Cuando mi mejor amiga me metió la lengua entre los muslos

Cuando mi mejor amiga me metió la lengua entre los muslos

@tomas_leon ·22 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (11) · 18 lecturas · 6 min de lectura

Era viernes, y la casa de Sofía oliendo a vino tinto, incienso de sándalo y sudor de期待. El sol se había hundido ya tras los edificios del norte, dejando una penumbra cálida que se colaba por las cortinas entreabiertas de su departamento en Condesa. Yo, Lucía, me recostaba en el sofá de cuero marrón, con los pies descalzos sobre el cojín de algodón teñido a mano, una copa de malbec medio vacía entre los dedos. El silencio no era incómodo: era un silencio cargado, como la electricidad previa a una tormenta estival.

—¿Te parece si enciendo las velas? —preguntó Sofía desde la cocina, la voz un poco ahogada por el sonido del hielo al servirse otra copa.

—Claro —respondí, sin quitarle los ojos de encima mientras salía al pasillo con su vaso en mano.

Ella llevaba un vestido largo de seda negra que se ceñía a la cintura y se abría en un despliegue sutil sobre los muslos. Nada llamativo. Nada que invitara. Pero lo hacía, sin esfuerzo. Y yo —yo la había estado mirando así últimamente. No con la disimulada envidia con que se mira a una amiga más elegante, ni con la admiración de quien admira una amistad larga y sólida. No. Con otra cosa. Con deseos que, por meses, había empaquetado en risas, en abrazos largos, en frases cortas que no decían todo.

—¿Qué miras? —me preguntó al regresar, sentándose a mi lado, a menos de veinte centímetros de distancia. La tela de su vestido rozó la de mi blusa, y me estremecí.

—Nada —mentí, bebiendo un trago largo para bajar el calor que subía por mi cuello.

Ella sonrió. Esa sonrisa que siempre usaba cuando sabía que me tenía atrapada —aunque yo jamás lo admitiría. A veces, me lo decía en voz baja, entre risas: *“Lucía, tú eres la única que me mira como si me quisieras comer.”* Y yo reía también, para disimular, para no tener que confesar lo cierto: que sí. Que sí la quería comer. Que había soñado con eso, más de una vez, con sus labios en mi cuello, con sus manos desabrochándome algo más que botones.

Esa noche, sin embargo, no hubo risas. Solo el crujido del hielo en la copa, el zumbido del ventilador del techo y el latido de mi propio corazón, cada vez más fuerte.

—¿Te acuerdas cuando teníamos dieciocho años? —empezó ella, con la mirada fija en las velas que acababa de encender, dispuestas en círculo sobre la mesa baja.

—¿Qué? —pregunté, aunque ya sabía a dónde iba.

—Cuando dormíamos juntas en los veranos, cuando te quedabas en mi casa. Tú con tu pijama de algodón y yo con mi camiseta demasiado grande… —se volvió hacia mí, lentamente—. A veces, me despertaba y te sentía respirar a escasos centímetros. Y pensaba: *¿Y si la beso? ¿Y si le paso la mano por la cintura? ¿Y si…?*

No hablé. Me limité a mantener su mirada, porque hablar significaría romper la tensión.

—Hoy no dormí en pijama —susurró.

Y entonces, sin más preámbulos, se inclinó hacia mí. No fue brusco. No fue apresurado. Fue lento. Tanto que me dio tiempo para preguntarme si era real, si no estaría soñando. Pero el calor de su respiración, el olor a vino y a su perfume —jazmín y humo—, la suavidad de su cabello cuando le pasé los dedos por la nuca… Todo era real.

Sus labios tocaron los míos con una timidez fingida. Yo correspondí con más seguridad, abriendo un poco la boca para permitirle el acceso. Su lengua entró, tibia y húmeda, rozando la mía como si estuviera explorando un mapa antiguo, buscando cada curva, cada rincón. No era un beso de despedida, ni de reconciliación. Era un beso de posesión suave, de promesa no dicha.

Me acarició la mejilla con la palma, luego bajó la mano por mi cuello, por la línea de mi clavícula, hasta detenerse en el borde de mi camiseta. Me miró, esperando. Yo asentí apenas con un movimiento de barbilla.

Se metió la mano dentro de la tela y la apretó contra mi pecho. No con fuerza, sino con una urgencia contenida. Sentí cómo se endurecía mi pezón bajo su tacto, cómo mi respiración se entrecortaba. Su pulgar pasó por encima, una y otra vez, en círculos pequeños, y yo cerré los ojos.

—Dime si quieres que pare —dijo, sin soltar mi pecho.

—No —susurré—. No pares.

Entonces, con la otra mano, me desabrochó el cinturón del pantalón. Yo la ayudé a sacármelo, y luego las medias, dejándolas caer al suelo en un remolino de nylon. Me quedé en shorts de algodón y camiseta, con el corazón a mil por hora.

—¿Tú quieres que me quito esto? —preguntó ella, tocando el hombro del vestido, como si pudiera deslizárselo sin quitárselo de los hombros.

—Sí —dije, ya sin temblor—. Quiero verte.

Y así fue. Se levantó un poco, dio media vuelta y dejó que el vestido se deslizara por sus caderas hasta el suelo. No usaba nada debajo. Sólo su piel, su figura larga y firme, sus pechos redondos y pesados, colgando levemente con cada respiración profunda. Y entre sus piernas, el monte de vello oscuro, húmedo ya a simple vista.

Me senté en el sofá, con las piernas ligeramente separadas, y ella se arrodilló frente a mí, entre ellas. No dudó. No se disculpó. No pidió permiso con palabras —lo había hecho ya con su mirada, con su cuerpo, con su decisión.

Me separó los muslos con las manos, con una firmeza que era una caricia. Me miró a los ojos mientras me abría los labios con dos dedos, mostrándome mi propia vulva, hinchada y brillante bajo la luz tenue. Me sonrió, y ese gesto fue casi más vergonzoso —y más deseado— que todo lo demás.

—Estás tan buena —dijo, con la voz ronca—. Tan mojada… por mí.

Y entonces bajó la cabeza.

Su lengua entró en juego como una llave que encajaba en su lugar. Primero rozó el clítoris, con una suavidad casi cruel, como si lo estuviera saboreando. Luego, con más presión, lo chupó, lo lamío, lo acarició con el borde de los dientes. Yo apreté los puños en el respaldo del sofá, conteniendo un grito. Ella se rió entre dientes, sin levantar la cabeza.

—Shh… no tengas vergüenza. Aquí no hay nadie más que tú y yo.

Y volvió a lamer, más fuerte, más hondo. Me metió un dedo, después otro, curvándolos hacia arriba, como si estuviera buscando algo que ya sabía que existía. Me movía sobre sus manos, sobre su boca, sin control. Sentía el olor a mí misma mezclarse con el de su perfume y el vino.

—Sí —le supliqué, ya sin vergüenza—. Sí, Sofía… por favor.

Ella no respondió con palabras. Me mordió el clítoris con suavidad, justo antes de que yo me viniera. Y cuando me vine, lo hice con un grito contenido entre sus dedos, con sus ojos clavados en los míos, con su cuerpo temblando como si ella también estuviera a punto de romperse.

Cuando terminó, se levantó lentamente y se sentó a mi lado, sin soltarme. Me envolvió en sus brazos, me besó el cuello, me acarició el pelo. Yo me recosté en su hombro, con las piernas aún abiertas, con la humedad corriéndome por el muslo.

—¿Te arrepientes? —me preguntó.

—No —dije, sin dudar—. Solo quiero saber una cosa…

—¿Sí?

—¿Esto va a seguir?

Ella no respondió enseguida. Me miró, me tomó la cara entre las manos, y entonces me volvió a besar, pero ya sin lengua, sin urgencia. Con calma. Con promesa.

—Sí —dijo, contra mis labios—. Sí, Lucía. Sí, va a seguir.

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@tomas_leon

Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.

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