Cuando mi jefa me mandó a la oficina a las 2 de la madrugada
6 minCuando mi jefa me mandó a la oficina a las 2 de la madrugada
Vos sabés cómo es cuando te paga el jefe un viernes a las 13:30 y vos ya estás en el subte con la camisa por fuera, la corbata aflojada, y el cerebro en modo “cero pensamientos, solo cerveza y puta”. Yo estaba así, con la cabeza en la ventana del tren, mirando los postes de luz desdibujados en el cristal, cuando el celular vibró en mi bolsillo: “Tomas, subí. Urgente.”. El nombre no lo mostraba, pero el número era de la oficina. De la oficina. A las 2:17 de la mañana.
Subí. No por respeto. No por lealtad. Por curiosidad. Y por algo más caliente que circulaba por mis venas desde que ella había entrado al departamento hace dos meses: la jefa. Silvana. Treinta y tantos, pelo oscuro, mirada de quien no pide permiso, sino que toma lo que quiere.
La puerta de su oficina estaba entreabierta. La luz del escritorio iluminaba un círculo en el suelo de baldosa, como en las películas de detective, pero con un sabor mucho más íntimo. Ella estaba sentada en el borde de la mesa, con la falda subida hasta las caderas, las medias negras tiradas en el piso, y los tacones colgando de un pie. No usaba calcetines. Solo medias de red, con una costura fina que le marcaba el contorno del muslo.
—Andá cerrando —dijo, sin mover los ojos de mí.
Cerré. El clic de la cerradura sonó como un disparo en el silencio. Me paré frente a su escritorio, con las manos en los bolsillos, fingiendo calma. Pero vos sabés cómo se siente cuando el cuerpo te traiciona: el pene empieza a latir, la garganta se seca, y el corazón te late como si quisiera salir a correrse por la entrepierna.
—Me dijeron que tenías un informe para hoy —mentí, sabiendo que era mentira.
Ella sonrió. Esa sonrisa que le hacía temblar los labios, como si le costara contenerse.
—El informe está en mi cabeza, Tomas. Y quería que lo leyeras… así.
Se levantó, lenta, con una pausa entre cada movimiento, como si estuviera marcando un ritmo para mí. Se acercó hasta que sentí su aliento en el cuello: perfume caro, sudor, algo que no sabía nombrar pero que me hizo tragar seco.
—¿Querés que te lo lea en voz alta? —susurró.
—Sí —dije, y enseguida añadí—: pero que me lo digas bien.
Se detuvo. Me miró fijo, con los ojos entreabiertos. Me agarró del mentón, con los dedos duros, y me obligó a mirarla. Me besó. No un beso de saludo. Un beso de boca abierta, lengua adentro, sabor a café y vino, y algo más, más dulce, más animal. Me rozó el pene contra el muslo mientras nos separábamos, y yo sentí cómo se ponía duro, cómo palpitaba, como si tuviera vida propia.
—Andá a la silla —ordenó.
No dudé. Caminé hasta la silla de cuero negro, me senté con las manos sobre las rodillas, como un alumno bueno. Ella se puso de pie frente a mí, entre mis piernas abiertas, y se inclinó hasta que su falda le rozó las muslos. Me acarició la cara con la palma, luego bajó hasta el cuello, desabrochó el primer botón de la camisa.
—Me gusta cómo te pones cuando te mando algo —dijo.
Me desabrochó los otros botones, lentamente, dejando al descubierto el pecho, el vello rubio, los pezones endurecidos por el frío del aire acondicionado. Ella los rozó con la punta de los dedos, y yo contuve el aliento. No quería que se diera cuenta de lo que me hacía. Pero ella lo notó. Me lo dijo con una sonrisa.
—Mirá qué gorda te tenés, Tomas. ¿Querés que te la saque?
—Sí —respiré.
Ella se puso de pie, me desabrochó el cinturón, bajó la cremallera. Me sacó el calzoncillo con un movimiento seco, y ahí estaba: duro, grueso, la punta húmeda, con la piel tensa. Ella me lo agarró con la mano derecha, cerró los dedos, apretó un poco, y me miró a los ojos mientras lo hacía.
—Siento el corazón en la polla —dije, sin poder evitarlo.
—Callá la boca y sentí —respondió.
Me lo metió en la boca. No preguntó. No esperó. Me lo metió hasta la base, con la lengua plana contra el glande, y empezó a chupar. Lento, profundo, con ese sonido húmedo que solo vos sabés qué significa: es el sonido del deseo sin disfraz. Me agarré de los brazos de la silla, contuve los gemidos, pero ella me dijo:
—Gimié, Tomas. Quiero oírte.
Y cuando empecé a soltar los sonidos, ella me lo metió más adentro, hasta que la nariz me tocoaba el vello púbico, y el olor a su piel, a su sudor, a su deseo, me llenó la cabeza.
Se sacó, se paró, y me dijo:
—Dáme la espalda.
Lo hice. Se puso atrás, me bajó las pantalonetas hasta las rodillas, y me empujó contra el escritorio. Me separó las nalgas con las manos, me rozó el ano con la punta de la polla, se mojó con su jugo en la punta, y se metió.
No fue suave. Fue fuerte. Fue de quien manda. Me clavó las uñas en la piel, me agarró los testículos con la otra mano, y empezó a cogerme. Concha. Garchar. Coger. Era eso, nada más. Un acto crudo, directo, sin teatros. Yo sentía su pelvis golpeándome, el sonido de su respiración, el sudor que le caía en el cuello, el gemido que le salía cuando más fuerte me apretaba.
—Vas a vení adentro, Tomas —dijo, entre dientes.
—Sí —respiré.
—Decí: “Sí, jefa”.
—Sí, jefa.
Se le escapó una risa ahogada, y me dio una palmada en el culo, fuerte, que me dejó una marca roja. Me agarró más fuerte los testículos, y se metió hasta el fondo, una, dos, tres veces, y me corrió adentro, con un grito bajo, como de animal. Yo sentí el calor, el flujo, la forma en que su cuerpo se estremecía encima del mío.
Se sacó, se limpió con una hoja de papel del tintero, y se volvió a sentar en la silla, con las piernas abiertas, el coño húmedo, los pechos subiendo y bajando.
—Vení —dijo.
Me acerqué. Me agarró la polla, que ya empezaba a bajar, y me la volvió a meter en la boca. Me miró mientras me chupaba, mientras me relamía la punta, como si no hubiera nada más en el mundo. Cuando terminó, me dijo:
—Andá a casa, Tomas. Mañana te espero a las 9. Y traé el informe.
Me vestí. Me puse la corbata. Me miré al espejo del baño. Tenía la marca de sus dedos en el cuello, el sabor de su jugo en la lengua, y el culo rojo de las palmadas. Y vos sabés qué es lo peor: cuando salí del edificio, a las 2:45 de la madrugada, con la polla vacía pero el alma llena, me di cuenta de que ya no me importaba. Porque sabía que al día siguiente iba a volver. Y la próxima vez, no iba a esperar a que ella me lo pidiera. Lo iba a hacer yo.
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