El ascensor de la novena
5 minEl ascensor de la novena
El aire del ascensor estaba cargado, no por el calor de junio en Medellín —que ya pegaba fuerte en la calle—, sino por la tensión que se armó cuando Valentina subió con una falda corta, una blusa blanca semitransparente y ese olor a gardenia que le salía hasta de los poros. El hombre del fondo, el de los ojos grises y la barba bien recortada, no lo miró directo, pero sus pupilas se clavaron como agujas en su nuca. Él bajaba del trabajo: camisa abierta hasta el pecho, corbata deshecha, la cartera de cuero colgándole de un hombro. Los dos sabían que no era casualidad: Valentina vivía en la séptima, y él en la novena. El ascensor era el único punto de cruce que no habían planeado… pero sí esperado.
—¿Sube a la novena también? —preguntó ella, con la voz un poco más aguda de lo normal, como cuando le pican las orejas y no sabe si rascarse o fingir que no pasa nada.
Él asintió, sin soltar la cartera. No era feo el tipo. Al contrario: tenía ese aire de hombre que sabe lo que quiere, pero espera a que le ofrezcan la mano, no se la tomen. Alto, anchos hombros, manos grandes con venas levemente marcadas, como si llevaran siempre un peso invisible.
—Sí —dijo—. Y usted, ¿baja a la séptima o vive arriba?
—Vivo abajo. Pero hoy me demoré hasta ahora. El jefe se me quedó con el tiempo.
Él sonrió, y fue un gesto breve, casi tímido, pero le cambió el rostro por completo. Como si se le hubiera abierto una puerta atrás del todo.
—A mí también —dijo—. Pero yo no tengo jefe… tengo socio. Y es peor.
Valentina se giró un poco más hacia él, y la falda le rozó la rodilla cuando se movió. Él no apartó la vista de la pantalla数字 del piso, pero se le aceleró la respiración. Lo notó. Todo el mundo nota cuando alguien respira diferente en un espacio pequeño.
—¿Y qué hace usted? —preguntó él.
—Soy diseñadora. Freelance. Trabajo desde casa, pero hoy hubo una reunión… y ya sabe cómo son esas cosas: un café extra, un chiste malo, un abrazo que dura más de la cuenta.
—Uy —hizo él, con una sonrisa que se le curvó en un costado—. El abrazo de la cuenta… ¿cuánto dura?
—Depende del abrazador —respondió ella, y se mordió un poco la mejilla, como si ya hubiera dado demasiado.
El ascensor se detuvo en el séptimo. Valentina dio un paso, pero no salió. Se quedó ahí, con el pie en el umbral, la mano en la manija, mirando atrás. Él también se quedó quieto. El botón de la novena seguía apagado.
—¿No va a bajar? —le preguntó él.
—Hoy no. Me cambió la vida.
Él rio suavemente. No fue una risa fuerte, pero tuvo peso. Le tembló un poco el hombro.
—¿Le cambió la vida por algo que pasó en la reunión? —preguntó.
—Por algo que no pasó —corrigió ella—. Por algo que no me atreví a hacer.
—¿Y qué era?
El ascensor dio un pequeño *clunk* y bajó medio centímetro. Como si le hubiera hecho un chiste al silencio. Valentina se acercó un paso más, hasta que su pecho casi rozaba el de él. Olía a café, a jabón de vainilla y a algo más, algo cálido, como el sol en el alféizar de una ventana.
—Que le dijera cómo se llama —dijo ella.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo… si me va a contestar.
Él la miró de frente, por primera vez. Sus ojos eran claros, de un gris que cambiaba según la luz: ahora estaban oscuros, casi negros. Le faltó un latido.
—Sebastián —dijo—. Me llamo Sebastián.
—¿Y qué hace Sebastián?
—Diseño cosas que no se ven. Arquitectura. Y a veces… pienso en cosas que no se tocan.
—¿Y si se tocan?
—Entonces ya no son pensamientos.
El piso 9 se iluminó. El ascensor se detuvo con suavidad. Valentina no se movió. Sebastián tampoco. El botón de la puerta parpadeó, como recordándoles que el tiempo se agotaba.
—¿Vive solo? —preguntó ella.
Él no dudó.
—Sí.
—¿Y le gusta el café?
—Sí.
—¿Y le gusta que le hablen claro?
—Muy claro.
Valentina le tendió una mano. No fue brusca. Fue como una invitación que no exigía respuesta, pero ya la tenía.
—¿Le importa si subo con usted un piso más?
—No —dijo Sebastián—. Me encantaría.
La puerta se abrió. El pasillo de la novena estaba en penumbras, con la luz del elevador entrando como un cuchillo fino. Valentina dio un paso al frente, pero esta vez sí salió. Se giró una vez más, y le dijo, con esa voz que ahora sabía que era suya, lenta y clara:
—Mañana, cuando baje al trabajo… ¿le parece si dejamos el café para después?
—Me parece —respondió él—. Pero no lo deje en la séptima. Déjelo en el ascensor.
—¿Por qué?
—Porque allá, entre los espejos, no hay secretos… pero sí ganas de romperlos.
Valentina se rió, pero no fue una risa de burla. Fue una risa de algo que acaba de encenderse y que ya no se apaga. Bajó un piso, entró a su apartamento, y dejó las llaves sobre la mesa con un golpe seco.
En la novena, Sebastián se quedó un rato más en la puerta, con la mano en el marco, respirando ese olor a gardenia que aún le quedaba en la piel. Se acercó al espejo del pasillo y se miró. No se arregló el pelo. No se ajustó la camisa. Solo se sonrió. Porque sabía que, mañana, cuando el ascensor volviera a subir, no sería un simple viaje entre pisos. Sería el primer peldaño de algo que ya empezó a moverse.
Y mientras se quitaba la corbata, pensó: *A veces, la cosa más peligrosa no es lo que se dice… es lo que se deja en suspenso.*
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