El café se enfrió y el tiempo se detuvo
7 minEl café se enfrió y el tiempo se detuvo
Yo ya había perdido la cuenta de cuántos años llevaba viéndola desde la barra del café, pero cada vez que entraba, el aire se volvía más denso, como si el mundo se inclinara un poco hacia ella. Se llamaba Mariana, trabajaba en la biblioteca universitaria, llevaba el cabello recogido en un nudo bajo la nuca, gafas redondas que le daban ese aire de sabia que nunca tuvo que demostrar, y una sonrisa que parecía calcular cuánto tardaría en derretirte. Yo, Tomas, apenas si le había dicho «buenos días» tres veces, siempre entre sorbo y sorbo de mi café, siempre con la mirada baja, siempre con la vergüenza de querer demasiado y decir casi nada.
Era jueves, y llovía como si el cielo se hubiera olvidado de cerrar la llave. Yo ya estaba ahí, sentado en mi rincón favorito, el que queda pegado a la ventana y te deja ver el mundo desdibujado por el cristal empapado. Ella entró con un impermeable gris, gotas colgando de las puntas de los cabellos sueltos que ya había soltado, y se acercó a la barra con ese paso tranquilo que tiene cuando no tiene prisa, pero sí decisión.
—Oye, Tomas —dijo, y me sorprendió que supiera mi nombre, que lo pronunciara así, sin titubear—, ¿me dejas compartir tu mesa? Se acabaron las sillas libres y mi café ya está a punto de congelarse.
Le sonreí. Me sonreí yo primero.
—Claro —dije, y moví mi taza de un lado para dejarle espacio—. Aunque ya está medio fría.
—Me encanta el café medio frío —dijo, sentándose—. Dice mi abuela que es el único modo en que la mente se despeja sin quemarse.
No supe qué responder. Así que la miré. La miré de verdad, por primera vez. No las gafas, no la boca —aunque la boca me llamaba—, sino sus manos. Manos que hojean libros, que escriben apuntes, que tocan el hombro de los estudiantes cuando les explica algo. Manos que ahora se apoyaban en la mesa, cerca de las mías, pero sin tocar.
—¿Qué lees ahora? —pregunté, señalando la libreta que llevaba sobre el regazo.
—Una novela rusa —dijo—. Pero no te asustes, no es *Guerra y paz*. Es una de cuentos cortos. *El sueño de un ridículo*, de Gógol.
—Suena… raro.
—Lo es. Pero hay una escena, justo la que estoy leyendo ahora, donde un funcionario público se niega a admitir que se ha caído una gota de café en su nuevo uniforme, y en vez de limpiarla, se lo quita, lo arroja al río y se va a vivir a otro pueblo. —Se detuvo, me miró con los ojos entreabiertos—. A veces pienso que todos llevamos un uniforme que no queremos reconocer que está manchado.
La llovizna se intensificó. Fuera, el mundo se volvió gris y suave. Dentro, el café se enfrió de verdad. Pero entre nosotras, algo se calentaba.
—¿Y tú qué harías? —le pregunté—. Si te mancharas el uniforme.
—Yo… —dijo, y por primera vez bajó la mirada, pero no por vergüenza, sino por intensidad—. Yo lo quitaría. Y me quedaría sin camisa, sin nada que me atara a lo que ya no sirve.
No era una metáfora. Era una promesa.
Me incliné un poco, como si la distancia entre nosotros fuera algo que pudiera acortar con el aliento.
—¿Y si el agua no se seca? —le susurré.
—Entonces… —dijo, y puso una mano sobre la mía, suavemente, apenas una presión—. Entonces se seca con fuego.
No hubo más. Solo esa mano sobre la mía, y el calor que subió por mi brazo como si me hubieran clavado un alambre vivo. Sentí el pulso en el cuello, rápido, firme. Sentí el peso de mis testículos, hinchados, esperando. Sentí la verga que se levantaba sin pedir permiso, como siempre ocurre cuando algo bueno se acerca.
Me costó no moverme. Me costó no agarrarle la mano y llevarmela a la boca. Pero me contuve. Porque ella no me estaba mirando la entrepierna, sino mis ojos. Y en sus ojos no había burla. Había espera.
—¿Puedo…? —empecé.
—Sí —dijo—. Pero primero, necesito saber algo.
—¿Sí?
—¿Tienes miedo de lo que pasaría si no te contuvieras?
No dudé.
—Sí. Pero más miedo me da no intentarlo.
Ella soltó una risa baja, profunda, como un suspiro que se había quedado guardado mucho tiempo.
—Entonces ven —dijo, y se levantó.
No era una invitación. Era una orden.
Subimos la escalera de la casa de ella, en un edificio antiguo del centro, con pisos de madera que crujían como si fueran parte del ritual. No hablamos. Solo nos mirábamos de vez en cuando, como si cada mirada fuera una promesa que ya se había cumplido.
En la habitación, el aire olía a papel viejo, a lavanda y a piel sudada. Ella se quitó el impermeable, dejando una blusa blanca, humedecida en los hombros, y una falda que le quedaba justita en las caderas.
—Quítate la camisa —me dijo.
Lo hice. Sentí el aire en el pecho, pero también su mirada, que se deslizaba por mi torso como si estuviera leyéndome en braille.
—Eres bien moreno —murmuró, acercándose.
—Y tú… —dije, con la voz quebrada—… tú hueles a café y a lluvia.
Me besó entonces. No fue suave. Fue hambre. Fue boca seca y lengua urgente. Fue manos que me agarraban del cuello y me jalan hacia ella, como si quisiera meterme dentro. Sentí sus pechos contra mi pecho, redondos, firmes, con pezones duros que rozaban como ascuas.
La dejé ir solo un segundo para quitarme los pantalones. Me quedó la verga al descubierto, tiesa, húmeda en la punta, como una promesa que ya no se puede retrasar. Ella la miró, sin avergonzarse, sin apuro, como si estuviera leyendo una página que ya sabía que iba a gustarle.
—Está bien —dijo—. Está muy bien.
Me tomó la verga en la mano, con una firmeza que me hizo temblar. Me recordó que no era solo deseo, sino arte. Que no era solo cuerpo, sino intención.
—Quiero verte entrar —dijo, y se sentó en la cama, cruzando una pierna sobre la otra.
Me acerqué. Me puse entre sus piernas. Olía a mujer, a humedad natural, a algo que solo ella tenía. Le aparté la falda con cuidado, y vi su vagina, ya húmeda, los labios ligeramente abiertos, oscuros y calientes.
—¿Estás lista? —pregunté, porque eso es lo que se hace cuando se ama la lentitud.
—No —dijo—. Pero ya no me da miedo.
Metí la punta de la verga en ella. Se estiró, se abrió, me aceptó como si ya me hubiera esperado toda la vida. Entré poco a poco, sentiendo cómo su cuerpo se acostumbraba, cómo sus músculos se relajaban, cómo su cabeza se inclinaba hacia atrás y dejaba escapar un gemido bajo, como de gato satisfecho.
Cuando la tuve toda dentro, nos quedamos quietos. Respiramos juntos.
—Tomas —dijo—. No te muevas. Déjame acostumbrarme a ti.
Asentí. Y mientras la lluvia seguía cayendo afuera, mientras el mundo se seguía girando, nosotros nos quedamos ahí, unidos por algo más fuerte que el tiempo.
Luego comenzamos a movernos. Lento. Profundo. Cada embestida la sentía en los dientes, en el estómago, en los testículos que se tensaban como si fueran a reventar. Ella se aferraba a mis brazos, con uñas suaves, y sus pechos rebotaban contra mi pecho con cada movimiento.
—Sí —dijo, entre jadeos—. Sí, así. Tú me estás cogiendo, Tomas. Tú me estás cogiendo de verdad.
Eso me volvió loco. Le agarré las nalgas, se las apreté, la levanté un poco para meterla más hondo, y ella soltó un grito, pero no de sorpresa, sino de reconocimiento. Como si por fin hubiera encontrado la palabra que faltaba en su vocabulario.
Me besó de nuevo, esta vez con lágrimas en los ojos.
—No parezcas —murmuré.
—No voy a parar —dijo—. Hasta que me duela.
Y así fuimos, hasta que mis piernas temblaban, hasta que su garganta ya no podía más, hasta que sentí cómo su vagina me apretaba, como un puño que me decía *ahora*.
Me derramé dentro de ella, lento, caliente, como si
¿Qué tanto te calentó?
Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.