El Ascensor
7 minEl Ascensor
El ascensor se detuvo entre el piso 12 y el 13 con un chasquido seco, como un hueso quebrándose. Las luces parpadearon una vez, dos, y se mantuvieron tenues, apenas suficientes para dibujar sombras duras sobre las paredes de acero pulido. Valeria apretó el botón de emergencia, pero el zumbido que respondió era vacío, inútil. Se giró lentamente, sintiendo el peso de la mirada del hombre a su espalda.
—¿Tienes señal? —preguntó él, sin levantar la voz. No era una súplica, era un hecho.
Eduardo. Lo había visto antes en el edificio. Trabajaba en el piso 24, en Finanzas. Alto, anchos hombros bajo la camisa blanca bien planchada, el cuello estirado como el de un halcón, la barba recortada al milímetro. Tenía los ojos color miel y una cicatriz casi invisible en la sien izquierda, como si alguien le hubiera rozado la piel con una hoja de afeitar olvidada.
—No —respondió Valeria, sin apartar los ojos del panel digital. Las cifras 12 y 13 se alternaban, parpadeando, como si el sistema también estuviera兴奋. Su falda negra de tubo le apretaba las caderas, el tacto del tejido contra su piel era cada vez más incómodo, como una promesa que se demoraba en cumplirse.
Él dio un paso hacia adelante. El metal del ascensor resonó con el golpe seco de su tacón contra el suelo. Valeria sintió el calor de su cuerpo antes de sentir el roce: el aire se volvió denso, cargado de una electricidad estática que le erizó la nuca.
—¿Tienes miedo? —preguntó él, esta vez más cerca. Su aliento le rozó la oreja, cálido y húmedo, con el sabor a café negro y algo más, algo terroso y oscuro.
—No —mentió Valeria. Su cuerpo era un campo de batalla en paz: los pezones endurecidos bajo el ligero top de seda, el centro del vientre palpitando con cada latido que le latía en las muñecas. Sus dedos se cerraron sobre la correa del bolso como si fuera un ancla.
Eduardo no sonrió. Solo inclinó la cabeza, acortando la distancia entre ellos hasta que su pecho casi rozaba el suyo. Entonces, lentamente, con una pausa deliberada, pasó una mano por su cintura, no para abrazarla, sino para sentir la curva de ella bajo la tela, como si estuviera midiendo el espacio entre lo permitido y lo inevitable.
—Dime tu nombre —susurró.
—Valeria.
—Valeria —repitió, como si lo guardara en la boca, lo dejara fermentar un poco.— ¿Y qué haces en el piso 12?
—Trabajo. Tú.
—También trabajo. Pero no hoy.
Su risa fue baja, gutural, y le hizo temblar un muslo. Entonces, sin esperar permiso, sin darle tiempo a negarse, Eduardo colocó su otra mano sobre la nuca de Valeria, los dedos hundidos en su cabello oscuro, corto y desordenado. La atrajo hacia adelante, lento, como si supiera que si lo hacía de golpe, ella huiría. Pero Valeria no quería huir. Quería sentir su boca antes de que el silencio entre ellos se volviera insoportable.
Se besaron con urgencia, pero no con desesperación. Fue un encuentro calculado, como si ambos hubieran estado esperando este instante desde el primer día que se vieron en el vestíbulo. Sus lenguas se encontraron, tibias, húmedas, explorando con precisión quirúrgica. Valeria mordió su labio inferior, y Eduardo gimió, un sonido gutural que vibró en su pecho y se transmitió directamente a su vagina, ya húmeda, ya palpitando por dentro, como si la sola proximidad de su cuerpo fuera suficiente para encenderla.
—Quiero verte —murmuró Eduardo contra sus labios.
Valeria asintió, y él soltó su cabello, pero mantuvo una mano en su cadera, firmes, como si temiera que desapareciera. Con la otra mano, bajó la cremallera de su falda, lentamente, con una pausa tras cada diente, hasta que el tejido cedió y descansó sobre sus caderas, luego sobre sus muslos, y finalmente, con un movimiento suave, se deslizó por sus tobillos y cayó al suelo del ascensor.
No la miró con vergüenza, sino con deseo puro, crudo, como si nunca antes hubiera visto una mujer desnuda. Valeria no se cubrió. Se mantuvo firme, de pie, con los pies descalzos sobre el frío metal, los pechos altos, los pezones oscuros y hinchados por el aire acondicionado y por la tensión. Bajó las manos hasta sus muslos, los abrió ligeramente, ofreciéndose sin pedir permiso, porque ya se lo había dado con la mirada.
—¿Te gusta que te mire? —preguntó Eduardo, ya sin disimulo.
—Sí —respondió Valeria, sin dudar.
Él se arrodilló entonces, con una naturalidad que le arrancó un quejido. Sus manos empujaron sus muslos hacia afuera, expusieron su vulva, húmeda y brillante bajo la luz tenue. No usó las manos para separarla; con la lengua, ya, la abrió. Un roce húmedo, cálido, la lengua de Eduardo deslizándose por su clítoris, luego deslizándose hacia abajo, hacia su entrada, lamiendo como si estuviera bebiendo una bebida que le costaba demasiado conseguir.
Valeria puso las manos en su cabeza, no para empujarlo ni para detenerlo, sino para sentir su peso, su presencia. Cerró los ojos y dejó que el mundo se desdibujara: el zumbido del ascensor, el eco de sus propios jadeos, el sonido húmedo de su boca trabajando contra su cuerpo.
—No voy a aguantar mucho más —admitió, con la voz rota.
Eduardo no respondió. Solo la mordió con suavidad en el clítoris, una presión breve, intensa, y luego volvió a lamerla, más rápido, más hondo, hasta que Valeria sintió que sus rodillas cedían. Él la sostuvo con fuerza, las manos en sus caderas, mientras su lengua la hacía temblar, mientras su cuerpo se tensaba, mientras su vagina se contraía alrededor de la fantasía de un dedo, de un pene, de algo que aún no estaba dentro de ella.
Cuando sus músculos se relajaron, cuando su respiración se volvió más pausada, Eduardo se levantó, lentamente, y se quitó la corbata. Con ella, ató sus manos a la espalda, con un nudo firme pero no doloroso.
—Ahora tú —dijo.
Valeria lo miró, el pecho subiendo y bajando con fuerza, los ojos oscuros, las pupilas dilatadas. Se acercó, sin prisa, y desabrochó su camisa. Los botones saltaron uno a uno, golpeando el suelo con pequeños chasquidos. Deslizó las manos bajo la tela, sintiendo la piel caliente, los pezones oscuros y endurecidos, el vello suave en su pecho. Le mordió uno, con suavidad, y Eduardo gimió, esta vez en voz alta, una nota cruda, casi animal.
Luego, sin soltar sus manos atadas, Valeria se arrodilló frente a él. Se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera de su pantalón, y lo sacó. Estaba ya medio duro, grueso, la punta húmeda con su preseminal. Valeria lo tomó con las manos libres, lo acarició con lentitud, desde la base hasta la cabeza, sintiendo su pulso en el glande, su calor.
—Dime qué quieres —susurró.
—Tu boca —respondió él, sin titubear.
Y ella lo tomó, profundamente, hasta sentirlo en el fondo de su garganta, hasta que sus ojos se cerraron y su respiración se volvió entrecortada. Le chupó con fuerza, con lengua, con labios, hasta que Eduardo emitió un grito ahogado, tiró de su cabello, y se corrió dentro de su boca, suave y caliente, como una ola que no se puede detener.
Cuando terminó, Valeria se levantó, limpió su barbilla con el dorso de la mano, y lo besó. Esta vez, fue él quien la empujó contra la pared, que chilló con el impacto. Le separó las piernas con la rodilla, se despojó de su pantalón y boxer, y se posicionó frente a ella.
—¿Estás lista? —preguntó, la voz áspera.
—Sí —respondió Valeria, y lo empujó hacia adentro.
Eduardo entró con un solo movimiento, lento, profundo, hasta el fondo. Valeria gritó, no de dolor, sino de satisfacción. Lo sintió entero, grueso, caliente, rozando su punto más sensible. Él comenzó a moverse, con una cadencia rítmica, firme, sin pausas, como si supiera que el tiempo se les estaba acabando.
El ascensor se movió entonces, con un chasquido suave, y la puerta se abrió con un *ping* metálico. Estaban en el piso 13. Nadie
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