Una noche en la terraza del cuarto piso
7 minUna noche en la terraza del cuarto piso
La luz del sol ya se había desvanecido entre los edificios de Polanco, dejando una penumbra cálida que se colaba por las rendijas de las persianas entreabiertas del cuarto piso. Elena, de cincuenta y cinco años, cerró con llave la puerta del departamento, aún con el eco del teléfono de su hija repitiendo *“mamá, no te olvides de recoger a los niños el domingo”* en su cabeza. Se quitó los zapatos de taco bajo, los dejó alineados con precisión quirúrgica frente al clóset abierto, y se deslizó el suéter por los hombros. Quedó con una blusa de encaje color crema, medio desabotonada, y una falda ajustada que le marcaba las curvas de la cadera, esas curvas que ya no necesitaban esfuerzo para mantenerse: estaban ahí, quietas y firmes, como si el tiempo hubiera decidido respetarlas después de una larga guerra.
Escuchó el ruido leve del ascensor detenerse en su piso. No era su vecino del 402, ni el repartidor de comida, ni siquiera alguien que tocase por error. Era el paso pausado, seguro, de alguien que sabía exactamente a dónde iba.
—¿Elena? —la voz de Luis venía ya desde el pasillo, suave pero firme.
—En la terraza —respondió ella sin moverse, solo girando la cabeza hacia la puerta corrediza de cristal.
Luis, de cincuenta y dos, con el pelo canoso recortado al ras y las cejas siempre levantadas como si estuviera a punto de hacer una pregunta, entró sin esperar invitación. No era la primera vez, pero sí la primera que Elena lo dejaba entrar sin que el corazón le diera un golpe seco en el pecho.
La terraza era pequeña, pero con vista al parque y al cielo que ahora se tiñó de púrpura. Había dos sillas plegables, una mesa baja de madera, y una maceta de jazmín que olía a verano y a promesas rotas. Elena ya se había quitado la falda y llevaba puesta una camiseta blanca muy delgada, casi transparente, que dejaba entrever el bordado de su sujetador de encaje negro. No se había maquillado después del trabajo, y eso le gustaba: los labios sin brillo, las pestañas sin rastro de rímel, la piel de su cuello con esas pequeñas arrugas que le daban un aire de mujer que había vivido demasiadas risas y demasiados suspiros.
—¿Me preparaste algo? —preguntó Luis, sentándose en una de las sillas y observando cómo Elena se acercaba con una botella de tequila artesanal y dos vasos pequeños.
—Sí —dijo ella—. Pero si te pides algo, no te quejes cuando me bebo tus dos tercios.
Luis sonrió. Sabía que era una advertencia, pero también una invitación.
—Te lo mereces —dijo, tomando el vaso que ella le ofrecía. El tequila quemaba, pero bien. Caliente, sin exceso, como el sabor de Elena en la boca.
Elena se sentó frente a él, cruzó las piernas con lentitud intencional, y se inclinó ligeramente hacia adelante para apoyar los codos en las rodillas. La camiseta se le tensó sobre el pecho, y por un instante Luis sintió que el aire se volvía más espeso, como si el jazmín también estuviera conteniendo la respiración.
—¿Y las niñas? —preguntó él, intentando sonar casual.
—Con su papá. Me llamó hace rato para confirmar el recibo. Como si yo fuera capaz de olvidar.
—¿Y tú? ¿Te llamó también?
Elena lo miró a los ojos, y por primera vez esa noche, dejó que la sonrisa le llegara hasta la punta de los ojos.
—Luis, si me llamaran para *coger*, ya estaría vestida de nuevo.
Él soltó una risita baja, casi tímida, y se acercó un poco más. Las rodillas de ambos casi se tocaban. Elena no se movió. No hizo ademán de retroceder ni de acercarse. Solo lo miró, con esa mirada de mujer que ya no tiene nada que demostrar, pero todo que ofrecer.
—¿Quieres que te masajeé los hombros? —preguntó él, la voz más grave ahora.
—Si te atreves —respondió ella, levantándose con lentitud y alejándose un paso—. Pero avísame si te pasas.
Se acostó boca abajo sobre la manta que tenía en una silla, la camiseta subiéndole hasta la mitad de la espalda, dejando al descubierto la cintura estrecha y las curvas suaves de sus glúteos, que aún mantenían la firmeza de una mujer que corre a veces, que camina, que se mantiene en pie sin ayunar ni sufrir.
Luis se arrodilló detrás de ella, con las manos temblorosas por primera vez en años. No por miedo, sino por respeto. Por saber que lo que iba a hacer no era un capricho, sino un pacto silencioso entre dos cuerpos que se habían reconocido a distancia, por años.
Presionó los pulgares en sus trapecios, sintiendo cómo los músculos se relajaban, cómo el calor de la piel se le pegaba a las yemas de los dedos. Deslizó las manos hacia abajo, rozando la curva de sus riñones, luego las caderas, y por un momento, se detuvo.
—¿Así está bien? —preguntó.
—Sí —murmuró Elena, exhaling—. Pero si me duermes, no te culpo.
Él sonrió, bajó un poco más las manos, y esta vez las pasó por las nalgas, suaves y calientes, como si acariciara dos frutos maduros. Elena arqueó ligeramente la espalda, sin abrir los ojos, sin decir nada. Solo dejó que sus manos se quedaran ahí, quietas, como si el mundo se hubiera quedado sin luz, sin ruido, sin más que el olor a jazmín y tequila.
Luis se levantó. Elena no se movió. Él se puso a su lado, se quitó la camisa, y se recostó a su lado, sobre la manta. Con la mano izquierda tomó su rostro, le acarició la mejilla, luego el cuello, y finalmente, con cuidado, besó sus labios.
No fue un beso apresurado. Fue un beso de prueba, de reconquista, de confirmación. Elena respondió con la misma calma, abriendo la boca sin precipitación, permitiéndole entrar con su lengua, con su aliento, con su vida.
Se separaron un poco, solo lo suficiente para mirarse.
—¿Segura? —preguntó él, la voz rota.
Elena no respondió con palabras. Se sentó, se quitó la camiseta, y se puso de rodillas frente a él. Con una sola mano, desabrochó su blusa, dejando al descubierto el corsé de encaje que le apretaba suavemente el pecho. Con la otra, tomó su verga ya dura a través del pantalón, y le apretó una vez, suave pero firme.
—Ya no preguntes, Luis —dijo—. Vamos a chingar como si no hubiera mañana.
Él no esperó más. La atrajo hacia sí, la besó de nuevo, más fuerte, y cuando ella se inclinó para desabrocharle el pantalón, él la tomó de las muñecas y la levantó.
—En la cama —susurró—. Quiero verte cuando te llegue.
Elena asintió, y lo siguió al dormitorio, con los pies descalzos, el cuerpo aún tibio de tequila y deseo.
En la cama, él la miró como si nunca la hubiera visto antes: sus pechos redondos, los pezones oscuros y endurecidos, la línea oscura que bajaba desde su ombligo hasta el triángulo ya húmedo entre sus muslos.
—Eres hermosa —dijo, y esta vez fue ella quien lo besó, con los ojos cerrados y las manos temblorosas.
Elena se quitó el sujetador, se sentó a horcajadas sobre él, y se bajó con lentitud, dejando que su verga entrara, primero solo la punta, luego los primeros centímetros, hasta que todo su cuerpo se hundió en el calor húmedo de su interior.
No hubo gritos. No hubo movimientos bruscos. Solo el sonido de la respiración entrecortada, el roce de la manta bajo sus nalgas, y el gemido suave que salió de Elena cuando por fin lo sintió todo dentro de ella, apretado, vivo, suyo.
Luis le tomó las caderas y comenzó a empujar con suavidad, al principio, como si temiera romperla. Pero ella lo guió con las caderas, con la mirada, con la forma en que se inclinaba hacia atrás para que él pudiera verla, ver cómo su cuerpo respondía, cómo su pecho se movía con cada embestida, cómo sus labios se abrían sin poder evitarlo.
—Sí… sí, así —dijo ella, con la voz ya rota, con el tono de quien ya no se contiene.
Luis la giró suavemente, la puso boca abajo, le levantó las caderas
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