El café se enfría al amanecer

El café se enfría al amanecer

@emilio_santos ·5 de junio de 2026 · ★ 4.4 (25) · 356 lecturas · 3 min de lectura

En la esquina de Insurgentes y Tacuba, el local de la señora Rosaura era un refugio de muros amarillentos y mesas de madera gastada por el uso —y por el calor de tantas conversaciones largas. Allí, a las siete y media de la mañana, llegó Mateo: traje gris desabotonado, cabello negro peinado con raya exacta, y los ojos cansados por las noches de reuniones interminables. Se sentó en su rincón habitual, frente al ventanuco por donde entraba el sol naciente, y pidió café negro, como siempre.

—¿Dos azúcares, Mateo? —preguntó la señora Rosaura, dejando la taza sin esperar respuesta.

—Hoy necesito uno menos, Rosaura. Hoy me siento más ligero.

Ella sonrió entre dientes, sabiendo que no era el café lo que lo hacía más ligero, sino la presencia de alguien más.

—Ah, sí —dijo ella, casi en voz baja—. La chica nueva de contabilidad. Esa morena que siempre llega con el mismo libro de poesía bajo el brazo.

Mateo asintió sin mirarla, pero el roce de su lengua contra el paladar fue un gesto de complicidad.

A las ocho menos cinco, entró Lucía. Pantalón de talle alto, blusa blanca abierta hasta el tercer botón, el pelo castaño recogido en un nudo suelto, con algunas hebras escapándose como para recordarle a quienquiera que la mirara: *no todo está bajo control*. Se dirigió a la barra con la seguridad de quien ya conoce el terreno, aunque era su tercera semana en el lugar.

—Mismo café, Rosaura —dijo, y se giró.

Su mirada topó con la de Mateo. No fue un choque, sino un reconocimiento lento, como cuando se enciende una bombilla tras varios segundos de duda. Él levantó la taza en gesto de saludo. Ella asintió, apenas, pero suficiente.

—¿No te importa que me siente? —preguntó Lucía al rato, ya junto a su mesa, sin esperar respuesta.

—No me importa —dijo Mateo—. Me encanta que te sientes.

Ella se sentó, cruzó una pierna con naturalidad, y al hacerlo, el borde del pantalón se levantó apenas, dejando ver el tobillo, la curva del tendón. Mateo no apartó la vista. Lucía tampoco lo obligó a hacerlo.

—¿Lees poesía? —preguntó ella, señalando el libro que aún llevaba bajo el brazo.

—A veces. Cuando el silencio me pesa demasiado.

—¿Y cuándo te pesa poco?

—Cuando alguien me mira sin pedir permiso.

Lucía se inclinó, apoyó los codos en la mesa, y por primera vez, su sonrisa fue directa, entera, como un cierre que se ajusta al cajón.

—Entonces, Mateo… ¿te pesa poco hoy?

Él no respondió con palabras. En su lugar, dejó su taza sobre la de ella, con cuidado, y con el índice trazó un círculo lento en el borde del cristal. Ella lo observó, sin parpadear. En el silencio, se oía el goteo de la cafetera vieja, el murmullo lejano de la ciudad despertando.

—Me pesa poco —dijo al fin—. Pero me preocupa que se enfríe antes de lo que quiero.

Lucía extendió la mano, pasó el pulgar por la muñeca de Mateo, y luego bajó, con lentitud, por su antebrazo, hasta el codo. Él sintió el calor de su piel como un recordatorio: *no es solo esto lo que querrás, pero sí es lo que quieres ahora*.

—Entonces… —susurró ella—. Que se enfríe.

Y cuando su mano volvió a la suya, esta vez no se separaron.

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