Cerveza, sal y sudor

Cerveza, sal y sudor

@el_anonimo ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

La puerta del garaje se abrió con un chirrido cansado y el olor a humo de leña, cerveza y sudor se mezcló en el aire del patio como una promesa mal disimulada. Elena —rubia, de ojos claros, piel blanca y fina como papel de arroz— se inclinó para sacar una caja de cartón de la parte trasera de su camioneta. El top de encaje negro se le subió un par de centímetros por la cintura, mostrando una línea delgada de vientre plano, y el sol de la tarde le dio de lleno en las piernas, largas, tersas, sin vello. El calor ya era de noche y el cielo, pintado de naranja y púrpura, parecía una lengua lamiendo lentamente el horizonte.

—¿Te importa que entre? —preguntó Carlos, y su voz sonó grave, arrastrada, como si hubiera estado hablando toda la tarde y aún no se hubiera cansado.

Elena lo miró de reojo. Carlos.Mexicano. Moreno. Ojos oscuros, piel bronceada por años de trabajar al aire libre, barba bien cuidada pero con algunos pelos canos que se le perdían en la mandíbula. Se llevaba una cerveza a los labios, la botella fría contra su piel caliente, y la mirada que le lanzó no era de disculpa, sino de desafío, de confianza, de algo que ya había empezado antes de que dijera aquello.

—Si no entras, ¿cómo vamos a ver qué hay dentro de la caja? —dijo ella, y se le puso la piel de gallina al oír cómo le tembló la voz, aunque fingía desdén.

Carlos entró sin pedir permiso, y la puerta del garaje se cerró tras él con un golpe seco. El espacio estaba lleno de herramientas, cajas apiladas, un viejo sofá con manchas de vino y una mesa de madera con una botella vacía de mezcal. El aire se hizo más espeso, más húmedo. Elena se volvió, apoyó una cadera contra la mesa y se cruzó de brazos. El encaje negro se tensó sobre sus pechos, redondos, firmes, con pezones oscuros que ya se le habían endurecido solo con la mirada de él.

—¿Qué hay en esa caja, Elena? —preguntó Carlos, dejando la cerveza en la mesa y acercándose. Cada paso sonaba como un latido.

—Abre y ve.

Él se agachó, deshizo los cordones y levantó la tapa. Dentro: un frasco de aceite de almendras, una caja de preservativos de sabor a fresa, y una botella pequeña de sal marina en polvo.

—¿Esto es una cena romántica o un reto? —dijo él, alzando una ceja.

—Depende de ti.

Carlos se puso de pie, sin apartar los ojos de ella. Se desabrochó el cinturón con un clic seco, desabotonó el jeans y bajó la cremallera. El tejido cayó hacia abajo y se le arrugó en las rodillas. Elena no se movió, solo lo miró. Su verga estaba ya medio dura dentro del calzoncillo de algodón gris. Grande. Ancha. Con la cabeza morena y ligeramente inclinada hacia un lado.

—Quítate eso —dijo él, señalando su top.

Elena levantó las manos, se las pasó por la espalda y desabrochó el sujetador con un clic casi imperceptible. Se lo sacó por la cabeza y lo dejó caer al suelo. Sus pechos cayeron suaves, pesados, con pezones ya rígidos, oscuros como bayas maduras. Carlos respiró hondo. Se quitó el calzoncillo y su verga saltó hacia adelante, negra, hinchada, con el prepucio casi completamente retirado, mostrando la cabeza húmeda y brillante.

—Me has estado mirando desde ayer en el supermercado —dijo él, acercándose—. Con esa mirada de quién sabe qué.

—Y tú me miraste a mí —respondió ella—. Cuando pasaste con tu camioneta, bajando la ventana, con esa sonrisa de maldito.

Carlos le tocó la cintura, la arrastró hacia él, y la besó. No fue suave. Fue húmedo, fuerte, con lengua que le invadió la boca, con sabor a cerveza y sal y algo más, algo animal. Elena le mordió el labio inferior y él soltó un gruñido. Le agarró el pelo y lo tiró hacia atrás, exponiéndole el cuello. Carlos lamió la curva de su garganta, mordió su clavícula, bajó con la lengua por el hueco entre sus pechos, y uno de sus pezones lo tomó entre los dedos, lo torció con cuidado, luego con más fuerza.

—Dime qué quieres —susurró él, con la boca pegada a su oído.

—Que me jodas como si no supieras mi nombre.

Carlos la levantó de un jalón, la sentó en la mesa, le separó las piernas con las suyas. Le deslizó los pantalones por las caderas y luego la tanga de encaje. Elena se levantó un poco, apoyó las manos tras ella, y se abrió de piernas, mostrándole su culo, redondo, terso, con la fisura clara, húmeda ya por el deseo. Carlos se acercó, le rozó con la punta de la verga su entrada, y la presionó un poco, hasta que el orificio se abrió, se expandió, y la punta entró. Ella soltó un grito ahogado, pero no se movió. Carlos la miró a los ojos mientras empujaba más, lento, hasta que su pelvis chocó contra su culo.

—Te tengo dentro, Elena —dijo él, y su voz sonó ronca, rota.

Elena le agarró los brazos, lo apretó contra sí, y arqueó la espalda, mostrándole más pecho, más cuello. Carlos empezó a moverse. No era un ritmo. Era una necesidad. Una embestida tras otra, con la verga entrando y saliendo con fuerza, rozando su clítoris con cada golpe, húmeda ya su piel, salada por el sudor que le corrido por las sienes, por el cuello, por el pecho. Ella gemía, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos, la boca entreabierta como si estuviera ahogándose en él.

—Mierda, Elena… me vas a matar —dijo él, y la agarró por las caderas con fuerza, le clavó los dedos en la carne, y la embestida se volvió más rápida, más brutal.

Elena se arqueó, sintió cómo su cuerpo se cerraba, cómo el vientre se le tensaba, cómo el clítoris se le hinchó y latió una, dos veces, y luego explotó. Gritó, no con voz de mujer, sino con un grito de animal herido, de quien ya no puede más. Y Carlos, sin pensar, sin control, se empujó hasta lo más hondo, sintió cómo su verga se le hinchó dentro de ella, cómo su cuerpo se contrajo, cómo el semen le explotó dentro, cálido, espeso, como leche hirviendo.

Se quedaron así un rato. Carlos apoyó la frente en su hombro, sus respiraciones entrecortadas, el sudor les pegaba la piel. Elena aún sentía la verga de él latiendo dentro de ella, lenta, pesada, como un corazón que no quería rendirse.

—¿Otra cerveza? —preguntó ella, y por primera vez, le sonrió.

Carlos se retiró despacio, dejando un rastro húmedo en su interior. Se puso de pie, se limpió con la manga de la camisa, y le pasó un dedo por la entrepierna.

—Sí —dijo—. Pero después me muestras qué más hay en esa caja.

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