El baile de las luces cálidas
7 minEl baile de las luces cálidas
La primera vez que la vio, ella estaba de pie junto a la barra del *Lumière*, un club de jazz en el barrio de Polanco, con la espalda erguida, los hombros relajados y las manos apoyadas con elegancia en la superficie de caoba. Llevaba un vestido de seda color miel, ajustado desde los pechos hasta la cintura, luego se abría en un vuelo suave hasta las rodillas, dejando ver las piernas alargadas por el tacón de aguja—no excesivo, sino calculado, como si cada detalle de su presencia hubiera sido pensado para causar impacto sin necesidad de gritar. Su nombre era Valeria. Y él, Leonardo, se llamaba a sí mismo un hombre de rutina.
Él la observó desde una mesa apartada, cerca de las cortinas de terciopelo oscuro que separaban la pista del área de fumadores. No era un hombre dado a miradas fijas, ni a dejarse atrapar por el encanto de una extraña. Pero Valeria tenía algo que no podía ignorarse: una quietud que no era inacción, sino atención. Como si estuviera escuchando no solo la música—la trompeta de un viejo jazzista vibraba con un tono grave y húmedo—sino también el silencio entre las notas.
Cuando el grupo terminó la pieza y el aplauso se desvaneció, Valeria dio un paso hacia el centro de la pista. No como quien se lanza, sino como quien decide. Se giró lentamente, dejando que la luz de las lámparas de bronce iluminara su perfil: el arco de sus cejas, la curva de su mejilla, la línea del cuello donde latía una vena tenue, azulada. Luego, su mirada encontró la de Leonardo. No fue un golpe directo, sino un desliz, como una mano que se posa suavemente sobre una superficie cálida.
Él asintió, apenas perceptible. Ella respondió con una sonrisa breve, sin dientes, apenas un entreabrir de labios.
—¿Puedo invitarla a una copa? —le dijo cuando ella regresó a la mesa, con la manga del vestido rozando su muslo.
—Usted ya me está invitando con la mirada —respondió Valeria, sentándose frente a él sin pedir permiso, cruzando las piernas con naturalidad—. Eso es más íntimo que cualquier palabras.
—Entonces le invito a algo más que una copa —dijo él, y en su voz había un tono nuevo, una resonancia que no había escuchado antes.
—No me ofendo con la espera —replicó ella—. Me fastidia.
El siguiente silencio no fue incómodo. Fue de esos que se construyen con respiraciones sincronizadas, con la misma música que ahora sonaba más suave, más lenta. Valeria tomó su copa de vino tinto, la giró en el vástago, y luego la dejó caer sobre la mesa con un golpe seco pero preciso.
—¿Sabe tocar piano? —le preguntó de pronto.
—Sé tocar algo —respondió Leonardo—. Pero no en público.
—Yo tampoco —dijo ella—. Pero sé escuchar.
Fue así como, después de dos copas más, una charla que no fue casual sino intencionada, y una caminata por las calles empedradas del centro histórico—donde la brisa nocturna movía la seda de su vestido y él notó, por primera vez, el olor de su piel: vainilla y humo—, Valeria le ofreció la clave de su departamento.
—Está en el cuarto piso —le dijo, mientras el ascensor subía entre luces tenues y música lejana—. Tenga cuidado con la escalera del final. Tiene un escalón que cruje.
—Y usted —respondió él, acercándose sin presión, solo con el deseo de estar cerca—, ¿tiene cuidado con algo?
Ella no respondió con palabras. En su lugar, puso una mano sobre su pecho, sobre el corazón que latía más fuerte de lo esperado, y lo empujó suavemente hacia la pared del pasillo, justo cuando la puerta del ascensor se abrió.
—Solo un poco —dijo—. Para que recuerde que esta noche no es suya. Es nuestra.
En el departamento, todo era luz cálida y sombras largas. Las paredes blancas, una mesa baja de madera clara, una ventana corrida que dejaba entrar el resplandor de la ciudad. Valeria se quitó el vestido sin apuro, dejándolo caer en el suelo como si fuera un envoltorio ya abierto. Debajo, llevaba una tanga de encaje color crema y un sostén delicado, con tirantes finos y copas que apenas contenían la suavidad de sus pechos.
—Pase —dijo, tendiendo la mano.
Él se acercó, no con precipitación, sino con la certeza de quien ya conoce el terreno. Se detuvo frente a ella, frente a esa piel que parecía hecha de seda y fuego. Con los pulgares, rozó las puntas de sus pezones, ya endurecidos bajo la tela fina. Ella no se estremeció. Solo respiró más profundo, como quien se dispone a nadar.
—No tiene prisa —dijo él—. Ni yo tampoco.
—Eso es bueno —respondió ella, y por primera vez, su voz se quebró apenas—. Porque yo no domino lo que no puedo sostener.
Entonces, él la tomó de la cintura y la acercó hasta la mesa, levantándola con una sola mano bajo las rodillas. Ella no se resistió. Solo puso las manos sobre sus hombros y dejó que él la colocara sobre la superficie fría, con el cuerpo estirado, las piernas abiertas en un ángulo natural, los pies colgando.
—Ahora sí —dijo Leonardo—. ¿Qué es lo que no puede sostener?
Ella no respondió con palabras. En su lugar, desabrochó la primera botona de su camisa, despacio, dejando que el botón saltara con un sonido seco. Luego, con los dedos, bajó el resto, expuso su pecho: piel clara, pezones oscuros, un vello fino que brillaba bajo la luz.
—Estoy contigo —dijo—. Pero no soy tuya. Y eso es lo que me asusta.
Él no le ofreció consuelo. En su lugar, inclinó el cuerpo y besó su pecho, no con urgencia, sino con deliberación. Luego, con la lengua, trazó un círculo alrededor de su pezón y lo tomó entre los labios, succionando con ternura y fuerza. Valeria arqueó la espalda, soltó un suspiro que era mitad gemido, mitad rendición.
—Sí —dijo—. Sí, así.
Él la bajó hasta la cama, y mientras la desnudaba por completo, notó la cicatriz en su muslo derecho, apenas un hilo pálido. Ella no lo ocultó. Solo lo miró con una sonrisa leve.
—Caí de una bicicleta a los doce años —dijo—. Fue el primer beso que le di a alguien sin querer.
—Entonces fue un beso mal dado —murmuró él, acariciando la cicatriz con el pulgar—. Porque ahora, yo sé lo que es un beso bien dado.
Se metió entre sus piernas, separándolas con las rodillas, y colocó la punta de su pene contra su entrada, ya húmeda, ya lista. Valeria no lo presionó. Solo lo miró a los ojos y dijo:
—No te apresures. Yo te quiero dentro. Pero no como quien abre una puerta. Como quien abre un libro.
Él se deslizó dentro de ella con calma, primero lo suficiente para sentir su calor, su apretura, la forma en que su cuerpo se adaptaba. Ella suspiró, cerró los ojos, y cuando él se retiró apenas, volvió a entrar, más profundo, con una pausa antes de cada empuje.
—¿Así? —preguntó él, con la voz ronca.
—Así —dijo ella—. Pero ahora, ponte encima.
Cuando él se colocó sobre ella, ella cruzó las piernas tras su nuca, lo atrajo hacia su cuello, y le mordió suavemente la oreja.
—No me toques los pechos —dijo—. Quiero que sienta solo mi piel. Solo mis muslos. Solo mi calor.
Él obedeció. Solo se movió, solo empujó, solo se dejó llevar por la tensión que crecía entre ellos, como un resorte que se estira sin romperse. Valeria se llevó las manos entre sus cuerpos, encontró su clítoris, y lo frotó con movimientos lentos, sincrónicos con sus embestidas.
—Más —dijo.
—¿Así?
—Sí. Y ahora, gira la cadera.
Él lo hizo. Y Valeria gritó, una sola vez, como si hubiera soltado algo que llevaba mucho tiempo cargando. Su cuerpo se contrajo, sus dedos se cerraron sobre los brazos de él, y su respiración se volvió entrecortada. Él la siguió poco después, cuando su pene palpitó dentro de ella, cuando el calor se volvió intenso y universal.
Después, se quedaron quietos, uno sobre el otro, sudorosos, sin palabras. Solo la respiración, y el sonido de la ciudad al fondo.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Valeria, con la frente apoyada
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