Cuando la vecina me pidió que le garchara el culo con los dedos hasta que se corrió gritando
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En esa casa de la esquina, donde las persianas siempre cerradas y el olor a incienso le daban aire de templo prohibido, vivía Martina. Treinta y pico, pelo negro como alquitrán, senos pesados que le colgaban cuando caminaba con esa postura de gata cansada, y una sonrisa que decía: *vení, te voy a morder la lengua*. Joaquín, vecino de puerta con puerta, la había visto cientos de veces: saliendo en pantalón ajustado, subiendo escaleras con la falda pegada al culo, sentada en el balcón con una copa de vino y los ojos cerrados, saboreando el aire. Pero nunca había cruzado la línea. Hasta el miércoles, cuando el cortocircuito en su casa la dejó sin luz, sin agua y con el aire acondicionado muerto.
—¿Vos tenés un generador? —le preguntó, asomando la cabeza por la reja del jardín, sin disimular el temblor en los labios.
—Tengo más que eso —respondió él, abriendo la puerta.
La llevó al living, frío y oscuro, con una sola vela encendida sobre el sofá. Se sentaron juntos, no por cercanía, sino por necesidad: el calor era asfixiante y el viento no entraba. Ella, con esa media sonrisa que le conocía desde hacía meses, le rozó la rodilla con la suya.
—Sos un ángel, Joaquín.
—Los ángeles no se acuestan con vecinas —respondió él, sin apartar la vista de su cuello, donde sudaba en pequeñas perlas.
—Y los demonios sí —susurró, acercando su boca a su oreja.
Entonces lo besó. No con timidez, sino con hambre de años. Su lengua entró, profunda, como si lo hubiera estado esperando desde siempre. Joaquín le acarició la nuca, sintió el calor de su piel, el latido de su arteria carótida. Ella se deshizo del top, y los pechos le cayeron suaves sobre su pecho, pesados, redondos, con pezones duros como guijarros.
—Me tenés ganas, ¿no? —le preguntó, apretando su pene ya medio duro contra su muslo.
—Sí.
—Entonces no me preguntes si sí o no. Vamos a hacerlo. Pero primero… —se incorporó, agarró su mano y se la llevó hasta la ingle—. Quiero que me garches el culo.
Él la miró, sorprendido.
—¿Ahora?
—Ahora. En el sofá. Con los dedos. Hasta que me corra gritando.
Se quitó el pantalón y la ropa interior en un movimiento fluido. Se puso de espaldas sobre el sofá, piernas abiertas, culo elevado. Él se arrodilló entre ellas, sintió el olor a mujer madura, dulce y terroso. Le separó las nalgas con las manos, observó el anillo oscuro, húmedo ya por la excita. No usó lubricante: la entró despacio, con el dedo índice primero, viendo cómo se estiraba, cómo jadeaba.
—Más —gimió.
Meter el segundo fue como empujar una puerta que sabía que cedería. Lo hizo con calma, curvando los dedos, buscando ese punto de atrás que la hacía retorcerse. Martina soltó un gemido largo, gutural, como si le hubieran arrancado un secreto. Joaquín la sentó sobre sus rodillas, con el culo hacia atrás, y siguió metiéndole los dedos, girando, acelerando, sintiendo cómo su cuerpo se contrajo, cómo su piel sudaba, cómo su respiración se volvía entrecortada.
—Joaquín… —la voz le temblaba—. No puedo más… Quiero que me lo saques con la boca.
Él se giró, le dio la vuelta, le separó los labios con la lengua, y comenzó a lamerla. Le chupó el clítoris como si le estuviera robando la vida, y mientras, siguió metiéndole los dedos. Ella gritó, una vez, dos veces, tres. Sus manos aferraron su cabeza, su pelo, su nuca, como si lo estuviera clavando allí.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Dedos, lengua, mierda! ¡Me voy, Joaquín! ¡Me voy!
Y se corrió, arqueando la espalda, con los ojos cerrados, los dientes apretados, el cuerpo temblando. Joaquín la sostuvo, sin soltarla, hasta que su cuerpo se relajó y sus labios se abrieron en una sonrisa cansada.
—Ahora… —dijo ella, tomando su pene ya duro como una piedra—. Quiero que me lo metas en la concha. Pero tranquilo. No me lo corras adentro. Solo quería sentirlo. Solo quería saber cómo es estar con vos.
Y así fue. Él la tomó suavemente por la cintura, la elevó un poco, la bajó sobre él, lenta, hasta sentir su concha cerrarse alrededor de su pene. No se movió. Se dejó llevar. Ella subió y bajó, con lentitud, con mimo, hasta que él, sin poder resistirlo, la sujetó por las caderas y la corrió dentro de ella, sin entrar del todo, sin dejarse ir del todo. Ella lo sintió, lo aceptó, y se corrió otra vez, esta vez con él.
Fuera, la ciudad seguía vibrando. Pero allí, en ese living oscuro, el calor seguía, y el silencio, ya no era de soledad. Era de after.
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Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.