El Baile del Agua Caliente

El Baile del Agua Caliente

@tomas_leon ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que la vi, estaba empapada hasta los huesos y yo con un paraguas roto que no me servía de nada. Eran casi las ocho de la noche, llovía a cántaros en la colonia Roma Norte, y yo me refugiaba bajo la marquesina del mercado de abastos mientras buscaba un Uber que no llegaba. Ella salió del callejón opuesto, con una bolsa de tela mojada colgada del hombro y el cabello pegado a la nuca en rizos negros que brillaban bajo la luz amarilla del farol. Se detuvo, se sacudió las gotas de los párpados como si se despertara de un sueño y me miró—no con curiosidad, sino con algo más viejo: reconocimiento.

—¿Tú también te has quedado atrapado aquí? —preguntó, con una sonrisa que le temblaba en la comisura.

—Como una rata en una inundación —respondí, y me reí de mi propia metáfora—. ¿Te ofrezco un tramo en mi auto si me das dirección?

—No tengo auto. Pero sí tengo una llave y una cama seca —dijo, mientras se levantaba el borde de la blusa para taparse la cabeza, mostrándome por un segundo el vientre plano, la línea oscura que bajaba hacia su ombligo—. Se llama *la terraza del pino*, pero es solo un departamento en el quinto piso. No es nada, pero te puedo hacer un café fuerte y te dejo secar la ropa.

Me llamó Ana. No dije nada al oírla decirlo, pero me gustó: dos sílabas cortas, como un golpe seco y limpio. Tenía los ojos verdes, no exactamente esmeralda ni menta, sino un verde que cambiaba con la luz: en la calle, verde oscuro como hoja de aguacate; bajo la luz del baño, casi ámbar, como miel diluida.

Subimos en el elevador viejo, el que crujía como huesos rotos. Ana no dijo nada, solo me miraba de reojo mientras apretaba el botón del quinto piso con el pulgar. En el pasillo, el olor a cedro y humedad de madera antigua me envolvió antes de que entráramos. El departamento era pequeño, pero con techo alto, paredes blancas con grietas que parecían mapas antiguos y una terraza de madera que daba al cielo de la ciudad.

—Pasa —dijo—. Y si quieres, desvístete. No pienso ofenderte si te quedas en ropa interior, pero si te niegas a soltar la camisa, te dejo afuera con la lluvia.

Me desabrochó la chaqueta sin pedir permiso. Me miró mientras la dejaba colgada en una silla, con atención casi mecánica, como quien repara un motor. Luego, se agachó a desatar mis tenis. Yo tenía los pies mojados, los calcetines se pegaban a la piel. Me miró los pies, luego a mí, y me tendió una toalla.

—¿Te sientes cómodo aquí? —preguntó.

—No sé. ¿Tú estás cómoda conmigo?

—Estoy cómoda con lo que me da miedo —dijo—. Y contigo me da miedo esto.

No hubo beso al inicio. No hubo manos que se deslizan por la cintura. Ana se sentó en el sofá, me pidió que me sentara frente a ella, y me dijo que le contara algo falso sobre mí: un trabajo inventado, un viaje inventado, un nombre falso. Pero que lo dijera con los ojos abiertos, sin esconder nada.

—Quiero ver cómo mientes —dijo—. Porque cuando mientes, tu cuerpo te delata. Y yo quiero saber quién eres antes de que me toques.

Le conté que había sido cantante en una banda de rock rural en Guadalajara, que dejé la música cuando mi padre murió, y que ahora trabajaba como técnico de audio en eventos corporativos —una mentira tan fina que hasta yo casi la creía—. Ana me escuchó sin interrumpir, con las manos sobre las rodillas, los codos ligeramente separados. Cuando terminé, me sonrió.

—Ahora te voy a tocar —dijo.

Se levantó, se acercó lentamente, y puso sus manos sobre mis muslos. No presionó. Sólo dejó allí el peso de sus palmas, como si estuviera midiendo la temperatura de la piel. Subió las manos poco a poco, hasta que sus dedos rozaron el borde de mi cinturón. Me miró a los ojos mientras desabrochaba la hebilla, como si fuera un acto de fe.

—¿Te gusta esto? —preguntó.

—Me gusta que preguntes —respondí.

Esa noche, no hubo prisa. Ana me quitó la camisa con calma, pero sin pausas. Me besó en el pecho, luego en el estómago, y cuando bajó más, lo hizo con los ojos cerrados, como si estuviera leyendo algo en mi piel. Me dijo que tenía un cuerpo que parecía haber nacido para ser tocado, no para tocar. Le dije que eso no era cierto, que todos los cuerpos buscan su pareja de movimiento.

—Tú buscas el punto exacto donde duele un poco —dijo, mientras me tomaba la verga entre sus dedos, con una presión firme pero sin apuro—. Y yo ya sé dónde está.

Me corrió en la boca, sin pedir permiso, sin pedir nada. Y yo la tomé de la nuca y le besé la frente, la nariz, los párpados, como si estuviera despidiéndome de algo que aún no sabía que perdería.

—Mañana me voy a la capital —dijo, mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano—. Pero antes, quiero que me toques como si fuera la primera vez que nos vemos.

Y así lo hicimos. Ella se quitó la blusa, la ropa interior y se sentó a horcajadas sobre mí, con las manos en mis hombros y las uñas cortas clavadas en mi piel. Se movió con lentitud, hasta que su cuerpo se acostumbró al mío, hasta que su respiración se volvió agitada pero estable, hasta que sus nalgas se pegaron a mi vientre y su culo, húmedo y caliente, se sintió como el calor del fuego en la piel.

—¿Te gusta así? —preguntó.

—Me gusta cuando me preguntas —dije—. Me gusta cuando me dices lo que quieres.

—Quiero que me corras adentro, Tomas —dijo—. Pero no sin protección. Tú me pones el condón, con tus manos.

Lo hice con cuidado, con la misma lentitud con la que ella me había tomado la verga. Y cuando finalmente entró en mí, no fue con un empujón, sino con una presión constante, como si estuviera cerrando una puerta que había estado entreabierta por años.

Ana se corrió gritando mi nombre —no «Tomas», sino «Tomás», con acento español, como si le hubieran enseñado a decirlo así—, y yo la seguí segundos después, con los ojos cerrados, la frente apoyada en su clavícula, el sudor mezclándose con el olor a jabón y sal.

Al despertar, ya no estaba.

Sólo quedaba una nota escrita a mano en una hoja de bloc, clavada con un cuchillo de cocina en el centro de la mesa del desayuno:

*No vine a despedirme. Vine a dejar que fueras tú quien me dejara ir. —A.*

Nunca volví a verla. Pero cada vez que llueve, y me quedo atrapado bajo una marquesina, me pregunto si ahora ella también se queda quietita, con una bolsa mojada en el hombro, y si alguna vez, en algún rincón de la ciudad, recuerda cómo se sintió mi cuerpo contra el suyo, sin prisa, sin miedo, sin nada más que el agua caliente corriendo entre los dedos.

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