Cuando me cogí a mi jefa de 52 años

Cuando me cogí a mi jefa de 52 años

@isabella_mar ·26 de junio de 2026 · 🔥 4.0 (3) · 10 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que la vi en la oficina, pensó que era solo otra joven atractiva que entraba al departamento de diseño. Yo, Manuel 24 años, con la espalda recta, los ojos claros y una sonrisa que aún no había aprendido a controlar, no era más que un práctico de verano. Ella, Isabella, 52 años, directora creativa, entró con tacones altos que marcaban el ritmo del corredor como si fueran latidos de un corazón acelerado. Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño bajo, pero algunas hebras se habían escapado para enroscarse en el cuello, y la luz del sol de mediodía le acariciaba las sienes, marcando las primeras líneas de experiencia en su rostro. No era una belleza juvenil: era una mujer hecha, tallada por los años, con una presencia que no pedía permiso.

Nos presentaron ese día. Ella me tendió la mano con una sonrisa lenta, de labios entreabiertos, como si ya me estuviera midiendo, evaluando. «Bienvenido, Manuel», dijo, y su voz tenía ese timbre cálido, algo grave, con un matiz caribeño suave que le daba un aire de melodía casi musical. «Espero que te guste el ritmo aquí dentro». No supe si se refería al trabajo o a algo más.

Los días pasaron y, entre reuniones, correos y cafés compartidos en la pequeña cocina de la oficina, empecé a notar los detalles: la forma en que se quitaba los tacones al final de la tarde, apoyando su pierna derecha sobre la silla, estirando con lentitud el tendón de la pantorrilla; cómo se frotaba los ojos cuando estaba cansada, no con frustración, sino con una abrumadora ternura; cómo, al reírse de una de mis tonterías, sus hombros se movían como alas suaves bajo la tela fina de su blusa.

La diferencia de edad ya no me parecía un número, sino un abismo que quería cruzar. A veces, cuando me pedía ayuda con el proyector o se inclinaba sobre mi mesa para ver un diseño, su perfume —jazmín y vainilla, con un toque de especia— me envolvía como un abrazo inesperado. Yo sentía el calor de su cuerpo, el suave roce de su brazo contra el mío, y el pene se me tensaba dentro del pantalón como un soldado listo para la batalla.

Una tarde, tras la reunión del viernes, todos ya se habían ido. Solo quedábamos ella y yo, ordenando archivos en el estudio. El aire acondicionado zumbaba apagado; la ventana estaba entreabierta y entraba el sonido de la ciudad: carros, risas, el eco de una salsa que alguien ponía en una moto pasando lento.

—¿Te quedaste solo por los diagramas? —me preguntó, con la espalda apoyada en la mesa, los brazos abiertos sobre la superficie, como si me invitara a sentarme frente a ella.

—No —respondí, sin apartar la vista de sus ojos—. Me quedé porque quería hablar contigo.

Se mordió el labio inferior, un gesto que nunca había visto antes, y se incorporó lentamente. Caminó hasta la puerta del estudio y la cerró con un clic seco. El sonido me hizo erizar la piel.

—Entonces, habla —dijo, y esta vez su voz ya no era profesional. Era húmeda, lenta, con un tono que me hizo recordar las noches de verano en la costa, cuando el viento trae el olor del mar y el cuerpo se vuelve más sensible.

Me acerqué. Ella no retrocedió. Sentí su respiración, más rápida ahora. Sus pechos, cubiertos por una blusa de seda color vino, se alzaban con cada inhalar. Me detuve a un palmo de su rostro. El aire entre nosotros se volvió denso, eléctrico.

—¿Y si te digo que ya no puedo esperar más? —susurré.

No respondió con palabras. En vez de eso, con una lentitud que me volvió loco, llevó una mano a mi cuello y me jaló hacia ella. Su boca encontró la mía con una urgencia que me dejó sin aire. Beso tras beso, su lengua entró con seguridad, sabiendo exactamente dónde quería estar, cómo quería moverse. Sentí su pecho contra mi torso, el calor de su piel, el latido de su corazón acelerado contra mi esternón. Me pasó la lengua por los dientes, por el paladar, como si estuviera aprendiendo mi sabor, como si ya lo conociera desde siempre.

—Tú… eres muy joven —murmuró entre besos—. ¿No tienes miedo?

—¿Miedo? —reí, con la mano ya bajo su blusa, deslizándome por la suave curva de su espalda baja—. Yo solo quiero sentirte. Quiero que me digas qué hacer. Quiero que me enseñes.

Ella cerró los ojos y dejó que mi mano subiera hasta sus senos. Sus pechos eran firmes, redondos, con pezones que se erizaron al instante bajo mi pulgar. Solté un gemido ahogado y la apreté contra mí, sintiendo cómo su sexo se presionaba contra mi entrepierna.

—Vamos al cuarto de descanso —dijo, y por primera vez, su voz sonó a orden.

La seguí sin dudar. El cuarto era pequeño, con una cama estrecha, una mesita y un espejo grande en la pared. Ella encendió la luz tenue de la lámpara de noche y se dio vuelta frente a mí.

—Quítate la camisa —ordenó.

Lo hice, y ella me miró con una expresión de pura lujuria. Se acercó, me dio un beso en el pecho, luego otro más abajo, cerca del ombligo. Sus manos me desabrocharon el pantalón, y cuando lo bajé con los boxers, su respiración se cortó un instante. Yo ya estaba duro, grueso, con el glande húmedo y brillante.

—Dios… qué hermoso —susurró, y pasó la yema de los dedos desde la base hasta la punta, en un movimiento lento, deliberado.

Se arrodilló frente a mí, y con una lentitud que me hizo temblar, me tomó con ambas manos y me lamió la punta. El sabor salado, su lengua cálida, la presión suave de sus labios… Me incliné hacia atrás, apoyándome en la mesita, con los ojos cerrados. Ella me chupó con paciencia, girando la muñeca, acelerando y frenando, hasta que sentí que no aguantaría más.

—Isabella… —dije, jadeando—. No puedo más…

Ella se levantó, sonriendo, y me empujó suavemente hacia la cama.

—No te preocupes —dijo, mientras se quitaba la blusa y el sujetador—. Hoy no voy a correr. Hoy te voy a dar todo lo que quieres.

Se desabrochó la falda y la dejó caer a sus pies. Underwear de encaje negro, ajustado, marcando la curva de su vulva, húmeda ya a simple vista. Me puse de rodillas frente a ella, y cuando separó las piernas, vi su piel oscura, su clítoris hinchado, los labios internos rosados y brillantes.

—Tú primero —dijo.

Le lamió el clítoris con la lengua, una, dos, tres veces, hasta que gimió con fuerza. Luego, se apartó y se acostó, abriendo las piernas.

—Ven. Quiero sentirte dentro de mí.

Me levanté, tomé el preservativo que había en la mesita y me lo puse con manos temblorosas. Me posicioné entre sus muslos, y con una mano sosteniéndole la cadera, empujé suavemente. Su vagina era estrecha, cálida, perfecta. Se estremeció al sentirme entrar.

—Más… más adentro —suplicó.

Y lo hice. Entré hasta la base, y ella arqueó la espalda, con los pechos alzados, los pezones duros. Empezamos a movernos, lento al principio, como si el tiempo se hubiera detenido. Luego, más rápido, más fuerte. Ella me agarraba de los glúteos, tirando hacia ella, mientras yo la penetraba con ritmo, con ganas, con desesperación. Sus gemidos eran cortos, ahogados, pero cada uno me hacía temblar.

—Sí… así… —decía, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, el sudor en la frente—. Tú eres el mejor que he tenido en años.

Eso fue lo que me voló la cabeza.

Se corrió primero, con un grito suave, temblorosa, apretando sus musculos alrededor de mi pene. Yo seguí moviéndome, viendo cómo su cuerpo se deshacía en olas, y cuando sentí que me acercaba, me incliné y le mordí suavemente el hombro, mientras me corría dentro de ella, llenándola con todo lo que tenía.

Cayó sobre la cama, exhausta, y yo me desplomé a su lado. Ella giró su cabeza y me miró, sonriendo.

—¿Te quedas a cenar? —preguntó.

—Sí —respondí, besándole la frente—. Pero esta vez, soy yo quien pide.

Ella rió, y el sonido me recorrió como un latido nuevo.

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@isabella_mar

Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.

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