El baile del reloj
4 minEl baile del reloj
La lluvia golpeaba suavemente contra los ventanales del viejo auditorio, un edificio decrépito convertido en sala de ensayos por un grupo de artistas independientes. Lucía llevaba casi dos horas ensayando solo: movimientos lentos, controles precisos, el cuerpo como instrumento y como poema. Se detuvo frente al espejo empañado, el aliento fresco de la exertión marcando un círculo difuso en el vidrio. Tenía treinta y dos años, piel oscura con bronceado natural, caderas anchas que marcaban el ritmo antes de que la música llegara, y manos largas que parecían diseñadas para sostener y para guiar.
La puerta se abrió sin cerrojo. Él entró sin hacer ruido, como quien se disculpa por interrumpir un suspiro. Mateo, treinta y cinco, con el pelo canoso recogido en una coleta desordenada, un suéter de lana gris desabrochado sobre una camisa blanca ligeramente arrugada. Era el nuevo encargado de escenografía, y su presencia había sido silenciosa hasta hoy: apenas un gesto al pasar, una mirada breve en el taller, una frase seca cuando necesitaba clavos. Pero ahora, allí, con la lluvia de fondo y el silencio que sigue al ensayo, su mirada tenía otro peso.
—Te escuché desde el pasillo —dijo, sin acercarse aún—. No era la coreografía de hoy.
—Era la que vengo ensayando en secreto —respondió Lucía, sin volverse, los dedos aún rozando la curva de su cadera—. No tiene nombre. Aún.
Él dio tres pasos, lentos, como si temiera que un movimiento brusco hiciera desaparecer el aire entre ellos. Se detuvo a un metro, lo suficiente para que el perfume de su jabón —madera de cedro y un toque de tabaco frío— se mezclara con el olor a sudor y resina de madera del estudio.
—¿Puedo verla?
Lucía giró. No con miedo, sino con la calma de quien sabe que hay una respuesta que ya fue escrita. Asintió.
Se acercó más, y esta vez fue ella quien avanzó medio paso. Se detuvieron a dos centímetros, respirando al unísono, los ojos de él fijos en los suyos, los de ella descansando en la línea de su mandíbula, en la curva de su oreja, en la cicatriz casi invisible cerca de su sien.
—No bailo con nadie desde que terminé con Daniel —dijo ella, voz baja, firme.
—Yo no bailo —respondió Mateo—. Solo observo. Y hoy, por primera vez, quise tocar.
Lucía exhaló, como si soltara un lastre.Extendió la mano derecha, palma hacia arriba, y esperó. Él no la tomó de inmediato. Primero rozó el borde de su muñeca con la yema de los dedos, como si midiera la temperatura de la piel, como si leyera una partitura invisible.
Luego, con lentitud deliberada, levantó su brazo izquierdo y lo apoyó con suavidad sobre la cintura de ella, debajo de la tela del camisón que usaba bajo la ropa de ensayo. Su otra mano encajó en la curva de su espalda, justo arriba de las caderas, sin apretar, solo asegurando.
No hubo música. Solo el sonido de la lluvia y sus respiraciones, cada vez más hondas, más sincrónicas.
Se movieron. No era baile de salón, ni coreografía, ni nada que pudiera nombrarse. Era un lenguaje nuevo, construido en cada微移动: la inclinación de su cabeza hacia su hombro, el roce de su muslo contra su pierna, el peso que ella cedía y él aceptaba sin torcer el equilibrio. Lucía sentía el calor de su pecho a través de la ropa, el latido que se le aceleraba cada vez que su mano subía, rozando la curva de su espalda baja, la suave depresión de su sacro.
—¿Y si alguien entra? —susurró ella, no como advertencia, sino como pregunta.
—Que entre —dijo Mateo, y esta vez fue él quien se acercó más, su frente rozando la suya—. Si hay algo que decir, lo dirá. Si no, se irá.
Lucía cerró los ojos. Su pecho subía y bajaba contra el de él, los senos firmes y redondeados presionando suavemente contra el músculo de su pecho. Mateo inclinó la cabeza, y sus labios rozaron la curva de su cuello, donde latía el pulso más rápido ahora.
—No es miedo —dijo ella, entre dientes—. Es que… nunca nadie me ha pedido permiso así.
Él se apartó un poco, solo lo suficiente para mirarla a los ojos. Su respiración era cálida en su mejilla.
—¿Quieres que siga? —preguntó, voz grave, sin urgencia.
Lucía no respondió con palabras. Solo tomó su mano libre y la llevó hacia abajo, hasta el borde del camisón, hasta la curva de su vientre, donde la piel estaba más sensible. Hasta que sus dedos se encontraron con la tela fina de sus calzoncillos, y ella presionó suavemente, como un sí.
Mateo dejó escapar un suspiro. Y siguió bailando.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.