El Calor Del Almendro

El Calor Del Almendro

@el_anonimo ·18 de junio de 2026 · 🔥 0.0 (0) · 0 lecturas · 9 min de lectura

La casa de la abuela seguía oliendo a canela y tierra mojada, pero eso era lo único familiar. Lalo se secó el sudor de la frente con la manga de la camiseta y miró por la ventana del comedor, donde el almendro del patio castigaba el cristal con sus ramas secas bajo el sol de junio. Hacía tres días que no llovía y el aire se pegaba a la piel como plástico encogido.

—¿Me ayudas a traer los plátanos del árbol? —preguntó su tía Lety desde la puerta de la cocina, con una canasta de mimbre en una mano y un trapo en la otra. Llevaba el pelo suelto, recogido en una coleta deshecha por el calor, y el camisón de algodón que le quedaba corto en los muslos se le pegaba al cuerpo con las gotas de sudor que bajaban por la espalda.

Lalo asintió sin mirarla. Tenía veinticuatro años, trabajaba medio tiempo en el taller de su papá y llevaba un mes viviendo con la abuela mientras arreglaban su cuarto en el departamento. La tía Lety, su tía por parte de papá —hermana menor de su padre—, era la encargada de cuidar a la abuela desde que se rompió la cadera el año pasado. Ella tenía treinta y siete, divorciada desde los treinta, sin hijos, sin nadie más que la familia. Y Lalo, desde que llegó, no dejaba de notar cómo sus ojos, oscuros como semillas de tamarindo, se le clavaban cada vez que pasaba frente a la cocina.

—Venga, no te quedes ahí parado como espantapájaros —dijo ella, y se dio vuelta para adentrarse en el corral, las caderas anchas moviéndose con lentitud, como si el aire la empujara con pereza.

Lalo la siguió. El patio estaba ardiente, la tierra agrietada alrededor del almendro, cuyas hojas temblaban con cada brisa que se atrevía a pasar. El árbol no daba frutos desde hacía años, pero Lety insistía en que aún había algunos, escondidos entre las ramas más altas, como si creer en ellos los hiciera aparecer.

—Mira ahí, en la rama que se dobla —señaló ella, señalando con el trapo una veta gruesa que se inclinaba hacia el suelo.

Lalo subió los peldaños de la escalera de mano que estaba apoyada en el tronco. El calor lo golpeaba por dentro, como si el sol le quemara desde los huesos. Alcanzó la primera ramita y la sacudió con cuidado. Cayó un par de plátanos verdes.

—¡Más arriba! —le gritó Lety, ya con las manos en la cintura, mirando hacia arriba. Él la vio desde esa altura: el camisón se le subió un poco más, dejando ver el borde de la tanga de algodón, blanca, con un borde de encaje desgastado. Lalo sintió un tirón en el estómago, rápido y frío.

—¿Vas o no vas? —repitió ella, y esa vez su voz no sonó como orden, sino como una invitación hecha palabra.

Él subió dos peldaños más. El almendro crujía bajo su peso. Se acercó a la rama más alta, la que más se inclinaba, y estiró el brazo. Justo cuando agarró un racimo pequeño, sintió el calor de su cuerpo detrás.

Lety había subido la escalera tras él, sin decir nada. Estaba tan cerca que sus pechos rozaban su espalda, suaves, pesados bajo la tela del camisón. Su aliento le acarició la nuca, húmedo y lento.

—Tienes que agarrar con más fuerza… —murmuró, y Lalo sintió cómo su pecho se hinchaba con la respiración, cómo sus muslos se apretaban contra la escalera mientras se ponía detrás de él, casi abrazándolo por la cintura.

Él no se movió. No se atrevió.

—¿O prefieres que lo haga yo? —añadió, y esta vez su voz no temblaba. Sonaba clara, firme, como un latido que se decidió.

Lalo soltó el racimo y bajó la escalera un peldaño. Ella lo siguió, sin soltarlo. Se quedaron ahí, los dos suspendidos entre el suelo y el cielo, con el calor de junio colgando del aire como una campana de cristal.

—Tú sabes que no… —empezó él.

—¿Qué sé yo? —respondió ella, y por primera vez lo miró directo a los ojos. La luz del sol le hacía resaltar las pecas en las mejillas, las líneas finas alrededor de la boca.— Soy tu tía, sí. Pero tú ya no eres ese niño que se escondía en mi regazo cuando el papá lo castigaba.

Lalo sintió un nudo en la garganta. Recordó la noche en que su papá lo golpeó por romper una botella de refresco. Lety lo había sacado de ahí, lo había llevado al baño, le había puesto hielo en la mejilla y le había susurrado: *“A veces el mundo te duele, pero yo no.”*

—Y ahora… —continuó ella, y se inclinó, su aliento rozando su oreja—… ahora tú me miras como si me quisieras ver.

Él no negó nada. No dijo que no. Solo la miró, con los puños apretados, con la verga empezando a hincharse en su pantalón corto.

Lety sonrió, pequeña, apenas un movimiento de labios.

—Baja la escalera despacio —le dijo—. Y no me mires hasta que yo te lo diga.

Él bajó. Cada peldaño le costaba. El calor lo atravesaba, la humedad en la entrepierna ya era real, no imaginación. Al tocar el suelo, Lety bajó tras él, y esta vez no se separó. Se puso frente a él, con las manos en sus hombros, y lo empujó contra el tronco del almendro.

—¿Quieres que te diga lo que veo? —preguntó, y con un dedo le dibujó el contorno de la mandíbula.

—No… —murmuró él, pero no sonaba como negativa.

—Verga, Lalo… —susurró ella, y por primera vez usó esa palabra, como si la sacara de su propia piel, como si fuera una que solo se decía en la oscuridad—. Me tienes loca desde que llegaste. Me miras cuando crees que no veo, me siento tu mirada en la espalda como un calor que no se va.

Lalo no pudo más. La tomó de la cintura y la atrajo hacia él. Sus caderas chocaron, y él sintió el bulto de su sujetador, las puntas endurecidas de sus pechos tras la tela fina.

—Chingue su madre este calor —dijo ella, y lo besó.

No fue un beso suave. Fue un beso de hambre, de semanas acumuladas, de gestos que se mordían por miedo a decirlos. Su boca estaba seca, salada, con sabor a café y a miel. Lalo le mordió el labio inferior, y ella gimió, un sonido bajo, gutural, que salió de su pecho como un gruñido de gata.

—Cógeme contra el árbol —le susurró al romper el beso, con la frente apoyada en la suya—. Que se sepa que yo lo quería.

Lalo no dudó. La tomó en brazos como si fuera ligera, como si sus treinta y siete años no fueran más que piel y huesos y deseo. Ella le rodeó la cintura con las piernas, y él la llevó hasta el centro del patio, donde el suelo estaba más liso y el sol no daba directo.

Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en el tronco, y ella se subió sobre él como si naciera ahí, como si siempre hubiera estado esperando ese momento para sentarse en sus muslos y abrirse.

—Quítame esto —dijo ella, y ya no era petición, era órden.

Él le desabrochó el camisón con lentitud, con los dedos temblando. La tela se abrió como un pétalo, dejando al descubierto sus pechos redondos, con pezones oscuros y duros, como bayas maduras. Lalo los tocó con las palmas, con los pulgares, y ella arqueó la espalda, dejando que el sol le acariciara la piel.

—Sí… así —murmuró, y tiró de su camiseta—. Quítatela.

Él lo hizo, y ella se inclinó a lamerle el pecho, con la lengua tibia y húmeda, trazando círculos alrededor del pezón.

—Tú no sabes lo que he soñado con esto —dijo ella, y lo mordió, suave—. Con verte desnudo, con sentirte dentro de mí.

Lalo no dijo nada. Solo la sujetó de la nuca y la jalo hacia su entrepierna. Ya tenía la verga dura, sudorosa, pegada al boxers, y ella sintió el golpe seco contra su vientre.

—Mírame —le pidió ella, y cuando lo hizo, él vio el brillo en sus ojos, el deseo sin disimulo, la rendición voluntaria.

Lety se quitó la tanga con una mano, y se sentó sobre él, con la entrada ya húmeda, ya abierta, ya esperándolo. Lalo la sostuvo por las caderas y la empujó hacia abajo, lento, hasta que su verga se hundió hasta la raíz.

Ella soltó un grito contenido, como si temiera que el eco llamara a alguien.

—Chingó tu madre… —respiró, y se movió, subiendo y bajando con lentitud, con precisión, como si cada movimiento fuera una oración que no se había atrevido a decir en voz alta en veinte años.

Lalo la siguió, con las manos en sus nalgas, con los dedos hundiéndose en la carne suave y caliente. Ella se inclinó hacia adelante, sus pechos rozando su pecho, y él los tomó con las manos, masajeándolos, tirando de los pezones hasta que ella gimoteó, como una perra en celo.

—Más fuerte —suplicó ella—. Quiero sentirte hasta en los huesos.

Él le sujetó la cintura y la clavó contra él, con una fuerza que ni él mismo se esperaba. Ella gritó, esta vez sin contenerse, y sus uñas se clavaron en sus hombros, dejando media luna roja en la piel.

—Sí… sí… así, chingarla de verdad —dijo ella, y se movió con más ganas, con más necesidad, como si el mundo se hubiera terminado y eso fuera lo único que quedaba.

El calor del patio se volvió insoportable, el sol le pegaba directo en la nuca a Lety, y ella se inclinó hacia atrás, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, sudando, jadeando, mientras Lalo la cogía con fuerza, con desesperación, con amor que no sabía cómo llamar.

—Me voy… —gimió ella, y sus musculos se apretaron alrededor de su verga, como un puño que no quería soltar.

Lalo la sujetó más fuerte y la jalo hacia él, clavándole la verga hasta el fondo, y sintió cómo su cuerpo temblaba, cómo ella se deshacía en sus manos.

—¡Lalo! —gritó ella, y su cuerpo se estremeció, y Lalo sintió cómo su propia corriente le subía por la espalda, cómo su verga palpitaba dentro de ella, cómo todo se derramaba entre sus cuerpos, entre sus alientos, entre sus sudores.

Se quedaron ahí, quietos, con la respiración entrecortada, con el sol pegándoles en la espalda y el almendro observándolos como testigo silencioso.

Lety se desplomó sobre él, con la cabeza en su pecho, y él la abrazó por la espalda, con sus manos enredadas en su pelo.

—¿Ahora qué? —preguntó ella, con la voz ronca, con la boca seca.

—Ahora… —respondió él, y besó su nuca—… ahora te llevo a mi cuarto.

Ella rió, una risa baja, con ganas de llorar y de seguir cogiendo.

—¿Y la abuela?

—Dormida. Y tú sabes que hasta las abuelas tienen derecho a soñar —dijo él, y la levantó en brazos, como si fuera ligera, como si fuera suya—. Ahora sí, tía… vamos a chingarla bien.

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