que él entrara, que cerrara la puerta, que se sentara al borde de la bañera con el movimiento suave de quien sabe que no debe asustar al gato.

—Vení acá —le dijo Florencia, sin abrir los ojos, con la voz baja, casi un susurro, pero firme, como una orden amable—. Mirá cómo se me eriza la piel con el agua.

Lucas se inclinó, puso las manos sobre los bordes de la tina y se acercó. Su respiración le rozó el cuello. Ella sintió el calor de su pecho, la textura de su barba que le picaba levemente cuando sus labios rozaron su hombro.

—Estás más linda que en la foto —dijo Lucas, con ese acento porteño que suaviza las palabras como el vino en la copa—. Pero acá, con el agua, parecés una diosa que salió del río. Una ninfa que se lavó el alma.

Florencia abrió los ojos. Lo miró de frente. Él tenía los ojos oscuros, las cejas marcadas, la boca entreabierta. No era un chico cualquiera. Había conocido a muchos, pero Lucas tenía algo que no se explicaba: una calma que no era aburrimiento, sino presencia. Como si el mundo se detuviera cuando él hablaba.

—¿Y vos? —le preguntó, inclinando la cabeza—. ¿Venís con la mente llena de fantasías o con las manos listas para tocar de verdad?

Lucas sonrió, lento, y le pasó la mano por el brazo, desde el codo hasta la muñeca, con una pausa en el pulso. Se lo sintió latir, acelerado, pero no por el susto. Por la anticipación.

—Las dos cosas, piña. Pero las manos primero. El resto viene solo.

Ella se inclinó hacia adelante, dejando que el agua le rozara el pecho. Lucas se levantó, se sacó la remera, luego los pantalones. Quedó en calzones, el cuerpo moreno, musculoso pero no exagerado, con marcas de sol y de vida, de caminatas en la costa y de trabajo en el taller de su viejo. Se sentó frente a ella, con las piernas dentro del agua, y le tomó la cara con las dos manos.

—Decime qué sentís —le pidió.

—Calor. Agua. Tu olor. Tu pulso —dijo Florencia, y le besó la mano.

Él le acarició la mejilla, luego el cuello, bajó hasta el pecho, donde el agua jugaba con la punta de su pezón ya endurecido. Lo rozó con el pulgar, lento, como si estuviera tocando una cuerda de violín. Ella exhaló, cerró los ojos, y se dejó llevar.

—Vos me tenés que enseñar a no tener prisa —dijo Lucas, y con la otra mano le separó los labios de la concha, con una delicadeza que dolía de hermosa—. Acá, con la humedad, todo se vuelve más suave. Más húmedo. Como si el cuerpo te dijera: “ya está, ya podés soltarte”.

Florencia se estremeció. No por el toque, sino por las palabras. Por la forma en que él decía “concha”, sin timidez, sin grosería, como si fuera un nombre sagrado. Lucas no se apresuraba. Le separó los labios con cuidado, luego rozó el clítoris con la punta del dedo, en círculos pequeños, mientras con la otra mano le masajeaba el pecho, con la palma abierta, como si estuviera amasando pan tibio.

—Ahí no, no te muevas —le dijo ella, con la voz quebrada—. Ahí es donde me cuelga el tiempo.

Él obedeció. Mantuvo el dedo quieto, pulsando con la fuerza justa, y Florencia se dejó caer hacia atrás, con la cabeza apoyada en el borde de la tina, los ojos cerrados, los labios entreabiertos. El agua le rozaba los hombros, el vapor le embargaba los pulmones, y su cuerpo respondía sin pensar: las caderas se movían, ligeras, como si fueran parte del flujo del agua. Lucas no se apresuraba. Le cambió el ritmo: primero un dedo, luego dos, hundiéndolos con suavidad, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que la hacía soltar un gemido ahogado, como si temiera romper el hechizo.

—Soltá, Flore —le dijo, con la voz más grave—. Acá no hay nadie que juzgue. Solo vos, yo y este agua que nos escucha.

Ella se dejó ir. El orgasmo llegó como una ola repentina, fuerte pero sin violencia, como cuando el mar se desborda sin avisar. Se arqueó, los ojos cerrados, los dientes apretados, las uñas hundidas en sus brazos. Lucas no la soltó. La sostuvo, la siguió, la acompañó hasta el final, mientras su cuerpo se sacudía, temblaba, se deshacía en pequeñas contracciones que le recorrían la espina dorsal.

Cuando Florencia volvió a respirar, abrió los ojos. Lucas la miraba, con los ojos brillantes, sudoroso, la respiración irregular. Ella sonrió, y le pasó la mano por la cara, por la barba áspera, por los labios.

—Ahora vos —dijo.

Lucas no se hizo rogar. Se levantó, se acercó, y la tomó de las caderas, la levantó como si pesara nada, la sentó en el borde de la tina, con las piernas abiertas, y se puso entre ellas. Se deslizó dentro de ella con lentitud, hasta el fondo, mientras el agua le rozaba los muslos y el pecho, mientras su frente se apoyaba en la suya.

—Estás tan húmeda… —murmuró Lucas—. Como si me estuvieras esperando desde siempre.

Ella lo abrazó, lo atrajo hacia ella, y empezaron a moverse, con un ritmo lento, profundo, como una danza antigua que se repetía desde el principio de los tiempos. Cada embestida era un susurro de fuego, cada roce un eco de promesa. El agua se movía con ellos, creando remolinos, espuma, reflejos de luz que bailaban en el espejo. Lucas le besó el cuello, la oreja, el hombro, y Florencia le mordisqueaba el labio, le acariciaba la espalda, le apretaba los glúteos con fuerza, pidiéndole más, pero sin gritar, sin desesperación.

—No te vayas —le pidió ella, cuando sintió que venía otra vez—. Quiero sentirte adentro, hasta que no puedas más.

Él asintió, y cambió el ángulo, y Florencia soltó un grito, corto, ahogado, como un lamento de placer. Lucas la miró, con esa mirada que no era solo deseo, sino reconocimiento, como si la estuviera viendo por primera vez y al mismo tiempo como si la conociera desde siempre.

—Soltá, Flore —repitió—. Yo te sostengo.

Y ella se soltó. Esta vez no fue una ola, sino una tormenta. Se deshizo en sus brazos, tembló, lloró un poco, sin sonido, con los ojos cerrados, y Lucas la abrazó con fuerza, la besó en la frente, le acarició el pelo, y cuando su cuerpo se relajó, la bajó con cuidado, la sentó en sus piernas, y le limpió las lágrimas con el pulgar.

—Está bien —dijo él—. Ya pasó.

Flore

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