El Calorcito del Tercer Peldaño
7 minEl Calorcito del Tercer Peldaño
Era jueves, y el aire en el apartamento de Valeria olía a café recién hecho, a vainilla quemada y a sudor seco de la caminata desde la parada del Metrocable. Ella subió los tres peldaños que separaban el portón del interior con el peso de una chaqueta ligera y una bolsa de papel marrón. No esperaba a nadie —pero sí a alguien. A Mateo, que había enviado ese mensaje a las 7:43 a.m.: *“Si te parece, paso a las 8. Traigo arepas y ganas de no pensar en el trabajo”*.
Ella no respondió de inmediato. Dejó que el silencio se asentara, como la harina sobre la mesa de madera. Cuando al fin tecleó *“Ven”*, con solo dos letras y sin signos de puntuación, sintió un cosquilleo en la nuca, como si ya hubiera cruzado el umbral.
Mateo no toco la campana. La puerta se abrió con un chasquido suave cuando él mismo la empujó con el hombro, las manos llenas: dos arepas envueltas en papel aluminio, una taza de plástico con café, y una botella de agua mineral, aún fría. Llevaba una camisa azul claro abotonada hasta el cuello, los mangos subidos hasta los codos, y los zapatos que siempre usaba para ir al trabajo: negros, de suela fina, un poco desgastados por el pavimento de la Avenida Calle 16.
—¿Te lo dije? —dijo Valeria, tomándole la taza de café antes de que él pudiera ofrecérsela.
—Sí. Pero vine igual. Me gustan tus rituales.
Ella sonrió. No una sonrisa de cortesía, sino una que le temblaba en los labios, como si el cuerpo ya supiera lo que la mente aún no había decidido. Le quitó la chaqueta y la colgó en el perchero del comedor, junto al paraguas roto que nunca usaba. Mateo dejó las cosas sobre la mesa y se volteó a mirarla. No con urgencia, sino con paciencia. Como quien observa una flor abrirse a la luz.
—¿Te acuerdas cuando vivíamos en la carrera 43? —preguntó él, acercándose con la taza.
—Claro que me acuerdo. Ese apartamento tan chiquito que olía a humedad y a pan con queso por las mañanas.
—Y tú, con los pies sobre mi pecho, contándome historias de cuando eras niña y se te caía el helado en el piso del Parque de los Deseos.
Ella no respondió de inmediato. Se sentó en el sofá, cruzó las piernas con lentitud, y se puso la taza en los labios. El café estaba perfecto: dulce, con un toque de leche, como a ella le gustaba. Lo bebió de un trago corto, dejando que el calor le subiera por el esófago, le encendiera la punta de las orejas.
—Era rico —dijo.
—Tú eras rica —corrigió él, sentándose a su lado, pero sin tocarla. Se quedó con las manos sobre las rodillas, los pulgares rozando la tela del pantalón.— Pero no de la misma manera.
Valeria giró la cabeza. Lo miró a los ojos. No era una mirada de desafío, ni de súplica. Era una mirada de reconocimiento. Como si por fin hubiera encontrado una pieza que le faltaba en un rompecabezas que no sabía que tenía.
—¿Te acuerdas de la vez que te quedaste dormido en la ducha? —preguntó ella, bajando la voz—. Te desperté con la espuma en el pito y la cara toda arrugada.
Mateo soltó una risa baja, que le tembló en el pecho. No se ruborizó. Solo asintió, y su mano derecha, por fin, se movió: rozó suavemente el borde de su muslo, por encima del pantalón, como si estuviera midiendo la distancia.
—Me desvelé escribiendo un informe —dijo—. Pero no fue el informe lo que me hizo dormir.
—Fue el calor —respondió ella.
—Fue tu olor.
Entonces, ella se levantó. No con precipitación, sino con intención. Caminó hasta el centro del salón, dio una vuelta completa, como si se estuviera quitando una capa invisible. Se desabotonó la camisa hasta la cintura, dejando ver una blusa blanca, con el borde de encaje que él solía acariciar con la punta de los dedos. Se la quitó con lentitud, como si desplegara un pergamino valioso. La dejó caer sobre la silla más cercana.
Mateo no se movió. Solo la siguió con la vista, bajando, subiendo, deteniéndose en la curva de sus caderas, en la forma en que su cuerpo parecía inclinarse hacia adelante, sin fuerza, como si estuviera a punto de caer en un sueño profundo.
—¿Te parece si te muestro algo? —dijo Valeria.
Él asintió.
Ella se quitó los zapatos. Se sentó en el peldaño de abajo, el primero de los tres que habían subido antes. Se desabrochó el cinturón. Deslizó la mano por debajo de la falda, con una seguridad que no era de la costumbre, sino del deseo. Se movió con calma, como quien desenrolla una cinta, y dejó que la tela bajara por sus muslos, se acumulara en los talones.
No llevaba bragas.
Mateo respiró hondo. Sus ojos se fijaron en su entrepierna, en la sombra oscura que se marcaba allí, entre los labios ligeramente abiertos. No era vergüenza lo que sentía, sino admiración. Como si estuviera frente a una pintura que había estado esperando para verla completa.
—Hacía mucho que no me sentía así —confesó Valeria, sin mirarlo—. Como si cada fibra de mi cuerpo supiera que estabas cerca.
—¿Y ahora?
Ella se levantó de nuevo. Se acercó a él. Se sentó sobre su regazo, con las piernas abiertas a los lados de su cintura. Se inclinó hacia atrás, apoyándose en sus manos, y lo miró a los ojos.
—Ahora, Mateo… ahora me siento viva.
Él le pasó una mano por la nuca, con la palma caliente. La acercó, pero no para besarla. Solo para sentir su respiración en su garganta. Ella le soltó un gemido suave, apenas audible, como si no quisiera romper el encanto.
—Mírame —dijo él.
Ella lo hizo. Y cuando él le tomó el pene a través de los pantalones, con una sola mano, apretando con suavidad, sin urgencia, sin presión, ella cerró los ojos. No por placer aún, sino por reconocimiento. Por saber que, en ese instante, no era solo el cuerpo lo que se entregaba, sino la historia entera.
—¿Te acuerdas del segundo peldaño? —preguntó él, moviendo la mano con lentitud, como si estuviera acariciando un instrumento que había olvidado cómo tocar—. Ese que tiene un agujerito en la madera, por donde se metía el polvo.
—Sí.
—Cada vez que subías, te detenías ahí. Decías que era el más difícil.
—Porque era el que más calor daba.
Él sonrió. Y entonces, con la otra mano, le subió la falda hasta la cintura, le separó los labios con los dedos, y se inclinó a besarla allí, donde el calor era más intenso, donde la piel estaba más sensible. Ella le metió los dedos en el pelo, sin fuerza, como quien se aferra a un nudo que sabe que no se va a deshacer.
—¿Quieres que te mame? —preguntó él, sin levantar la cabeza.
Ella no respondió con palabras. Solo gimió, una vez, larga y baja, como un trueno que se queda en el fondo del pecho.
—Dime que sí.
—Sí —susurró—. Sí, Mateo. Sí, rico.
Y él lo hizo. Con calma. Con boca cerrada, con labios suaves, con lengua apenas rozando. Como si cada gesto fuera una palabra, cada movimiento una oración. Ella se dejó llevar, como una hoja en la corriente de un río que ya conocía. El calor del peldaño, ahora, no era solo del lugar. Era suyo. Era de él. Era de los dos.
Y cuando por fin se movió dentro de ella, lento, profundo, como si estuviera entrando en un templo que llevaba años construyendo, ella le dijo, entre jadeos, lo único que importaba:
—Aquí. Justo aquí. No te muevas.
Y él no se movió.
Solo la sostuvo, con las manos en sus caderas, y la dejó gozar, como si el mundo se hubiera quedado solo en los tres peldaños, en el calor del primer beso, en el olor del café y de la vaina quemada.
Así estuvieron, un largo rato.
Como si el tiempo no los alcanzara.
Como si el tiempo hubiera aprendido a callarse.
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