Bajo el Sol de Medellín — Parte 2
La boca de Diego no perdonaba. Besaba como si quisiera tragársela entera, con una mezcla de hambre y devoción que a Valeria le encendía cada fibra del cuerpo. Sentía el calor del pito de él marcándole el vientre, duro como una promesa que no iba a quebrarse. Él le tenía las manos en la cadera, apretándola contra su cuerpo, mientras el vestido resbalaba por sus brazos y caía en un susurro de seda al suelo.
—Qué rico te ves así —murmuró Diego, separándose apenas un centímetro para mirarla. Ella llevaba solo un brasier negro, fino, y unas bragas del mismo color que apenas le tapaban el culo prieto y redondeado. El sudor le brillaba en el escote, en el cuello, en las axilas, como perlas de deseo acumulado bajo el sol de Medellín.
—No te quedes ahí parado —dijo ella, con voz ronca, desafiante—. Si me querías así, ahora mírame bien.
Él sonrió, lento, con esa sonrisa de macho que sabe lo que tiene y lo que quiere. Con una sola mano, se desabrochó el cinturón. El sonido del metal al caer al suelo fue como un disparo en la quietud del apartamento. Luego, el pantalón, luego los calzoncillos. Su pito salió como un puñal, grueso, largo, con una vena marcada que latía al ritmo de su respiración agitada.
Valeria tragó saliva. No lo miró de frente. Lo miró como quien descubre algo prohibido, algo que sabe que no debería tocar, pero que ya no puede evitar. Dio un paso atrás, sin despegar los ojos de él. Se sentó en el sofá, despacio, abriendo las piernas apenas lo suficiente para que él entendiera el mensaje.
—Ven —dijo—. Pero despacio. Como dijiste.
Diego avanzó con los pies descalzos sobre la alfombra. Cada paso sonaba como un latido. Cuando estuvo frente a ella, se detuvo. Ella alzó una mano y le acarició el muslo, subiendo con la yema de los dedos por la piel morena, tensa, cubierta de un vello suave. Llegó al borde del pito, lo rozó apenas. Él contuvo el aliento.
—¿Así de lento? —preguntó ella, con una sonrisa pícara.
—No —dijo él—. Así de lento no aguanto.
Y sin más, se arrodilló frente a ella. Le separó las piernas con cuidado, con devoción, y le bajó las bragas por las caderas, muy despacio, como si estuviera deshojando una flor. El vello de su coño era negro, tupido, húmedo ya de deseo. Diego acercó la nariz, aspiró profundo.
—Hueles a puta chimba —murmuró.
Y entonces, sin pedir permiso, le abrió los labios con los dedos y le dio la primera lamida: larga, profunda, desde el culo hasta el clítoris. Valeria gritó. Se arqueó. No se esperaba que fuera así, tan directo, tan certero. Diego volvió, otra vez, y otra. Le lamía como si fuera un manjar, con devoción, con hambre, con una mezcla de respeto y necesidad que la volvía loca.
—¡Ay, no! ¡No pares! —gritó ella, agarrándole el pelo con ambas manos.
Él no paró. Le metió dos dedos de golpe, los movió en círculos, mientras con la lengua le atacaba el clítoris, lo chupaba, lo mordía suave, lo lamía como si quisiera arrancárselo de placer. Valeria sentía que el mundo se le iba, que el corazón le iba a estallar, que algo en su interior se deshacía en mil pedazos. Gritó, gritó otra vez, y cuando el orgasmo le llegó, fue como una ola que la sacudió entera, que la hizo temblar, que la dejó sin aire.
Diego se levantó, lento, con los labios brillantes, con la mirada encendida.
—¿Y ahora? —preguntó ella, todavía jadeando, con los ojos vidriosos.
—Ahora —dijo él—, me toca a mí.
Se sentó en el sofá, con el pito tieso apuntando al techo. Le tomó la mano a Valeria y se la puso encima.
—Hazlo —dijo—. Como quieras. Pero no pares.
Ella lo miró, con los ojos entrecerrados, con el alma todavía temblando. Luego, con una sonrisa lenta, se arrodilló frente a él. Le tomó el pito con ambas manos, lo acarició de arriba abajo, lo apretó suave. Luego, sin avisar, se lo metió en la boca.
—¡Coño! —gritó Diego, echando la cabeza atrás.
Ella lo mamó con ganas, con hambre, con una mezcla de dulzura y fiereza que lo volvía loco. Subía y bajaba, lo tomaba hasta el fondo, lo chupaba como si quisiera tragárselo entero. Le lamía la punta, le mordía suave el glande, le acariciaba las bolas con una mano mientras con la otra le apretaba la base.
—Valeria… Valeria, para —dijo él, con voz ronca—. Si no quieres que me venga ya, para.
Ella sonrió, se separó, y se puso de pie. Dio un paso, se sentó encima de él, de espaldas, con el culo pegado a su abdomen. Diego le rodeó la cintura con los brazos. Ella tomó el pito con una mano, lo guió hasta la entrada de su coño, y muy despacio, muy lento, se dejó caer.
—¡Ay, Dios! —gritó, sintiendo cómo se llenaba por completo.
Él la agarró de las caderas, la ayudó a subir y bajar, a moverse como una ola. Ella gemía, se retorcía, sentía el pito de él en cada rincón, en cada pliegue. El sudor les brillaba en la piel, se mezclaban sus respiraciones, el aire del apartamento olía a sexo, a deseo, a piel caliente.
—¿Así de lento? —preguntó ella, entre jadeos.
—No —dijo él—. Así de lento no aguanto tampoco.
Y sin más, la tomó, la levantó, la llevó al dormitorio. La tiró sobre la cama, le abrió las piernas y entró de nuevo, de un solo empujón. Ella gritó, se aferró a las sábanas, y cuando él empezó a moverse, supo que no iba a durar mucho. Pero no le importó. Quería eso. Quería todo. Quería que él la llenara, que la marcara, que le hiciera olvidar hasta su nombre.
Y así, bajo el sol de Medellín, con el ruido de la ciudad de fondo y el eco de sus gemidos en las paredes, dos cuerpos se fundieron en uno solo. Como si el deseo, al fin, hubiera encontrado su forma perfecta.
¿Te ha gustado? Valóralo