Cuando me cogió el novio de mi hermana
7 minCuando me cogió el novio de mi hermana
Soy el primer hijo de mi mamá, el que siempre estuvo ahí cuando papá ya no lo estaba, el que le dio una mano a mis hermanas pequeñas con sus tareas y hasta les cepilló el pelo cuando se les enredaba. Soy un buen tipo, dicen. Respetuoso. Serio. El tipo de hombre que llega puntual al trabajo, que no bebe demasiado y que, hasta donde yo sé, nunca me he acostado con ninguna mujer que no fuera mía. Eso pensaba yo, hasta que todo se vino abajo en una noche de viernes en Medellín, con el calor pegándose a la piel como una manta mojada y el olor a arepas recién hechas flotando en el aire.
Su nombre es Sofia. Mi hermana menor. La más atrevida, la que siempre me hacía reír con sus chistes malos y sus imitaciones de la vecina. Tenía veinticinco años, una cintura fina que se perdía en sus caderas anchas, y una pielmorena clara, suave, que brillaba con la luz del sol de la tarde. Pero no hablo de ella. Hablo de él.
Se llamaba Kevin. Un amigo de mi hermana desde la universidad. Alto, de piel oscura como el café más fuerte, con los brazos marcados por músculos que no venían de sentarse en una computadora, sino de subir escaleras con maletas y cambiar llantas. Tenía los ojos claros, casi dorados bajo el sol, y una barba recortada que le marcaba la mandíbula con una dureza que yo no tenía. Y una risa que sonaba como trueno lejano: fuerte, profunda, inquietante.
Todo comenzó con un cumpleaños. Mi hermana lo había invitado a casa, con su grupo de amigos, y yo había ido a ayudar con la comida. Yo ya tenía dos copas de aguardiente cuando lo vi entrar: pantalones ajustados, camiseta blanca, sudor en el cuello. Me saludó con una palmada en la espalda —yo le había enseñado a jugar fútbol cuando era niño, como si eso nos hiciera más cercanos— y le serví una cerveza helada. No pasó nada. O eso creí.
Pasó la noche, bailamos un rato, comimos, brindamos. Sofia se fue a dormir a eso de las once, cansada de tanto ruido. Yo me quedé en el sofá, con el control en la mano y el vaso medio vacío. Kevin se acercó, se sentó a mi lado. No dijo nada al principio. Solo observó la pantalla, se pasó la lengua por los labios, y luego, como si fuera lo más natural del mundo, me preguntó:
—¿Tú crees que ella me perdone si le hago un hijo?
Lo miré. No entendí. Me di cuenta de que me estaba hablando de Sofia. De mi hermana. Y mi estómago se volvió de hielo. Pero no por celos. No por rabia. Por algo más obsceno, más visceral.
—¿Un hijo? —repetí, voz baja, con la garganta apretada—. ¿Tú y ella?
—Sí —dijo, y me miró directo, sin separar la vista—. Pero no sé si ella quiere. Tú sí sabes cómo es.
Yo no dije nada. Solo asentí. Y entonces él se inclinó, más cerca, y el calor de su cuerpo me llegó como una ola. Sentí su aliento en la oreja:
—Tú sabes que no es solo por ella… Tú sabes que yo te miro.
Me congelé. No me moví. No respiré. Me sentí como un niño de nuevo, atrapado en un sueño que no quería despertar.
—¿Qué dices?
—Te miro, pibe —dijo, y esta vez su mano rozó mi muslo, suave, lenta—. Cada vez que te veo hablar con alguien, o cuando te ríes, o cuando… cuando te inclinas para agarrar algo y tus nalgas se marcan… Me cago en todo, hermano. Me cago en todo.
Yo no supe qué responder. No pude. Solo sentí que el calor me subía por el cuello, que el pito empezaba a picar en los pantalones, que mis manos sudaban. Y luego, sin que yo lo pidiera, sin que yo lo ordenara, él me tomó la mano y la puso sobre su entrepierna.
Estaba duro. Grande. Rígido. Como una barra de acero bajo el tela. Y yo, idiota, no la retiré. La dejé ahí, sintiendo la humedad del prepucio, la venas que latían como latidos de corazón. Y entonces él susurró:
—Dime que sí… dime que también lo sientes.
No dije nada. Solo incliné la cabeza y besé su cuello. Su piel estaba salada, con el olor de la cerveza y el jabón de árbol de té. Me devolvió el beso con una intensidad que me dolió en los labios. Y entonces, sin más preámbulos, se puso de pie y me tendió la mano.
—Vamos.
Yo lo seguí. Como un perro sin dueño. Como un hombre que ya no sabía quién era.
Subimos al cuarto de huéspedes. Yo, que siempre lo usaba para guardar ropa vieja y colchas de invierno, lo encontré ahora iluminado por una sola lámpara de noche, con la cama deshecha y el aire cargado. Kevin cerró la puerta. Se dio vuelta. Me miró. Y entonces, con lentitud, se desabrochó la camiseta. Se la quitó. Y allí estaba: torso musculoso, pechos planos, pezones oscuros, vientre marcado por una línea que descendía hacia… hacia abajo.
Yo me senté en la cama. Me quité la camisa. Me desabroché el cinturón. Y mientras lo hacía, él se acercó, se arrodilló frente a mí. Me desabotonó los pantalones. Me bajó la bragueta. Y cuando vi su pito salir, largo, grueso, con la cabeza rosada y húmeda, sentí un calor distinto. No era el calor de la vergüenza. Era el calor del deseo. Del pecado. Del placer que sabía a traición.
Se inclinó y me lamió la punta del pito. Lento. Profundo. Y luego me lo metió entero en la boca. Yo grité. Me agarré de sus cabellos. No era suave. Era brutal. Me frotaba la lengua contra el glande, me chupaba con fuerza, y mientras lo hacía, sus ojos se clavaban en los míos, como desafiándome a decir basta. Pero yo no dije nada. Solo empecé a mover la cadera, a empujar más adentro, a sentir su garganta contra mi piel.
—Kevin… —le susurré—. Kevin, no quiero que sepa Sofia.
Él se separó, con mi pito en la mano, goteando preseminal.
—Entonces no lo digas. No lo hagas saber. Solo ven conmigo.
Y entonces, sin esperar respuesta, me volteó boca abajo. Me abrió las piernas con las suyas. Me lubricó el culo con su propia baba, con su lengua, con sus dedos. Sentí el frío de la cama bajo mi frente, el peso de su cuerpo encima, y luego, la punta de su pito rozando mi ano.
—¿Sí o no? —me preguntó.
—Sí —dije. Y esto fue más fuerte que la culpa, más fuerte que el miedo. Fue una necesidad.
Me entró. Lento. Con un grito contenido. Sentí el estiramiento, el dolor leve, el calor que me llenaba desde dentro. Me aferré a las sábanas. Él no se movió. Solo me miró, con esa mirada de lobo, y me besó la nuca.
—Tú eres rico, pibe —dijo—. Muy rico.
Y entonces empezó a moverse. Con fuerza. Con ganas. Con una intensidad que me hacía temblar las piernas. Me agarró las caderas con fuerza, me clavaba los dedos en la carne, y cada empuje me llevaba más lejos de mí mismo. Yo gemía, no por vergüenza, sino por placer. Por maldad. Por la certeza de que lo que hacíamos era prohibido, era sucio, era peligroso… y eso lo hacía más rico.
Me corrió dentro. Fuerte. Con un gruñido que sonó como un lamento. Sentí su pene palpitando, su semen caliente inundándome, y yo, idiota, no lo detuve. Lo dejé que se vaciara en mi interior, como si fuera la última vez que estaríamos juntos. Como si no hubiera mañana.
Cuando se retiró, se limpió con una toalla y me miró. Me sonrió. Y entonces me dijo, con la voz más dulce del mundo:
—Mañana, cuando bajes a desayunar, no me mires. Solo saluda. Como si no hubiera pasado nada.
Yo asentí. No pude decir otra cosa.
Bajé al día siguiente, con el culo adolorido, el alma rota y el pito aún sensible. Sofia me abrazó al entrar. Me preguntó cómo había dormido. Le sonreí. Le dije que bien.
Y Kevin entró unos segundos después, con su camiseta nueva, su café humeante y una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Nunca más volví a mirarlo fijamente.
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Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.