Cuando me cogí a la madre de mi amiga
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La primera vez que la vi en el lobby del hotel Alvear, con ese traje de viaje gris oscuro y los tacones altos que le marcaban la cadera como una promesa, pensó que era la esposa de algún cliente de su agencia turística. Pero no: era Lucía, 49 años, viuda desde hacía dos, con dos hijos adultos y esa mirada que sabía exactamente dónde停abas y cómo te gustaba que te miraran. Y yo, 24, recién llegado de Rosario para la feria de turismo, con la piel aún quemada por el sol de Córdoba y la risa fácil de los que no han perdido la costumbre de creer que todo va a salir bien.
—¿Vos sos el chico de Mar del Plata, ¿no? —me preguntó mientras se acomodaba el pelo, un rizo suelto que le rozó la mejilla como un dedo. Me acercé, con la mano en la espalda, fingiendo desinterés, pero el calor que sentí en las axilas no fingía nada.
—Sí, soy yo. Matías. Y vos, Lucía, con esa voz que parecía miel derretida sobre pan tostado.
Nos sentamos en el bar del hotel, frente al jardín iluminado por luces tenues. Pedimos vino tinto, un Malbec oscuro como sus ojos. Hablamos de viajes, de ciudades que habíamos perdido en el camino, de excedentes de tiempo y de soledades que se convierten en compañeras. Ella me contó cómo su marido se fue en un invierno frío, cómo le dejó la casa, los hijos, y esa sensación de que el mundo seguía girando mientras ella se quedaba quieta. Yo, con mi voz un poco ruda pero sincera, le dije que me encantaba su forma de hablar, cómo decía las cosas como si cada palabra fuera un regalo.
—¿Y vos, Matías, qué buscás en esta vida? —me preguntó, con una sonrisa que me hizo sentir como si me hubiera desvestido con la mirada.
—No sé —respondí, mirándole los labios—. Tal vez algo que no me dé miedo.
Ella se inclinó hacia adelante, el escote del vestido se abrió un poco más, y el perfume —jazmín y cuero— me entró por las narices como una trampa. Me pasó la yema del índice por el dorso de la mano.
—Yo no te prometo miedo, chaval. Te prometo calor. Y si te atrevés, algo más.
Subimos en ascensor. No dijimos nada, solo nos miramos en el espejo. La puerta se abrió y entré primero, dejando que ella me rozara la espalda con la punta del pie. En la habitación, el sol de la tarde aún entraba por las persianas, pintando rayas doradas en su piel. Se desabrochó el blazer, dejando ver una blusa fina, y luego se la quitó con lentitud, como si fuera una actriz en su escena más importante. Me paré, le quité los zapatos, uno por uno, y luego las medias, deshaciendo el encaje con cuidado, como si temiera que se rompiera algo.
—¿Me dejás hacerlo? —le pregunté, con la voz un poco más ronca.
Ella se sentó en la cama, las piernas abiertas en un ángulo que no permitía dudas. Me palmeó el muslo.
—Sí, Matías. Vení. Vos sabés lo que quiero.
Me arrodillé frente a ella, le abrió las piernas con una palmada suave, y cuando le pasé la lengua por la concha, sintió un estremecimiento. Me lo agradeció con un susurro: “Sí, así… concha de mi vida…” Sus manos me atrajeron más, y yo la fui acariciando con ternura, sabiendo que ella ya no necesitaba promesas, sino sensación, presencia, intensidad. Cuando se llevó la mano a la entrepierna y me dijo “cogéme, Matías, que ya no aguanto más”, me levanté, le bajó el slip, y la cogí por primera vez con una lenta entrada que la hizo gemir como una poseída.
Ella se dejó llevar, con los ojos cerrados y los dientes apretados, hasta que gritó su primer orgasmo, fuerte, sin vergüenza. Me pidió más, me dijo que la garchara hasta que no pudiera más, y así lo hice, mientras ella se retorcía en la cama, con las uñas clavadas en mis brazos, repitiendo mi nombre como una plegaria. Cuando todo terminó, nos quedamos abrazados, sudorosos, con el corazón a mil, y ella me besó en la frente.
—Volvé a la próxima feria —me dijo, con la voz ya más tranquila—. Que acá hay más que turismo que enseñarte.
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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.