El calor de la siesta
La casa de la siesta era un templo de silencio, con las persianas entrecerradas y el aire espeso, como si el calor mismo tuviera peso. El reloj de péndulo en el pasillo marcaba las tres con un tictac lento, casi soñoliento, y en ese tiempo suspendido, todo parecía permitido. No había visitas, no había ruidos del pueblo, solo el zumbido del ventilador en el techo del comedor y el crujido ocasional de la madera del piso, que respondía al paso descalzo de alguien que se movía por la casa con sigilo.
Martín se había quedado a dormir la siesta en la habitación de atrás, la que daba al patio de tierra y al limonero. Había venido desde la ciudad para pasar el fin de semana largo con su tía Elisa, la hermana menor de su madre, viuda desde hacía años y dueña de ese caserón de techo alto y paredes gruesas, como si hubiera sido construido para resistir el fuego del verano. Martín tenía veintitrés, era alto, de hombros anchos y piel tostada por el sol de la costa, donde trabajaba como instructor de surf. Elisa, en cambio, tenía cuarenta y siete, pero los llevaba con una elegancia que parecía desafiar al tiempo. Su pelo oscuro, con apenas dos rayas de gris en las sienes, lo llevaba suelto hasta la mitad de la espalda, y sus ojos negros tenían esa forma de mirar que no se detiene en lo que ve, sino en lo que siente.
No habían tenido nada antes. Nada claro, al menos. Pero había algo, un aire entre ellos, como una corriente subterránea que se movía bajo las conversaciones sobre la familia, el clima, las comidas lentas con vino tinto y pan recién horneado. Nada se decía, pero todo se notaba. Una caricia accidental al pasar, una mirada que duraba un segundo más de lo necesario, el modo en que ella le servía el café, agachándose un poco más de lo normal, como si quisiera que él viera el escote profundo de la blusa.
Ese día, la siesta no llegó. Martín se había acostado con los pantalones cortos y una camiseta, pero el calor era insoportable. Se dio vuelta una y otra vez, hasta que se incorporó, sudoroso, y decidió darse una ducha fría. Pasó por el pasillo sin hacer ruido, pero al pasar frente a la habitación de Elisa, notó que la puerta estaba entreabierta. No era raro, pero algo en la penumbra lo detuvo. La luz del sol se colaba por un costado de la persiana, dibujando rayas en el piso y en la cama deshecha. Y allí, sentada al borde del colchón, con la bata abierta y los muslos al descubierto, estaba Elisa. No dormía. Tenía una mano entre las piernas, moviéndose despacio, los ojos cerrados, la boca entreabierta.
Martín se quedó quieto, el corazón golpeándole en el pecho. No era un chico inocente, pero verla así, a ella, a su tía, le provocó una mezcla de culpa y deseo que lo dejó paralizado. No hizo ruido, pero ella sintió su presencia. Abrió los ojos, lentamente, y lo miró sin sorpresa. No se movió, no cerró las piernas. Solo lo miró.
—Pasé a buscar agua —dijo él, la voz ronca.
—Vení —le respondió ella, sin levantar la voz—. Acá hace más calor que en el infierno.
Martín dio un paso. Luego otro. La puerta se cerró sola detrás de él con un leve chasquido. Elisa se paró, despacio, y se sacó la bata. Quedó desnuda, con el cuerpo firme, los pechos redondos y bajos, la cintura estrecha, el vello oscuro entre las piernas. No era joven, pero era hermosa, con una belleza que no necesitaba disculpas.
—Vos también estás caliente —dijo, mirándolo fijo—. Lo veo en tu cara.
Él no respondió. Solo se acercó. Ella le puso una mano en el pecho, luego bajó hasta el elástico del pantalón corto. Lo miró a los ojos mientras le desabrochaba el botón.
—No tenemos que hablar de esto después —dijo—. Hoy no. Hoy solo es esto.
Lo besó. Fue un beso lento, profundo, con lengua y olor a menta. Martín le puso las manos en las nalgas, las apretó, y sintió cómo ella se frotaba contra él, buscando la pija ya dura bajo la tela. Entre besos, ella le sacó la camiseta, luego el pantalón. Quedó desnudo, erguido, con el glande brillante de humedad.
—Qué linda tenés la pija —susurró—. Tan grande, tan lista.
Lo empujó suavemente hacia la cama. Él se sentó al borde, y ella se arrodilló frente a él. Le tomó la pija con una mano, la acarició desde la base hasta la punta, y luego se la metió en la boca. No fue rápido, no fue teatral. Fue un movimiento natural, como si ya lo hubiera hecho mil veces. Chupó con calma, con los ojos cerrados, con la lengua girando alrededor del frenillo. Martín gemía bajo, sin querer hacer ruido, pero el placer le subía por las piernas como un fuego lento.
—Para, Elisa —dijo, casi sin aliento—. Si no, me corro ahora.
Ella se apartó, sonriendo, y se subió a la cama. Se acostó de costado, con una pierna levantada, abierta, mostrando la concha húmeda, oscura, con los labios hinchados.
—Vení —dijo—. Quiero sentirte adentro.
Martín se acercó, se puso entre sus piernas, le separó los muslos con las manos. La miró un segundo, los ojos negros, los labios entreabiertos, el sudor en la frente. Luego guió la punta de la pija hasta la entrada y empujó despacio.
—Ay, carajo —dijo ella, con un gemido ronco—. Qué bien me llenás.
Entró entero, sin apuro, pero sin dudar. Sentía el calor de ella, el apretón, el modo en que la concha se ajustaba a su tamaño. Empezó a moverse, primero con vaivenes cortos, luego más largos, más profundos. Elisa le ponía las manos en la espalda, lo atraía hacia sí, gemía en su oreja, le mordía el cuello.
—Así, así, más fuerte —le decía—. No me cuides. Garchame como se te cante.
Martín aumentó el ritmo. Ya no pensaba en nada. No en la familia, no en lo que era correcto o no. Solo sentía el culo de ella moviéndose, las tetas rebotando, el olor de la concha mezclado con el perfume de jazmín que usaba. Le agarró un pezón con la boca, lo mordió suave, y ella gritó.
—Sí, así, Martín, sí —gemía—. Dámela toda, dámela entera.
Él sentía que se acercaba al límite. El calor en la ingle, el nudo en la garganta, el deseo de correrse dentro. Pero se contuvo. Se salió de un tirón, la tomó del brazo, la hizo dar vuelta.
—Dame el culo —dijo, con voz ronca.
Ella se arrodilló, apoyó la frente en el colchón, separó las nalgas con las manos. Martín le pasó un dedo por el ano, lo humedeció con saliva, luego con un poco de concha. Empujó la punta de la pija contra el esfínter, despacio, sin fuerza. Ella se relajó, y entró con un gemido largo.
—Ay, qué gruesa —dijo—. Qué bien me entra.
Martín empezó a moverse, primero con empujones cortos, luego más largos, más profundos. Sentía el apretón del ano, el calor, el modo en que ella se aferraba a las sábanas. Le puso una mano en la nuca, la bajó un poco más, y siguió follando, cada vez más rápido, hasta que el cuerpo de ella se tensó, tembló, y gritó.
—Me corro, me corro, carajo —gritó, y el culo se le contrajo alrededor de la pija.
Martín no aguantó más. Se salió, se puso de pie, se masturbó rápido, con la mano fuerte, y se corrió encima de su espalda, en el cuello, en el pelo. Dos, tres chorros gruesos que cayeron despacio.
Se dejó caer al lado de ella, sin aliento. Elisa se dio vuelta, sonriendo, con los ojos brillantes.
—Qué bueno que estás —dijo, acariciándole el pecho—. Qué buen pibe que sos.
Él no respondió. Solo la abrazó, la acercó, le besó el hombro. Quedaron así, sudorosos, con el olor del sexo en el aire, el ventilador girando sobre sus cabezas.
No hablaron más. No hacía falta. Fuera, el sol seguía alto, la siesta seguía. Y adentro, el silencio era distinto: denso, cálido, lleno de lo que no se dice pero se sabe. Se quedaron dormidos así, uno al lado del otro, con las piernas entrelazadas, como si nada hubiera cambiado. Pero todo había cambiado.
Horas después, cuando el sol ya bajaba y el patio se llenaba de sombras largas, Elisa se despertó primero. Se paró, se puso la bata, fue a la cocina. Martín la escuchó, pero no se movió. Oyó el ruido del grifo, el tintineo de las tazas. Ella volvió con dos mates, el termo, la azucarera.
Se sentó al borde de la cama, le ofreció uno. Él tomó el mate, sorbió despacio.
—Mañana me voy —dijo.
—Sí —respondió ella—. Pero podés volver cuando quieras.
Él asintió. No dijo nada más. Pero cuando terminó el mate, le tomó la mano, se la besó en la palma. Ella sonrió.
No hubo promesas. No hubo palabras de amor. Solo eso: un beso en la mano, un silencio cómplice, el eco del placer aún en los cuerpos. Y el entendimiento de que esto no había terminado. Solo estaba guardado, como una semilla bajo tierra, esperando la próxima siesta, el próximo calor, la próxima vez en que el reloj marcara las tres y el mundo se detuviera.
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