El Café de la Esquina
Vivía en una casa tranquila, con paredes que conocían cada ruido de mis pasos, cada suspiro ahogado. Mariana, mi vieja, se levantaba temprano, hacía el café con ese olor a tierra mojada que siempre me gustó, y se iba a su trabajo sin mirarme demasiado. No era fría, pero sí cansada: dos hijos en la universidad, una hipoteca que nunca terminaba de desaparecer. Y yo, atrapado entre lo seguro y lo que me quemaba por dentro.
Todo cambió cuando entró ella. Se sentó en el café de la esquina, esa que antes era solo un lugar donde tomaba un espresso antes del trabajo. Se llamaba Lucía, era nueva en el barrio, trabajaba de diseñadora gráfica —o así me lo dijo, con una sonrisa que le arrugaba un poco las comisuras de los ojos—. Tenía las cejas marcadas, el pelo recogido en un nudo desordenado, y una mancha de tinta en el pulgar izquierdo. Me miró cuando levanté la cabeza por primera vez, y no desvió la vista. Yo sí. Pero no por vergüenza. Porque sentí algo que no sentía desde hacía mucho: un calor en la entrepierna que no tenía nada que ver con el sol de la tarde.
La volví a ver al día siguiente. Y al siguiente. Siempre a la misma hora, siempre en el mismo rincón, siempre con un cuaderno abierto y una taza de té que se enfriaba sin que ella lo notara. Me pareció una estrategia: no atacar, solo estar ahí, como una sombra que se hace más real con el tiempo. Al cuarto día, cuando se levantó para irse, dejó el cuaderno sobre la mesa. Yo lo tomé sin pensar, como si fuera mío. Lo abrí. No había dibujos, solo una frase escrita con tinta negra: *¿Y si le damos una chance a lo inesperado?*.
Me costó tres días más para responder. Escribí una sola frase en la última página: *¿Qué pasa si la chance se queda hasta después del café?*
Esa noche, cuando el reloj marcó las ocho, estaba frente a su puerta. Vestía un vestido verde oscuro, ajustado en la cintura, que dejaba ver las curvas de sus caderas cuando caminaba. Me miró sin sorpresa, como si ya supiera que iba a venir. Me dejó entrar sin decir nada, solo con una sonrisa que prometía más de lo que decía.
—Vos no sos de los que se quedan en la puerta —dijo, cerrando la puerta con un golpe seco.
—No —respondí—. Me gusta ver cómo se deshace el hielo.
Se acercó despacio, con los pies descalzos, y me pasó una mano por el pecho, sin presión, apenas una advertencia. Me miró a los ojos mientras me desabrochaba la camisa con lentitud. No era urgente, no era desesperada. Me gustó. Me gustó que supiera que yo ya no quería correr. Que quería quedarme, escuchar el latido de su respiración, sentir cómo su pecho se elevaba contra el mío.
—Tenés las manos frías —murmuré.
—Y vos tenés el corazón acelerado —contestó, mientras me tomaba la muñeca y me guiaba hacia el sillón—. Pero no por miedo. Por curiosidad.
Me incliné sobre ella, con las rodillas entre sus piernas, y le acaricié el cuello con la punta de los dedos. Bajé despacio, hasta rozar su labio con el mío. No besé. Solo respiré su perfume, a jazmín y humedad. Me separé un centímetro para mirarla.
—Decime si querés que pare.
Ella me tomó la barbilla, me obligó a mirarla.
—Si parás ahora, lo voy a recordar toda la vida.
Me dejé llevar. Le desabrochó el pantalón, y cuando me tocó con la palma, sin prisa, sin vergüenza, sentí que el mundo se hacía pequeño, solo quedábamos ella y yo, y el silencio que hay entre dos cuerpos que ya saben lo que van a hacer. Me miró mientras se levantaba, me ayudé a sacarme la ropa, y cuando quedamos frente a frente, sin mentiras ni máscaras, me dijo:
—Sí, así. Mirame mientras te miro.
Y cuando me sentó sobre sus muslos, con la cabeza apoyada en el respaldo del sillón, sus manos en mis caderas, me susurró al oído:
—Contame lo que querés hacerme, Tomas.
Y yo le hablé de su concha, de cómo la quería abrir con la lengua hasta que gimiera mi nombre, de cómo quería sentirla temblar mientras le garchaba hasta que no pudiera más. No le pedí permiso. Se lo dije. Y ella me respondió con un suspiro largo, un “sí”, una orden disfrazada de sumisión.
Y allí, en ese sillón viejo, con el sol ya bajando por la ventana y el aire cargado de calor y deseo, nos deshacemos en el mismo movimiento: ella, con las piernas cerradas alrededor mío, yo, metiéndole la verga con cuidado, hasta sentir su calor, su humedad, su necesidad. No era sexo. Era una confesión. Una traición. Un acto de vida.
Y cuando vine dentro de ella, con la boca pegada a su cuello, sintiendo cómo ella venía justo después, con un grito ahogado, supe que nada volvería a ser igual.
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