Cuando mi vecina me dejó verla desnuda por la rendija de la persiana
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La primera vez que la vi desnuda fue un miércoles de verano, a las 17:23 según el reloj de mi cocina, y todo empezó con una rendija demasiado amplia en la persiana de su ventana. Yo estaba lavando los vasos, la espuma me pegaba a los dedos, y por casualidad —o no—, la ventana de la cocina daba justo al patio trasero de al lado, donde la persiana de Lucía estaba entreabierta, como si alguien la hubiera dejado así a propósito.
Lucía vivía sola desde que se separó del marido, y la conocía de vista: alta, morena, con esa postura de quien no necesita excusas y una risa que sonaba como vino derramándose en una copa fina. Esa tarde, mientras yo ponía sal en la ensalada, la vi aparecer en su habitación, sola, sin alarma, sin nadie más que su silencio y el calor que ya empezaba a pegarle a la piel. Se despojó primero del sostén: un negro de encaje que dejó sobre la cómoda como si fuera una bandera rendida. Entonces, con movimientos lentos, como si cada gesto fuera un susurro, se quitó el short de algodón, dejando al descubierto sus caderas anchas, la curva de sus riñones, y luego —ahí sí, mi respiración se trabó— la curva de su concha, pelada, oscura, ya húmeda al borde de los labios, como si estuviera esperando algo.
No moví un músculo. Me quedé parado, el trapo colgando de la mano, los ojos fijos en esa rendija que, milagrosamente, no se cerró. Ella no miró hacia afuera. No lo tenía por qué hacerlo. Pero cuando se sentó en el borde de la cama, con las piernas abiertas al menos media palmada, y se pasó una mano por el muslo interior, bajando despacio hasta rozar su culito, supe que no era casualidad. Me estaba dejando ver. Me estaba permitiendo.
Y entonces, como si sintiera mi presencia allí atrás, en la oscuridad de mi cocina, me miró. Directo a la rendija. Directo a mí. No asustada, no cohibida: con una sonrisa pequeña, de labios apretados, como si ya supiera que yo estaba ahí, que lo sentía, que lo deseaba desde que la vi por primera vez en la cola del supermercado, con el pelo suelto y una manzana en la mano.
No hablamos. No hizo gesto de despedida ni de invitación. Solo se llevó los dedos a la entrepierna, con lentitud de quemar el reloj, y se toqueteó el clítoris, ya hinchado, ya brillante bajo la luz del atardecer que entraba por la ventana. Se abrió los labios con dos dedos, se los separó como si estudiara su propia piel, y luego se metió uno adentro, con un suspiro que casi escuché a través de la pared. Su cabeza se inclinó hacia atrás, el cuello estirado, la boca entreabierta, y cuando el segundo dedo la siguió, ya con un ritmo firme, supe que no era solo para mí que lo hacía. Era para sí. Para mostrarse. Para dejarse ver mientras se gozaba, y eso era lo que me volvía loco: que no me estaba pidiendo nada, que no necesitaba mi respuesta, y que por eso me pertenecía más que cualquier cosa que me hubiera ofrecido.
Me costó un esfuerzo gigantesco apartar la vista. Me obligué a girar, a seguir lavando los vasos como si nada, pero no pude dejar de mirar de reojo. Ella se tocaba más fuerte ahora, con los ojos cerrados, los pechos moviéndose con cada sacudida, y cuando por fin se corrió —un temblor leve en los hombros, una exhalar profunda que hizo temblar la cama—, supe que la próxima vez, cuando la persiana volviera a estar entreabierta, yo no estaría lavando vasos. Yo estaría tocando su puerta, con la respiración agitada, y le diría: “Lucía, me gustó lo que vi. Y ahora me gustaría ver más. Y tocarte. Y que vos me cogas, si querés.”
Esa noche, mientras me dormía con el sabor de su concha imaginada en la lengua, supe que el voyeurismo no era sobre esconderse. Era sobre dejarse ver que se estaba viendo. Y ella me había dejado entrar.
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Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.