Una noche en el sofá después del cumpleaños de mi esposa
6 minUna noche en el sofá después del cumpleaños de mi esposa
Apenas cerré la puerta del cuarto, sentí el peso del silencio pesándome en los hombros. Elena estaba sentada en el sofá, envuelta en una bata de seda color vino que apenas cubría sus muslos, los pies descalzos apoyados en el cojín, el pelo suelto, ligeramente despeinado por la fiesta. Habíamos estado celebrando su cumpleaños con amigos, pero al final solo quedamos nosotros dos: ella, cansada pero sonriente, y yo, con el vino tinto still corriéndome por las venas como miel espesa.
—¿Te quedaste despierta esperándome? —pregunté, acercándome despacio, desabotonándome la camisa.
Elena giró la cabeza hacia mí, sus ojos oscuros brillando con una luz que no era solo la lámpara de pie. No respondió con palabras. Solo deslizó la lengua por el borde inferior de sus labios, lento, deliberado, como si ya estuviera saboreando lo que vendría. Se quitó un botón de la bata con un gesto perezoso, dejando al descubierto la curva suave de su pecho, la copa del sostén de encaje negro que apenas contuvo sus pechos, redondos y pesados, como si se hubieran inflado con la bebida y la emoción del día.
—Te vi mirándome toda la noche —dijo, voz baja, ronca, como arena frotándose con seda.
No negué. Había estado mirando. Mirando cómo sus caderas se mecían con la música, cómo su cuello se inclinaba cuando reía, cómo el vestido ceñido subía un poco cada vez que caminaba, dejando entrever la línea de su muslo, terso y cálido. Pero nada de eso era nuevo. Lo nuevo era la forma en que ahora me miraba a mí, como si me estuviera desvistiendo con los ojos, como si ya me hubiera desgarrado la respiración y me estuviera leyendo el pulso en la yugular.
Me senté a su lado, cerca, pero no tocándola. Sentí el calor de su piel antes de que mi mano la rozara. Mis dedos, aún tibios por el vino, deslizaron la tira de encaje de su bata hasta que el tejido se abrió del todo, cayendo en su regazo como una cascada silenciosa.
—Tu piel huebe a vainilla y a mi perfume —susurré.
Elena no respondió. Solo colocó una mano sobre mi muslo, con los dedos estirados, las uñas pulidas de rojo intenso. Apretó, sutilmente, como para recordarme que aún estaba allí, que aún me quería, que aún me deseaba con esa intensidad que a veces se apaga con los años y el rutina, pero nunca se extingue del todo.
—Quiero verte —dijo.
Levanté la camisa por encima de la cabeza, dejando al descubierto mi torso, mi vientre plano, mi pene ya medio endurecido por la proximidad de su cuerpo, por su olor, por el modo en que me miraba. Me deshice de los calcetines y los zapatos, y luego, con lentitud teatral, le quité los pantalones. Mis dedos se deslizaron por sus muslos mientras los bajaba, sintiendo la textura suave de su piel, la calidez de su cuerpo bajo el tejido del vestido.
—¿Te acuerdas de cómo te gustaba que te tocara aquí? —pregunté, deslizando los nudillos por el interior de su muslo, acercándome a la entrepierna.
Elena arqueó la espalda, un gemido corto escapándosele entre los dientes, apretados. —Sí —dijo—. Pero hoy… hoy quiero que me toques como si nunca hubiéramos estado juntos. Como si fuera la primera vez que me ves desnuda.
No era una exigencia. Era una invitación. Una provocación. Y yo la acepté.
Me incliné, besé su ombligo, luego deslicé la lengua por el borde del vestido, bajando suave hasta rozar el elástico de su bragas de encaje. Con los dedos, enganché el tejido y lo bajé despacio, dejando al descubierto su vulva, ligeramente hinchada, los labios oscuros, brillantes por la humedad que ya le había producido solo con mirarme. Mi pene palpitó, cada vez más firme, golpeando contra mi vientre con cada latido de su corazón.
—Maldita… —susurré.
No me detuve. Bajé más, abrí sus piernas con las manos, y apoyé la nariz contra su clítoris, ya endurecido, cubierto por un capuchón hinchado. Respiré su aroma: un mezcla de sal, miel y flores silvestres. Luego, con la lengua, le di un lamido largo, lento, desde su entrada hasta el nudo de su clítoris. Ella soltó un grito ahogado, los dedos apretando mi cabello, no con fuerza, pero sí con urgencia.
—Sí… sí, así —dijo, sacudiendo las caderas—. No pares.
Y no paré. Lamiendo, chupando, hundiendo los dedos en sus muslos mientras su respiración se volvía entrecortada. Sentí cómo sus músculos internos se contraían, como su vagina se humedecía más, como su cuerpo se rendía, poco a poco, bajo mi boca. Cuando la sentí a punto de explotar, metí dos dedos dentro de ella, curvados hacia arriba, acelerando el ritmo, imitando lo que luego haría con mi pene.
—¡Ah! —gritó, el cuerpo arqueado, los ojos cerrados, los labios entreabiertos. El orgasmo la sacudió como una ola de fuego, sus dedos clavándose en mi cuero cabelludo, sus caderas buscando más fricción, más profundidad, más placer.
Sin esperar a que se recuperara, me levanté, desabroché mi pantalón, lo bajé hasta las rodillas junto con la ropa interior. Mi pene, grueso y derecho, colgaba pesado, la punta húmeda de preseminal. Lo acaricié una vez con la palma, frotando el glande contra el pellejo del prepucio, y luego me posicioné entre sus piernas, que se abrieron automáticamente.
—Quiero sentirte dentro —dije, acariciando su muslo con la punta del pene.
Elena asintió, con los ojos cerrados, la boca entreabierta. Le separé los labios con los dedos y empujé con lentitud. Su vagina me acogió, cálida, húmeda, apretada como un puño suave. Un gemido profundo le escapó cuando entré hasta la raíz, cuando mis pelvis se unieron, cuando sentí su clítoris rozar contra el vello de mi vello púbico.
—Dios… —murmuró—. Tanto… tanto tiempo sin sentirte así…
Empecé a moverme. Lento al principio, para saborear cada centímetro, cada contracción de sus músculos internos. Pero pronto su respiración se volvió más agitada, sus caderas comenzaron a subir al encuentro de mis embestidas, y yo aumenté el ritmo. Mis manos le agarraron los muslos, los elevé, y la penetré con más profundidad, con más fuerza, sintiendo su interior temblar, vibrar, contraerse a mi alrededor.
—Mira me —le dije.
Elena abrió los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, su piel roja, sudorosa. Le acaricié la cara con la mano libre, le besé los labios, y seguí empujando, golpeando su interior con una fuerza que la hacía gemir, que la hacía soltar palabras sueltas, sin sentido, solo sonidos de placer.
—Sí… sí… así… más fuerte… quiero sentir tu semen dentro de mí… quiero sentir que me llenas…
Cuando sentí que me perdía, que la tensión alcanzaba su punto máximo, apreté sus caderas con fuerza, clavé mis dedos en su carne, y desaté el orgasmo. Mis testículos se contrajeron, y un chorro tras otro de semen espeso y caliente salió de mi pene, inundando su útero, su vagina, mientras ella se venía otra vez, gritando mi nombre como una plegaria, como una orden, como una promesa.
Me desplomé sobre ella, sudado, tembloroso, pero no me retiré. Dejé que mi pene se relajara dentro de su cuerpo, que el peso de mi cuerpo la aplastara suavemente, que su aliento caliente me acariciara el cuello.
—Gracias —susurró.
—Por qué —pregunté, besándole el hombro.
—Por recordarme que aún me quieres así —dijo, cerrando los ojos—. Con hambre. Con urgencia. Con todo.
Y así quedamos, abrazados, sudados, cubiertos de la misma humedad, el mismo olor, el mismo sabor. Fuera, la ciudad seguía su curso, pero dentro de esa habitación, el tiempo se había detenido, y todo lo que importaba era el latido de su corazón contra mi pecho, y el eco de su nombre en mi cabeza, repetido una y otra vez, como una canción que nunca querría olvidar.
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.