El Baile de las Luces Bajas

El Baile de las Luces Bajas

@nocturna ·13 de junio de 2026 · 🔥 4.2 (40) · 380 lecturas · 6 min de lectura

En la terraza del edificio de Recoleta, bajo una luna que parecía haberse detenido a observar, las risas se mezclaban con el aroma a jazmín y vino tinto. La brisa del Río de la Plata entraba suave, arrastrando hojas de palmera y palabras bajas. Mariana y Luciano estaban ahí, sentados uno frente al otro en dos sillones de mimbre, las piernas entrelazadas con la naturalidad de quienes ya se conocen desde hace años —aunque en realidad, se habían conocado esa misma noche.

—Vení acá, decíme otra vez cómo te llamás —murmuró Luciano, acercándole el vaso de Malbec a los labios.

—Mariana —respondió ella, sin soltar su mirada. Y luego, bajando la voz:— No es que no lo recuerde. Es que me gusta escucharla de vos.

Él sonrió. Tenía los ojos claros, casi transparentes bajo la luz tenue, y las manos grandes, con venas marcadas que se contraían cuando se emocionaba. Ella, en cambio, era menuda, de hombros estrechos y caderas anchas, con el pelo negro recogido en un nudo desordenado que, cada tanto, se deshacía con un movimiento inconsciente de la cabeza.

—¿Y si bajamos al jardín? —propuso Luciano, señalando con el mentón la escalera de madera que descendía hacia una zona más privada, iluminada solo por faroles de papel y luces de cintas LED que simulaban luciérnagas.

—Sí —dijo Mariana, y se puso de pie con lentitud, como si el cuerpo le pesara, pero con una gracia que no era forzada, sino natural, como si ya supiera que lo que vendría merecía la pena.

Bajaron juntos, sin prisa, y cuando llegaron al jardín, se sentaron en un banco de piedra cubierto por una manta bordada. Allí, el silencio no era incómodo, sino denso, cargado de algo que aún no tenía nombre.

—¿Viste cómo me miró el otro tipo, el de la camiseta blanca? —dijo Luciano, sin malicia, como contando un chiste interno.

—Sí —rió ella—. Pero no era por vos. Era por mí.

—Claro. Porque vos tenés esa cara… la de quién sabe qué hacer con las manos, con la boca, con el cuerpo.

—¿Y vos qué hacés con el cuerpo? —preguntó Mariana, acercando una mano a su muslo, sin presionar, solo rozando.

Luciano tragó saliva. Su pene, ya medio erguido bajo el algodón de los pantalones, se tensó como si reconociera el peligro, o la promesa.

—Depende —respondió—. Con quien sea.

—¿Y si fuera conmigo?

Él se giró, y esta vez fue él quien la tocó: con la punta de los dedos, le barrió el cuello, bajó por la clavícula, y se detuvo un instante sobre la curva del pecho. Ella no se movió. Solo respiró hondo, y dejó que su coraza se deshiciera.

—Dame un minuto —susurró Luciano.

Ella asintió. Y él, con calma, se levantó, le quitó los zapatos uno por uno, y luego los calcetines. Le desabrochó la blusa, lentamente, botón tras botón, hasta que sus pechos quedaron libres, redondos y firmes, con pezones que ya se habían endurecido bajo el tejido fino del sujetador.

—Decime si esto está bien —dijo Luciano, pasando el pulgar sobre uno de ellos.

—Sí —gimió Mariana, arqueando el cuello—. Sí, así…

Él se inclinó y besó su cuello, luego la oreja, luego la nuca, y finalmente, con la boca cerrada, mordió suavemente el tejido del sujetador, sobre el pezón. Ella soltó un jadeo ahogado, y sus manos buscaron la bragueta de él.

—¿Me dejás? —preguntó ella, mientras desabotonaba su jeans y bajaba la cremallera.

—Todo lo que quieras —respondió Luciano, y se sacó los pantalones y la ropa interior de un movimiento, dejando al descubierto su pene, grueso, bien formado, con el prepucio ligeramente tenso.

Ella lo miró sin vergüenza, sin apuro. Con curiosidad. Con deseo.

—Está lindo —dijo—. Grande, pero no exagerado. Como hecho a la medida.

—Y vos —murmuró él, acercando la mano a su muslo—. ¿Querés que te lo saque o lo dejás puesto?

—Dale, sacálo. Pero despacio. Me gusta verlo.

Luciano se arrodilló frente a ella. Con dos dedos, separó las partes de su concha, y descubrió la piel húmeda, ya brillante bajo la luz tenue. Mariana tembló, pero no por frío.

—Estás mojada —dijo él, y esto no fue una observación, sino una sentencia.

—Sí —confesó ella—. Desde que entraste.

Él sonrió, y se inclinó. Primero, besó su clítoris, con la punta de la lengua, apenas. Luego, lo chupó con suavidad, mientras con los dedos le abría más la entrada, explorando la humedad que ya fluía con más fuerza. Mariana puso una mano en su cabeza, y otra en su nuca, como si lo sostuviera, como si le agradeciera.

—No quiero que pares —susurró—. Quiero sentirlo todo.

Él se levantó, y esta vez fue ella quien lo ayudó a subirse. Lo guió hasta la posición, le guió la punta de su pene hasta su entrada, y con una presión suave, se lo metió adentro, todo de una vez.

—Ah —exclamó ella, cerrando los ojos—. Sí… sí.

Luciano no se movió de inmediato. Se quedó quieto, con la frente apoyada en la de ella, respirando juntos, sintiendo cómo su cuerpo se acostumbraba al tamaño del otro.

—Me encantás —dijo.

—Dale, cogeme —pidió Mariana, y por primera vez, usó una palabra que no sonaba dulce, pero sí verdadera.

Él empezó con movimientos lentos, profundos, y cada vez más firmes. Mariana lo sentía todo: el rozamiento de su vello púbico contra el suyo, el calor que generaba su cuerpo, el peso de sus pechos que rebotaban con cada embestida. Ella se agarró de sus hombros, y cuando él le palmeó una nalgada, ella gritó su nombre como si fuera una plegaria.

—Voy a venir —dijo Luciano, jadeante.

—Yo también —respondió Mariana—. Dáme más fuerte.

Él la giró, la puso de costado, y desde atrás, la cogió con más fuerza. Le agarró la cintura con una mano, y con la otra, le frotó el clítoris con movimientos circulares. Ella se deshizo en sus manos, temblando, con los dientes apretados, los ojos cerrados, y cuando él empujó una última vez, con un grito ahogado, ella vino con él, con fuerza, como si el mundo se hubiera desprendido de sus ejes.

Se quedaron así, abrazados, sobre la manta, con el sudor pegando sus cuerpos. Luciano le besó la espalda, despacio, y Mariana se volvió, lo miró, y le sonrió.

—¿Sabés qué? —dijo—. Hoy no fue por el vino. Fue por vos.

—Y yo —respondió él—. No sabía que me iba a encontrar con esto.

—¿Qué?

—Con que me querés tanto.

Ella lo besó, esta vez con calma, con ternura. Y cuando se separaron, el viento les acarició la piel, como si también estuviera contento.

—¿Nos quedamos o volvemos adentro? —preguntó Luciano.

—Está bien así —dijo Mariana, y se acomodó contra su pecho, escuchando su corazón—. No hace falta moverse.

Y así, en medio del jardín, con la luna alta y el mundo dormido, se quedaron quietos, contentos, y completamente llenos el uno del otro.

También en: Primera vezHetero

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@nocturna

Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.

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