El Café de las Cuarenta y Nueve
10 minEl Café de las Cuarenta y Nueve
Yo, Renata, cuarenta y nueve, con veinte años más que él, no creí que aquella tarde de viernes en el café de la esquina de la 7ª con la 32 cambiaría mi ritmo cardíaco para siempre. Pero ahí estaba: frente a mí, sentado como un niño buenito —porque así lo parecía— con esos ojos azules que no encajaban con la barba de tres días ni con la chaqueta de cuero un poco desgastada en los codos. Se llamaba Mateo. Veinticuatro. Lo supe porque lo dijo al estirarme la mano y sonreír con esa mezcla de timidez y orgullo que solo tienen los hombres que saben que el mundo les debe algo.
—¿Renata? —preguntó, y su voz sonó como una guitarra acústica en una habitación vacía: cálida, sin estridencias, con un leve ronroneo de madera.
—Sí —le dije, y le apreté la mano. No mucha fuerza, pero sí el justo punto de confianza, de advertencia silenciosa: *ya sé quién eres, y también sé qué quiero*.
El café se llamaba *La Esquina del Tiempo*, y era mi refugio los viernes después del trabajo, cuando cerraba mi pequeña agencia de diseño gráfico. Ese día, sin embargo, no era un refugio: era una trampa que yo misma había tendido. Le había mandado un mensaje dos semanas atrás: *Hola, soy Renata. Vi tu foto en el grupo de lectura de la biblioteca y me pareció que tenías ese aire de alguien que no solo lee, sino que se deja leer*. Él respondió en menos de diez minutos: *¿Y usted qué clase de lectora es, señora?* —le escribí yo, con una sonrisa pícara— *La que prefiere capítulos largos, con desarrollo lento y final sorpresivo*. Y él: *¡A mi libro le encanta el suspense!*
Así que ese viernes, con mi vestido negro ceñido hasta las caderas y el cuello descubierto, con un par de pendientes grandes de plata que colgaban como campanillas, me senté frente a él sin haberle contado que yo era la que había escrito el mensaje. Quería ver su reacción cuando lo reconociera. Y cuando lo hizo, su cara cambió: de curiosidad a sorpresa, luego a una sonrisa más ancha, como si hubiera acertado un acertijo difícil.
—Usted no es “señora” —dijo, bajando la mirada un instante, como para no ofender—, es *señorita* Renata… con *sabor a peligro*.
Le di un sorbo a mi café con leche, bien cargado, con esa espuma que hace que el sabor dure más. Me encantaba que me llamara “señorita” con ese tono de burla tierna. Yo le llamé “Mateo”, sin “señor”, sin formalidades. Solo *Mateo*, como si ya lo conociera desde siempre.
—¿Y cuánto dura un capítulo largo para ti? —le pregunté, dejando el vaso sobre la mesa, con el dedo índice apoyado en el borde del recipiente, como quien señala el inicio de una historia.
—Depende —dijo, inclinándose un poco hacia adelante—. Si el final vale la pena… puedo esperar hasta que el sol se ponga tres veces.
—¡Ahh! —exclamé, levantando las cejas—. Tres veces. Eso es más que promesa, eso es desafío.
—¿Y si el sol se pone y no he terminado? —preguntó, y su voz ya no tenía ni un rastro de timidez.
—Entonces —dije, acercando mi silla un poco más—, el sol se volverá a levantar… y seguimos.
No hubo besos ni caricias esa tarde. Solo miradas largas, palabras cuidadas, y ese silencio cómplice que se instala cuando dos cuerpos ya se han imaginado el uno al otro mil veces. Él tenía manos grandes, de hombre que trabaja con ellas: tallaba madera los fines de semana, me dijo. Artesano de muebles minimalistas. Pero eso era lo que decía. Yo sabía que si le pedía que me mostrara cómo tallaba, no me mostraría el cincel, sino la forma en que sus nudillos se hundían en la madera, el calor de su respiración cuando se inclinaba sobre la pieza, el sudor en su cuello.
Cuando nos despedimos frente al café, con el sol ya baja por el occidente y pintando el cielo de naranja y morado, me dijo:
—¿Te gustaría que te llevara a mi taller mañana?
—¿Sin promesas?
—Solo con certezas: café fuerte, música alta, y madera que huele a vida nueva.
—Entonces sí —dije, y le toqué la manga de la chaqueta—. Pero con una condición.
—¿Sí?
—Que no me hables como a una “madre”.
—¿Como qué?
—Como a una mujer que sabe lo que quiere, y no necesita que le den permiso para tomarlo.
Él me miró fijo. Entonces sonrió —ese sí, con los ojos— y asintió.
—Entendido. A partir de mañana, *tú mandas*.
***
El taller estaba en un sótano de una casa antigua en el barrio de Manrique. El aire olía a cedro, a barniz, a polvo de madera y… a sudor. Porque Mateo no estaba trabajando. Me estaba esperando, con los pantalones de mezclilla bien planchados, la camisa abierta hasta el ombligo, y los pies descalzos. Me miró y no dijo nada. Solo cerró la puerta con llave, y se acercó lentamente.
—Usted no es una mujer cualquiera —dijo, mirándome de arriba abajo—. Usted huele a algo que no he probado nunca.
—Y tú hueles a algo que ya quiero probar —le dije, y le toqué el pecho con la yema de los dedos, sintiendo cómo su corazón se aceleraba.
Se inclinó, y sus labios rozaron el cuello, no mordieron, solo rozaron, como quien prueba un trago antes de beber. Y entonces, con una voz más baja, casi un susurro:
—¿Me dejas?
—Siempre que me prometas no hacerme sentir vieja —le respondí, y lo miré a los ojos.
—Nunca —dijo—. A ti te veo y me siento como cuando descubrí que el cedro huele como el verano, pero más profundo. Como si supiera secretos que ni el tiempo ha olvidado.
Y entonces me besó.
No fue un beso de adolescente torpe, ni de hombre que no sabe lo que hace. Fue un beso de hombre que ha esperado mucho, y que finalmente encuentra lo que buscaba: una mujer que no se disculpa por tener cuerpo, que no se disculpa por tener ganas. Su lengua entró con calma, sin prisa, pero con una firmeza que me hizo abrir los ojos y soltar un pequeño grito.
—Uy, diablos… —murmuré entre beso y beso—. ¿Tú sí sabes lo que estás haciendo?
—Sí —dijo, desabrochándome el primer botón del vestido—. Sé que tú quieres que te quiten este vestido, y que me lo pongas tú misma, porque te gusta tener el control.
—¡Maldito! —reí—. ¿Cómo sabes eso?
—Porque tus ojos me lo dicen cada vez que me miras. Y también porque… —me acercó el cuerpo al suyo, y sentí su pene ya duro contra mi muslo— …ya sabe cuánto tiempo lleva tu cuerpo esperando que alguien se acuerde de cómo se usa.
Me desabroché el resto de los botones yo misma, despacio, dejando que el vestido se deslizara por mis hombros hasta caer a mis pies. No usé ropa interior. Me gustaba la sorpresa, el riesgo. Él me miró con los ojos entrecerrados, y bajó las manos a mi cintura.
—¡Uy, qué culo tan rico! —dijo, y me pegó el rostro al suyo—. Como un melón maduro, pero más jugoso.
—Y tú tienes un pito que parece hecho a medida —le dije, pasando la mano por su entrepierna—. Grande, firme, con esa cabeza que me está mirando como diciendo: *ven, que ya te espero*.
Lo llevé a la silla de trabajo, la más grande, con respaldo alto y apoya-pies. Él me miró, confundido.
—¿Aquí? —preguntó.
—¿Te parece que no puedo?
—No… pero no quiero que te lastimes.
—¿Te parece que no sé lo que hago? —le dije, y me senté sobre sus piernas, con la espalda apoyada en su pecho—. Tú no me mueves. Yo muevo. Tú solo me sostienes.
Y así fue. Me puse de pie sobre sus muslos, con las manos en sus hombros, y bajé lentamente hasta que sentí su pene entrar en mí, un poco a la vez, como si estuviera entrando en un río profundo y conocido. Él me sujetó por las caderas, sin forzar, solo asegurando que no me cayera. Y yo subí y bajé, con calma, sintiendo cómo su pene me estiraba, me llenaba, me hacía vibrar desde dentro.
—¿Sientes eso? —le pregunté, mientras subía, con la cabeza echada atrás y el cabello cayéndome sobre los pechos.
—Sí —dijo, con la voz rota—. Siento que tú eres la que me está enseñando a respirar.
Y entonces le tomé una mano y la puse entre mis piernas, sobre mi clítoris, ya húmedo y sensible.
—Ahora sí, Mateo… now sí.
Él empezó a mover los dedos con suaves círculos, mientras yo continuaba subiendo y bajando, con la respiración cada vez más agitada. Me agarré fuerte a sus hombros, y sentí cómo su pene se ponía más grueso dentro de mí, cómo sus caderas empezaban a moverse sin querer, como queriendo entrar más hondo.
—Renata… —dijo, y su voz sonó como una oración—. No puedo más.
—Entonces no lo hagas —le respondí—. Sigue con los dedos, que eso es lo que me está matando bonito.
Pero él no pudo resistirse. Subí una última vez, con la boca entreabierta, y él me sujetó fuerte y se dejó llevar. Su pene palpitó dentro de mí, y yo sentí cómo su calor me invadía, cómo su cuerpo se estremecía detrás de mí, con un grito contenido que sonó como un lamento hermoso.
—¡Ay, dios! —susurró—. ¡Renata!
—Sí —le dije, y me giré para besarlo—. Ahora soy yo quien te agradece.
Cuando terminamos, estábamos sudados, sin aliento, con polvo de madera en el pelo y el olor del cedro mezclado con el nuestro. Él me abrazó, me besó el cuello, y me susurró al oído:
—¿Volverás mañana?
—Si me prometes que me enseñarás a tallar —le dije—. Porque quiero que una pieza mía diga *Renata*… y otra diga *Mateo*.
—¿Y cuál será la que diga *nosotras*?
—Esa… —le dije, y le toqué la cara—… es la que aún no ha nacido, pero ya sabe cómo se siente el sol.
Y así fue. Durante semanas volví. No solo al taller, sino a su casa, a su cama, a su vida. Aprendí a tallar, y él aprendió a escuchar. Él me llamaba “maestra”, y yo lo llamaba “mi niño”, con ternura y orgullo. Porque no se trataba de la edad. Se trataba de que cuando él me miraba, no veía los años. Veía a una mujer que sabía lo que quería, y que no tenía miedo de pedirla.
Y yo… yo veía a un hombre que no se escondía detrás de su juventud, sino que la usaba como un arma de seducción, suave, inteligente, consciente.
Esa noche, cuando me iba, me abrazó por la espalda y me susurró:
—¿Sabes qué es lo más rico de todo esto?
—¿Qué?
—Que tú no me pides que te hables como si fuera tu hijo, ni como si fuera tu novio… me pides que sea yo. Y eso… eso es más difícil que tallar madera.
—¿Y qué respondes?
—Que sí. Que soy yo. Que siempre he sido yo. Y que tú… —y me dio la vuelta, me miró a los ojos—… eres la única que me ha hecho sentir que soy más que un número.
—Y tú —le dije— eres el único que me ha hecho sentir que no soy una fecha de nacimiento.
Y entonces nos besamos, con esa mezcla de madera y sal, de cedro y deseo, de años y de un futuro que aún no ha terminado de escribirse.
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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.