Cuando el capataz me encerró en el almacén a las tres de la madrugada

Cuando el capataz me encerró en el almacén a las tres de la madrugada

@valeria_storm ·20 de octubre de 2026 · 🔥 4.1 (8) · 13 lecturas · 7 min de lectura

Yo nunca pensé que me volvería tan dócil con un jefe.

Es broma… aunque no del todo.

Trabajaba en la tienda de ferretería y repuestos que el tío Raúl abrió hace veinte años. Yo era el encargado del almacén: inventario, empalmetes, mover cajas, hacer listas de pedidos. Un trabajo de mierda, sí, pero estable, con sueldo decente y un par de días libres al mes. Lo peor era el calor en verano, el polvo de madera y metal, el olor a grasa vieja y aceite quemado.

Pero lo peor —o lo mejor, según cómo se mire— llegó un jueves a las 2:57 a.m.

Llovió toda la noche. El almacén era una caja de metal con techo de asbesto, así que cuando caía el agua, se oía como si te estuvieran golpeando con palos de lluvia. Yo me quedé hasta tarde arreglando un pedido urgente para un cliente de Guadalajara: tubos de PVC, llaves de esfera, un par de bombas de agua. El tío Raúl se fue a las dos, como siempre. Me dejó las llaves, me dijo: “Oye, si falta algo, me avisas, pero no te quedes hasta el alba, que ya se puso feo el cielo”.

Yo me quedé. Porque sí. Porque el pedido estaba a medio empalmetar y porque… no, no porque nada. Solo me quedé.

Y entonces sonó el teléfono.

No el celular. El fijo del escritorio, el que casi nadie usa. Un teléfono viejo, de disco, con una bocina que crujía como si tuviera miedo de hablar.

—¿Sí? —dije, sin levantar la vista del inventario.

—¿Vale? —preguntó una voz. Femenina. Profunda, como si la hubieran forzado a bajar un tono por error.

—Sí, soy yo —respondí, medio dormido, medio cansado.

—Soy yo. Leticia.

Me levanté. Rápido. El corazón me dio un volantazo en el pecho.

Leticia era la nueva supervisora de logística. Venía de Monterrey, decía. Alta, morena, con ojos que parecían vidrio bajo el sol. Y una forma de caminar… como si cada paso fuera un reto. No me había hablado nunca en persona. Solo correos. Fríos, profesionales, con firmas largas y con puntos y comas bien puestos.

—¿Qué pasa? —pregunté, intentando sonar normal.

—¿Me dejas entrar?

—¿Ahora? —miré el reloj del celular. 3:02 a.m.

—Sí.

—¿Y si no te dejo?

—Entonces me voy. Y mañana le digo al tío Raúl que el almacén no tiene seguridad.

Me riñó. Como si yo no supiera que el tío Raúl se fijaba menos en eso que en si le sobraban tuercas.

—Está bien —dije—. Pásate por la puerta trasera. La pequeña. La que no cierra bien.

No me respondió. Solo colgó.

Dos minutos después, la escuché. Los pasos secos en el concreto mojado, el crujido de sus botas. Luego, la puerta. Esa puerta vieja, que chirría como si le doliera abrirse. Y ahí estaba: Leticia. Pantalón negro ceñido, blusa blanca abierta hasta el ombligo, cabello mojado por la lluvia, dos rastas de agua en las sienes. No llevaba maquillaje. Tenía los labios más rojos que el resto.

—Gracias —dijo, entrando.

—¿No tenías llave?

—Me la rogué al guardia. Me dijo que me diera prisa.

—¿Y por qué viniste?

Ella se acercó. No corrió. No caminó. Se deslizó. Como si supiera exactamente cuánto quería que se acercara.

—Porque me dijeron que eras bueno para lo que requiere… paciencia.

Me miré las manos. Tenía una cicatriz en el dedo índice de un corte con alambre. Manos de trabajador. Manos de hombre que ha tenido que sujetar cosas fuertes.

—¿Y qué es lo que requiere paciencia?

Ella se detuvo frente a mí. A un palmo. Me olía a lluvia, a jabón de vainilla y a algo más: algo dulce, algo peligroso.

—Lo que quieras que sea.

No lo dije. Pero lo sentí. El silencio entre nosotros se hacía más denso que el aire del almacén. Me acordé de cómo me miró la primera vez que pasó por el almacén: no como si fuera un simple encargado, sino como si ya me hubiera visto desnudo.

—¿Te gusta el frío? —preguntó.

—¿Del aire acondicionado?

—No. Del frío que se pone en la piel cuando alguien te mira y tú ya sabes que no puedes volver a ser el mismo.

Me mordí el labio. Me dolía. Pero no lo solté.

—¿Y si no quiero ser diferente?

Ella sonrió. Pequeño. Solo un lado de la boca. Como si supiera que ganaría.

—Entonces me pides que me vaya. Y yo me voy. Pero tú sabes que no lo harás.

Tenía razón.

No la pedí que se fuera.

Me puse de pie. lentamente. No como si fuera a atacarla. Como si me estuviera presentando. Como si me hubiera quitado el uniforme de papel y ahora estuviera solo, con mi cuerpo, con mi respiración, con todo lo que llevaba dentro.

—¿Qué quieres? —pregunté, esta vez, con la voz un poco más baja.

—Quiero que me ayudes a cargar una caja.

—¿Aquí? ¿Ahora?

—¿Dónde más?

—Está bien.

Ella se volteó. Me mostró la espalda. La blusa le quedaba ajustada, pero no por dentro del pantalón. Algo entre la tela y la piel. Algo que quería salir.

—¿Me ayudas?

—¿La caja?

—Sí.

—¿Dónde está?

—Está aquí.

Se giró. Y entonces me dio la espalda otra vez. Pero esta vez, sin esperar. Me puso las manos sobre los hombros. Y luego bajó. Lentamente. Tan lento que sentí cada milímetro. Hasta que sus dedos tocaron la cintura de mi pantalón.

—¿Sientes eso? —preguntó.

—Sí.

—¿Qué sientes?

—Calor.

—No. Lo que sientes debajo.

Me quedé quieto. Como si estuviera paralizado. Como si el aliento se me hubiera atorado.

—Tú me sientes. Y yo te siento. Pero tú no me tocas. Porque tú eres bueno. Y yo soy… exigente.

Me volví. Para mirarla de frente. Para ver si era una broma.

Pero no lo era.

—¿Quieres que te toque? —pregunté.

Ella no respondió. Solo sacó un pañuelo rojo del bolsillo trasero del pantalón. Lo puso sobre la mesa de metal. Lo dejó ahí, como si fuera una ofrenda.

—¿Te gustan los colores fuertes?

—Sí.

—Entonces no me toques.

—¿Cómo?

—No me toques. Sujétame. Con eso.

—¿Con el pañuelo?

—Sí.

Me acerqué. Tomé el pañuelo. Lo sentí suave, pero fuerte. Como si hubiera estado en otras manos antes.

—¿De qué color es tu culo?

—¿Qué?

—¿De qué color?

—Moreno. Natural.

—¿Y tus pechos?

—También morenos.

—¿Y tu verga?

—¿Cómo?

—¿De qué color?

—Roja.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no me la he sacado aún.

—Entonces te la voy a sacar.

Me puse frente a ella. La tomé por la cintura. La levanté. Como si fuera una caja. Como si no pesara nada. La senté sobre la mesa de empalmetes. El metal frío. El olor a metal. El olor a ella.

—¿Te gusta esto? —pregunté, con la mano sobre su muslo.

—Sí.

—¿Y si te digo que te voy a coger hasta que no puedas caminar?

—Entonces te diré que ya me estoy mojando.

—¿Quieres que te quite la blusa?

—Sí.

—¿Quieres que te saque los pechos?

—Sí.

—¿Quieres que te chupe hasta que te tiemble la lengua?

—Sí.

—¿Quieres que te meta la verga y te cargue como una carga pesada?

—Sí.

—¿Y si te digo que te voy a hacer gritar tu número de control?

—Entonces te diré que ya lo hice.

Me incliné. Le besé el cuello. Le mordí la piel. No fuerte. Pero sí. Suficiente para que me sintiera.

—¿Te llamas Leticia?

—Sí.

—¿Y qué pasa si el tío Raúl entra?

—Entonces le digo que eres mi novio.

—¿Y si no lo cree?

—Entonces le digo que me cogiste como una esclava.

—¿Y qué pasa si él te cree?

—Entonces ya no te dejo ir.

Me levanté. Le subí la blusa. Le dejó los pechos al aire. Morenos. Redondos. Con pezones que parecían frutas pasadas por fuego. Los toqué. Con las yemas. Con las palmas. Con la boca. Le chupé. Le

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Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.

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