Cuando le mame el pito a mi novio trans
7 minCuando le mame el pito a mi novio trans
Yo, Fernanda, siempre he sido de las que creen que el amor no tiene género, pero sí tiene cuerpo —y ese cuerpo, a veces, es más complicado de descifrar de lo que uno imagina. Y sí, soy de Medellín, nacida y criada, con todas las ganas de vivir que le caben a una paisa, pero también con esa timidez que me come por dentro cuando se trata de hablar de lo que me gusta en la cama. Aunque hoy, con mi novio, ya no tengo nada que esconder.
Se llama Mateo, tiene 29, es alto, musculoso pero no exagerado, piel clara, ojos verdes como los árboles del Parque Lleras en primavera, y una sonrisa que me derrite desde el primer día que lo vi en un taller de escritura creativa. Pero lo más importante: es trans, hombre trans, y desde que me lo presentó su mejor amiga, supe que era él. No con esa atracción loca de “te amo al primer visto”, sino con esa calma que da el reconocer algo verdadero. Él también lo supo, me dijo después, porque le gustó cómo le hablé sin mirarle la entrepierna, sin hacerle preguntas incómodas, sin actuar como si fuera un caso clínico.
Pasaron dos meses de conversaciones interminables, de abrazos largos, de besos que empezaban tímidos y terminaban con las manos perdidas entre los pelos de su pecho, que él se afeita con cuidado cada tres días —dice que le gusta sentirse liso, pero suave. Y sí, cuando lo toco ahí abajo, me gusta saber que tiene un pene. No un “se lo cagó la vida”, no un “era una niña”, sino un hombre que se pone dolido si le dicen que “ya no es mujer”, que eso no le define. Él es Mateo. Punto.
El otro día, después de una cena en casa, con arepas calentitas y aguacate con limón, nos sentamos en el sofá. Llovía como para mojar el mundo entero, y él me abrazó desde atrás, con las piernas entrelazadas, y me dijo, con esa voz grave que me pone los pelos de punta: —¿Te molesta que hoy no use el compresor? —¿El qué? —le pregunté, fingiendo inocencia, aunque ya sabía a qué se refería. —El vendaje, papi… para que no se me note tanto cuando me pongo la ropa. Hoy no me da la gana. —Entonces, ¿quieres que lo vea? —le dije, y le di la vuelta para mirarlo a los ojos.
Asintió, con una sonrisa de perrito bueno, y se sacó la camiseta. Me encanta su cuerpo: plano, definido, con esas marcas suaves de los injertos de pecho, los pezones más oscuros que el resto, como si la piel le hubiera guardado un secreto. Pero lo que más me excita, lo que me hace perder el hilo de lo que digo cuando está encima mío, es su pito. No es grande, mide unos catorce centímetros flojo, pero es grueso, ligeramente curvado hacia arriba, y tiene esa veina que se le marcará cuando lo tengo entre las manos. Me encanta que se ponga rojo cuando le chupo, que se ponga tieso como una vara de plátano maduro, y que me mire fijo a los ojos mientras lo hace.
Esa noche, después de comer un poco de postre (un flan con canela que le encanta), me senté en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá, y le hice señas para que se pusiera de rodillas frente a mí. Me miró con esa sonrisa de “¿en serio?” y yo le tomé la mano, se la puse sobre mi muslo, y le dije: —Quiero que me mames tú también. Hoy quiero sentirte.
Él se relajó, como si por fin hubiera entrado en su territorio. Se desabotonó el pantalón con calma, bajó la cremallera, y sacó su pito. Ya estaba medio duro, pero no por completo —como si esperara que yo lo despertara del todo. Me acerqué, lentamente, y le besé la punta, con la lengua pegada al glande, sabiendo que le encanta que lo haga así, como si lo estuviera probando antes de llevarlo a la boca. Me reí entre dientes y le dije, en voz baja: —Qué rico está tu pito, mi amor.
Él soltó un suspiro largo, como si le hubiera quitado un peso de encima. Me tomó de la cabeza, no con fuerza, pero con seguridad, y me dijo: —Mámelo, Fernanda. Que te lo mereces.
Y lo hice. Lo hice con ganas, con curiosidad, con miedo de hacerlo mal, pero sobre todo con deseo. Le chupé la punta, lo lamí todo, de abajo hacia arriba, como si quisiera saber cuánto de él cabía en mi boca. Luego lo tomé con las dos manos, lo apreté suavemente, y lo metí hasta la mitad. Me gustó su olor, limpio, con un toque salado que me recordó al mar de Cartagena en verano. Él me miraba, con los ojos cerrados, mordiéndose el labio, y me decía: —Sí… así… más suave… —¿Quieres que te mame todo? —le pregunté, mientras lo acariciaba con la palma. —Sí, mija… que te lo mereces.
Entonces, lo tomé con más profundidad, lo hundí hasta la raíz, hasta que sentí sus dedos apretando mis mejillas, y su respiración se aceleró. Lo sentí temblar, y supe que se estaba acercando. Le di un beso en la punta, lo lamí una última vez, y lo dejé salir de mi boca con un *pop* suave. Él se puso de pie, me levantó con una sola mano (sí, ese hombre es fuerte), y me sentó en el sofá. Me subió la falda, me separó las piernas, y me metió dos dedos. Me gustó cómo lo hizo: lento, midiendo, como si supiera que yo también soy sensible. Me lamí los labios mientras me giraba la punta del pezón con el pulgar, y le dije: —Sí, Mateo… que sí me mame.
Se inclinó, me besó en el cuello, y me susurró: —¿Quieres que te meta el pito? —Sí, rico… que sí me lo metas.
Me puse de lado, con la rodilla doblada, y él se puso detrás, con su pene ya bien tieso, la punta mojada de mi saliva. Me rozó el ano, luego la vulva, y me empujó un poco con la punta para que me abriera. Le dije: —Tranquilo… que yo te lo dejo entrar.
Y lo hizo. Me lo metió de una, todo de golpe, y yo solté un grito ahogado. Me gustó cómo se sentía, cómo se llenaba dentro de mí, cómo su cuerpo se pegaba al mío, sudoroso y caliente. Me agarró de las caderas y empezó a moverse, con movimientos cortos pero fuertes, como si le hubiera dado permiso para salirse de sí mismo. Le dije que sí, que más fuerte, y me dio una palmada en el culo, con fuerza, pero no me hizo daño. Me gustó. Me puso más humana. Me puso más suya.
Se aceleró, y yo le puse la mano en la polla, sentí cómo se ponía más dura, cómo le temblaban los músculos del cuello. Me giró la cara, me besó en la boca, y me dijo: —Voy a salir, Fernanda… que no me salga dentro, que no quiero que se note. —No te preocupes, rico… que ya sé cómo controlarlo.
Y así fue. Se retiró justo cuando se le iba a salir, y se puso de pie, con la polla en la mano, y se corrió sobre su propio pecho. Me encantó verlo así: sin vergüenza, sin tapujos, con la respiración pesada, con la cara roja y los ojos cerrados. Me levanté, le tomé la mano, y le dije: —Déjame limpiarte.
Lo hice con un pañuelo de algodón, lento, besándole la punta del pene mientras lo hacía. Él me abrazó y me dijo: —Gracias, Fernanda. —Por qué, si tú me lo haces sentir viva.
Y sí, es así. Con Mateo, no tengo que disimular quién soy. Ni qué me gusta. Él me ama con todo y con nada, y yo lo amo con todo su cuerpo —y con su historia, con sus miedos, con sus ganas de ser simplemente él. Y sí, hoy le mame el pito, y mañana lo haré de nuevo. Porque cuando amas a alguien, no te importa si su anatomía es distinta. Lo que te mata es que te mire como si fueras el único lugar donde quiere estar.
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