Una siesta entre esposos
El aire espeso de la siesta bajaba como una manta sobre la casa. En el pueblo, todo se detenía al mediodía: las gallinas se escondían bajo los naranjos, los perros dormían panzones sobre el cemento, y las ventanas se cerraban con celosía para no dejar entrar el sol de justicia. Pero en la recámara del fondo, la puerta estaba entornada, y del cuarto salía apenas un susurro de sábanas moviéndose.
Dentro, la luz amarillenta se colaba por un hueco de la persiana, dibujando rayas sobre el cuerpo de Lucía. Estaba recostada de lado, con la espalda desnuda y el pelo negro enredado en la almohada. Solo traía puesta una blusa abierta, y sus nalgas, redondas y firmes, se asomaban bajo la cobija ligera. No se había puesto sostén en todo el día, y no lo necesitaba: sus pechos, llenos y con los pezones oscuros, se mecían suaves con cada respiración.
Carlos, su marido, entró sin hacer ruido. Cerró la puerta despacio y se quedó parado un instante, viéndola. Hacía años que se habían casado, pero cada vez que la veía así, medio desnuda y dormida, se le paraba el alma. No se acercó de golpe. Se sentó en la orilla de la cama, sin zapatos, con la camisa sudada pegada al pecho. Le acarició la nalga con la yema del dedo, despacito, como si temiera despertarla. Pero Lucía ya estaba despierta. Abrió un ojo, luego el otro, y sin moverse, sonrió.
—¿Y qué, güey? ¿Ya se te antojó mi culo?
Carlos rio bajito, se inclinó y le besó la nuca. Le olió el cabello, el sudor suave de la siesta, la piel caliente.
—Siempre se me antoja. Pero más ahora, con este sol que te pone la piel como miel.
Ella se dio vuelta despacio, dejando que la blusa se le cayera del todo. Sus pechos quedaron al aire, y él no pudo evitar bajar la mirada. Lucía le tomó la cara con una mano y lo jaló para besarlo. El beso fue lento, profundo, con lengua y ansia contenida. Él le pasó la mano por el vientre, luego subió a un pecho, lo apretó sin violencia, y le mordió el labio.
—¿Te acuerdas cómo me gusta? —dijo ella, casi en un susurro.
—Claro que sí, chula. Desde que te conozco que no se me olvida.
Se quitó la camisa y luego los pantalones. Su verga ya se alzaba dura bajo el bóxer, y Lucía no perdió tiempo: le bajó la ropa interior y la tomó con la mano, frotándola despacio, desde la base hasta la punta. Él cerró los ojos, respirando fuerte.
—Déjame chingarte como a ti te gusta —dijo ella—, como cuando nos escapábamos a tu coche de joven.
Se subió encima de él, con las piernas a los lados, y se acomodó despacio. La verga de Carlos entró en ella con un gemido profundo. Estaba húmeda, lista, y se dejó bajar poco a poco, hasta que lo tuvo entero dentro. Se quedó quieta un momento, sintiendo cómo latía en su interior.
—Ah, carajo… —susurró Carlos, con los ojos en blanco.
Lucía empezó a moverse con calma, levantando y bajando las caderas, marcando un ritmo lento y profundo. La luz del sol seguía cruzando la habitación, iluminando el sudor en sus cuerpos. Él le agarró las nalgas con fuerza, ayudándola a subir y bajar, y cada vez que ella bajaba, se enterraba más.
—Así, mi vida… así, cabrón —jadeó ella—, hasta que me llenes.
Él no aguantó mucho. Entre el calor, el cuerpo de ella y el deseo acumulado, sintió que el orgasmo le subía desde las entrañas. Lucía lo sintió también, cómo se ponía más duro, más profundo, y aceleró el ritmo. Fue entonces cuando él la tomó de las caderas y, con dos embestidas fuertes, se corrió dentro de ella, con un gemido ronco que salió del fondo del pecho.
Ella se dejó caer sobre él, sudada, respirando agitada. Carlos le acarició la espalda, el pelo, la nuca. No dijeron nada. Solo el silencio de la siesta, el reloj de pared marcando los segundos, y el calor del amor compartido.
—Qué rico se te queda el sabor, güey —dijo ella al fin, con una sonrisa pícara.
Él rio, la abrazó fuerte, y sin sacar la verga todavía, la besó en la frente.
—Y a ti, mi reina, te queda mejor el culo sudado.
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