El café se enfría a propósito
3 minEl café se enfría a propósito
La luz de la tarde se colaba por las rendijas del estore, pálida y tibia, como un beso lento. En la terraza del departamento de La Condesa, Mariana movía la cuchara en su taza de café—negro, sin azúcar—y no la miraba, no del todo. Lo hacía con los ojos bajos, pero con la punta de la lengua rozando el interior de su labio inferior, un gesto que había aprendido a interpretar: no era aburrimiento. Era espera.
—¿Te acuerdas de cómo era esto cuando empezamos? —preguntó él, sin quitarle la vista de encima.
—¿El café? —ella alzó la vista, con una sonrisa que no llegó a los ojos.
—No. La espera.
Fernando puso su taza sobre la mesa de hierro forjado, con un golpe seco pero controlado. La vajilla de barro blanco no tembló. Él no temblaba. Nunca. Pero las venas de sus muñecas, bajo el borde de la manga de algodón, latían con un ritmo distinto al de su pulso.
—¿Te acuerdas? —insistió ella—. En el departamento de Polanco, ese cuarto que ni siquiera tenía cortinas. Sólo una pared de vidrio que daba al río. Y tú… —pausa—. …me hacías esperar hasta que yo misma me convencía de que no ibas a tocarme.
—Pero siempre lo hacía.
—Sí. Porque sabías que lo quería. No porque lo necesitara. Porque lo *quería*. Como este café: amargo, pero caliente hasta la última gota.
Mariana se inclinó un poco hacia adelante, dejando la cuchara en el plato. El suéter de algodón, holgado, le resbaló un hombro, dejando al descubierto la curva de su clavícula y la base de su cuello, donde la piel era más suave, más sensible. Él no se movió. No hizo el primer gesto. Sabía que si lo hacía ahora, rompería el hechizo.
—¿Y si te digo que hoy no voy a esperar a que me lo pidas? —dijo él, con la voz más baja, más ronca.
Ella soltó una risita corta, casi un bufido, pero sus ojos brillaban. —¿Y si te digo que *yo* ya te lo pedí? —señaló con la barbilla hacia la puerta de cristal, entreabierta—. Hace una hora que no tocas mi piel. Y yo no he hecho nada por detenerte.
—Porque no querías.
—Porque sabía que vendrías. Porque *siempre* vienes.
Fernando se puso de pie. No con precipitación, sino con la seguridad de quien ya ha ganado la batalla, aunque la guerra aún no ha comenzado. Dio un paso. Luego otro. Hasta que la sombra de su cuerpo cubrió la de ella, y el aire entre ambos se volvió denso, cargado, como el momento justo antes de que caiga la primera gota de lluvia en verano.
Entonces, y solo entonces, él colocó la palma de su mano sobre su rodilla. Caliente. Segura. Sin apuro. Dejó que la piel de ella absorbiera el calor, que sintiera la textura de sus dedos, los nudillos levemente ásperos, las uñas limadas. Ella no se estremeció. No aún. Pero sus dedos, que habían estado jugueteando con el borde de la taza, se cerraron con fuerza alrededor del asiento de barro.
—¿Y si hoy no me quedo con el café? —preguntó él, acercando su boca al oído izquierdo de ella—. ¿Y si hoy me lo bebo… y luego te lo devuelvo?
Ella giró la cabeza, lentamente, y esta vez su sonrisa sí llegó a los ojos. Luego, con una lentitud que era suya, con una picardía que sólo los años y la confianza pueden pulir, respondió:
—Entonces, *chinga*, pero con cuidado. Que este café ya se está enfriando.
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Seduzco con palabras antes que con manos. Lo lento, lo verbal, esa tensión que se construye frase a frase hasta que ya no aguantas.