Una tarde en casa de la vecina
El calor de enero en el barrio era de los que se clava en la piel, espeso y lento, como una caricia pesada que no se puede sacudir. Las persianas de aluminio de la casa de Graciela estaban medio bajadas, apenas un resquicio de luz entraba, rayando el piso de madera con franjas amarillas. Ella estaba sentada en el sillón de dos cuerpos, con las piernas abiertas, descalza, el vestido de verano arremangado hasta los muslos. Vos tenés unas piernas de puta, le había dicho él la primera vez que la vio en el pasillo, sin pelos en la lengua, y ella se reía, mirándolo de reojo, con esa boca roja que parecía hecha para morder.
Él era el nuevo del edificio, recién mudado al departamento de enfrente. Treinta y dos, alto, barba de dos días, camiseta ajustada que dejaba ver los brazos fuertes. Ella, cuarenta y ocho, viuda desde hacía tres años, con el cuerpo bien cuidado, las tetas aún firmes bajo el sostén negro que asomaba por el escote. No se habían tocado, pero el aire entre ellos ya estaba cargado, como si el deseo fuera un animal invisible que se enroscaba en cada mirada, en cada "buenos días" con voz baja.
Hasta ese día. Ella le pidió ayuda con la persiana atascada. Él subió, con la llave inglesa en la mano, y cuando entró, el olor a colonia barata y sudor femenino lo golpeó. Graciela estaba parada frente a la ventana del living, con la espalda arqueada, intentando bajar la persiana con las manos. Vos no vas a bajar nada así, dijo él, acercándose. Ella se dio vuelta, con una sonrisa que no llegaba a disimular el fuego en los ojos.
—Mirá cómo se pone mi pija con vos al lado —le dijo, sin tapujos, ajustándose la bragueta.
Ella no se asustó. Solo lo miró, con los labios entreabiertos, y dijo:
—Vení, entonces. A ver si es tan grande como digo yo.
Él se acercó despacio, la llave inglesa cayó al suelo con un ruido seco. Le puso una mano en la cadera, luego en el culo, apretándolo con fuerza. Ella emitió un gemido corto, como si la hubieran sorprendido, pero no se apartó. Al contrario, se pegó más, restregando su concha contra el bulto de la bragueta. Él le agarró el pelo con una mano, tiró un poco hacia atrás, y le metió la lengua en la boca. Ella abrió la suya, húmeda, caliente, y empezaron a besarse como si no hubiera un mañana, con ansiedad, con ganas acumuladas.
La levantó del piso, como si no pesara, y la llevó al sillón. Le subió el vestido hasta la cintura, sin sacárselo, y ahí estaba: la concha, pelada, hinchada, con los labios separados como si lo estuvieran esperando. Él se arrodilló, le separó más las piernas, y le metió la lengua de una sola vez, sin pedir permiso. Ella gritó, un grito corto, agudo, y le agarró la cabeza con ambas manos.
—¡Sí, así, hijo de puta! —gritó—. ¡Lame más fuerte!
Él obedeció. Le chupó el clítoris, lo mordió suave, después fuerte, hasta que ella empezó a temblar. Le metió dos dedos de una, hasta el fondo, y ella gritó otra vez, con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás. Él sentía la concha apretándole los dedos, caliente, mojada, palpitante. Sabía que no iba a aguantar mucho más.
Se paró, se sacó la camiseta, y se desabrochó el pantalón. La pija le saltó afuera, dura, gruesa, con una gota de líquido en la punta. Graciela la miró, con los ojos brillantes, y dijo:
—Dale, cogéme. No quiero más preámbulos.
Él se subió encima, le separó más las piernas, y sin más, le metió toda la pija de una. Ella gritó, un grito largo, ronco, como si le hubieran partido el alma. Él se quedó quieto un segundo, sintiendo cómo la concha se ajustaba a su tamaño, cómo lo apretaba por dentro.
—¿Te duele? —preguntó, aunque sabía que no.
—No, garchame —respondió ella—. Todo.
Y él empezó a moverse. Lento al principio, luego más fuerte, más rápido. Cada embestida hacía que el cuerpo de ella se sacudiera, que los pechos se le movieran libres bajo el sostén. Le agarró una teta con una mano, le pellizcó el pezón, y siguió culeando. El sonido de la carne chocando contra carne llenaba el cuarto. Sudor, gemidos, el crujido del sillón.
—¡Sí, sí, así! —gritaba ella—. ¡Dale más fuerte, forro! ¡Cogéme como si fuera una cualquiera!
Él se corrió dentro. No pudo aguantar más. Le clavó las manos en las caderas, se enterró hasta las bolas, y explotó. Salió chorro tras chorro, caliente, espeso, llenándole el vientre. Ella se estremeció, y de golpe, se vino también, con un espasmo que le recorrió todo el cuerpo. Gritó su nombre, aunque no se lo había dicho, gritó como si estuviera muriendo.
Se quedaron así un rato, él encima de ella, respirando agitado, la pija aún adentro, perdiendo poco a poco la dureza. El calor del verano entraba por las rendijas de la persiana, pero a ellos no les importaba. Estaban en otro lugar.
Cuando él se salió, la pija resbaló con un sonido húmedo. Un hilo de semen le bajó por el muslo a Graciela, lento, pegajoso. Ella no se movió. Solo abrió los ojos, lo miró, y dijo:
—Mañana también tengo problemas con la persiana.
Él sonrió, se puso la ropa, y se fue sin decir palabra. Pero al día siguiente, a la misma hora, volvió. Y al otro. Y al otro. Porque una concha como esa, una boca que grita así, no se encuentra todos los días. Y él, que venía de una vida seca, de noches frías, había encontrado el infierno que necesitaba.
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