Cuando me puse a servirle el café a mi jefa y terminé chupándole el pito

Cuando me puse a servirle el café a mi jefa y terminé chupándole el pito

@joaquin_noche ·30 de junio de 2026 · 🔥 4.5 (23) · 105 lecturas · 4 min de lectura

Yo ya había notado el jejeo desde la primera semana: ella, sentada atrás del escritorio, con ese blazer azul marino que le quedaba ceñido como un guante, y yo, con la bandeja temblorosa en las manos, sintiendo el calor subirme por el cuello. No era que fuera guapa de esas guapas que te hacen trizas el alma —no, era otra cosa—, era que sabía que lo sabía. Y eso me ponía más nervioso que cualquier mirada directa.

—Joaaquín —me dijo un día, sin levantar la vista del computador—, ¿te importa pasarme el informe del taller? Ah, y… me gustaría café. Negro. Como tu alma, chamo.

Me dio un segundo para respirar. Para pensar en salir corriendo. Pero no salí. Me acerqué despacio, como si el piso estuviera mojado y no quisiera hacer ruido, y mientras le pasaba la bandeja, mi dedo rozó el dorso de la mano ella. No fue un accidente. Fue una apuesta silenciosa que neither of us was going to withdraw from.

Esa noche, mientras todos ya habíamos salido del edificio, ella me llamó. No por WhatsApp. No por correo. Me esperaba en la oficina. “Quiero que repases los datos del taller”, dijo, como si fuera lo más natural del mundo. Pero yo ya sabía que los datos ya los había repasado. Y que ella no quería datos.

La puerta cerrada. Las luces apagadas, salvo la lámpara de escritorio, que hacía sombras largas y tentadoras sobre su cuerpo. Se quitó el blazer, despacio, como si cada botón fuera un desafío. Luego los tacones. Y después… el silencio. Solo el zumbido del aire acondicionado y el latido de mi corazón, que sonaba como un tambor de guerra.

—¿Te gusta esperar? —me preguntó, sentada ahora en el borde del escritorio, las piernas cruzadas, los pies descalzos apoyados en el suelo con una naturalidad que me dejó sin aliento.

—Sí —respondí, como si esa palabra fuera un juramento.

—Entonces, ponte de rodillas.

No dudé. Me arrodillé. No por sumisión. Por ganas. Por necesidad. Porque desde la primera vez que la vi con ese blazer, yo ya había decidido que era suyo.

Se inclinó un poco, con las manos apoyadas detrás de ella, y me miró fijo, como si estuviera midiendo cuánto me había quedado de hombre. Luego, con un movimiento suave pero firme, se subió la falda hasta la cadera. No me dio tiempo de tragar. Porque allí estaba: la entrepierna oscura, bien depilada, con ese rastro de humedad que solo da la anticipación.

—Abre la boca.

Lo hice. Y entonces, lentamente, me acercó su entrepierna. No fue brusco. No fue rápido. Fue un baile de piel contra piel, de respiraciones entrecortadas, de dedos que me sujetaban suavemente la nuca, sin fuerza, pero con claridad: *así es, así se hace*.

Me pasó el dedo por el labio superior, luego por el inferior, y por último, con la punta de la lengua, me hizo abrir más la boca. Y entonces, con una lentitud que me partía el alma, me metió el dedo. No mucho. Solo lo justo para que sintiera su calor, su textura, su olor —un olor a sal y a miel, como el café que me daba en la mañana, pero más hondo.

—Ahora… con la lengua.

Y yo lo hice. Lamiendo despacio, desde abajo hacia arriba, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía, cómo su respiración se volvía más pesada, cómo sus dedos se cerraban un poco más fuerte en mi nuca, como diciendo: *sí, así, no pares*.

Luego, con una sonrisa malvada, me dijo: —Si te saco el pito, ¿me lo chupas?

—Sí —susurré—. Sí, jefa. Sí, mami.

Y entonces, lentamente, separó los labios de su vagina con los dedos y me mostró lo que tenía ahí escondido. El botón, hinchado, brillante, como una perla lista para ser devorada. Y yo me lancé. No como un perro. Como un hombre que por fin encuentra el agua en el desierto.

La lengua pegada al clítoris, mordiendo suavemente, chupando con fuerza, mientras con una mano ella me sujetaba el pelo y con la otra se frotaba contra mi cara. No hablaba. Solo gemía: *“ahhh, sí… así, Joaquín… chupamela, chupamela bien… que ya me voy…”*

Y cuando me lo dijo, cuando sentí cómo su cuerpo se tensaba y su respiración se quebraba, yo supe que ese día no solo me había quedado sin trabajo… sino que me había entregado por completo.

Y aunque no lo dije, en ese momento, ya no me importaba. Porque cuando te la jalan así, con esa fuerza, con ese control… no hay vuelta atrás.

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@joaquin_noche

Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.

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