Una noche con la vecina del piso de arriba

Una noche con la vecina del piso de arriba

@valeria_storm ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 10 min de lectura

La lluvia golpeaba con furia contra los ventanales del edificio de Belgrano, ese tipo de tormenta de junio que no avisaba, que te atrapaba en mitad del atardecer y te obligaba a quedarte adentro. Valentina, de 47 años, con el pelo canoso recogido en un nudo desordenado y los pies descalzos sobre el piso de madera fría, cerró la puerta del departamento 3B con un suspiro que parecía sacudirle hasta las puntas de los dedos. Había estado toda la tarde releyendo correos de trabajo, marcando líneas en un documento que nunca terminaba, y ahora, con el silencio que dejaba la ausencia del hijo en la universidad y del marido en viaje de negocios, el silencio le pesaba como un cobertor mojado.

Escuchó el paso ligero en el pasillo. Rápido, decidido. Y luego, la pausa. Un instante que se alargaba demasiado.

—¿Valentina?

La voz venía de afuera, apenas atravesando la puerta. Suave, pero con un bajo que vibraba como un acorde de guitarra tensa. Reconoció esa voz enseguida: Sofía, del 4A, el piso de arriba. Treinta y tantos, divorciada, dos hijos pequeños con los que Valentina apenas había cruzado un “buenas tardes” en el ascensor. Pero de pronto, desde hacía un par de semanas, todo era diferente: miradas que se cruzaban en el hall, sonrisas que se alargaban, el olor a vainilla y tabaco delgado que le acompañaba cuando bajaba a sacar la basura.

—¿Sí? —respondió Valentina, abriendo la puerta con lentitud, como si temiera que el gesto la delatara.

Sofía estaba parada en el umbral, con el pelo aún húmedo de la lluvia, las mechas oscuras pegadas a las sienes, el suéter de lana gris un poco desplazado sobre un hombro. Tenía los labios entreabiertos, como si hubiera corrido hasta llegar ahí, o como si estuviera conteniendo algo que le quemaba la lengua.

—Perdón si molesto —dijo, y eso ya era una mentira. No había disculpas en su tono, solo una provocación envuelta en humedad.

—No molestás. Pasá.

Sofía entró sin pedir permiso, como si ya conociera la casa. Y tal vez sí la conocía: había subido a ayudarla a bajar una caja de libros la semana anterior, y Valentina recordaba el roce accidental de sus caderas al girar en la escalera, el calor que le había sentido en el brazo al sostenerla.

Cerró la puerta. El sonido seco de la cerradura les hizo estremecerse a ambas. Valentina notó cómo le subía la temperatura, cómo el pulso le latía en la nuca, y se dio cuenta de que no se había ido ni un solo minuto de su cabeza desde aquella tarde en la cocina, cuando Sofía le había ofrecido un vaso de vino tinto y sus dedos se habían rozado con una precisión que ya era una promesa.

—Tenés los pies helados —dijo Sofía, mirándole los pies descalzos con una sonrisa que le arrugaba un poco los ojos.

—Y vos estás empapada —respondió Valentina, acercándose—. ¿Querés secarte?

—Sí —dijo Sofía, y ahora sí sonaba como un sí, sin ambigüedad, como una orden que ya no se disfrazaba—. Pero primero… quería ver si estabas sola.

Valentina se detuvo. No hizo falta que preguntara. Sofía ya le había respondido con el cuerpo: se había acercado, sin prisa, pero sin vacilar, y ahora le tenía el aliento en el cuello, cálido y salado. Le rozó el brazo con el dorso de la mano, despacio, como si estuviera midiendo la electricidad que corría entre ambas.

—Estoy sola —susurró Valentina, y por primera vez, la palabra sonó como una confesión.

Sofía le dio la vuelta y se puso frente a frente. Le levantó la barbilla con el índice, sin fuerza excesiva, pero con una seguridad que no dejaba lugar a dudas. Valentina la miró a los ojos: oscuros, húmedos, llenos de algo que ya no era solo deseo, sino una urgencia que se había acumulado días atrás, mientras compartían cafés en el living de cada una, mientras reían con los chistes de Sofía que Valentina guardaba en la memoria como pequeñas joyas.

—Me fijé —dijo Sofía, y el vino tinto que había tomado antes de bajar le hacía temblar ligeramente los labios—. Me fijé que siempre dejás el celular encima del televisor. Como si esperaras algo.

—Lo dejo ahí para que me oigan si llaman —mintió Valentina.

—Sí —dijo Sofía, y se rió, una risa baja, gutural—. Claro.

Y entonces la besó.

No fue un beso de prueba, ni uno timido. Fue un beso que rompió el hielo de semanas de tensión contenida. Las manos de Sofía le agararon las mejillas, los pulgares le rozaron los pómulos, y su boca se abrió sobre la de Valentina como si hubiera estado esperando ese momento toda la vida. Le metió la lengua, sin pedir permiso, y Valentina le respondió con una intensidad que la sorprendió a ella misma: le mordisqueó el labio inferior, le chupó un poco antes de separarse, y luego lo volvió a besar, más lento, más profundo, dejándose llevar.

Sofía le desabrochó la camisa con movimientos seguros, y Valentina le ayudó a sacársela por encima de la cabeza, dejándola en la cintura con el sujetador de encaje negro que Valentina ya conocía por el reflejo del espejo del baño. Las tetas de Sofía eran redondas, firmes, con pezones que se erguían apenas la luz del living les daba de frente. Valentina se los tocó sin pensar, con las palmas abiertas, sintiendo el calor, el peso, la vida que había en ellos.

—Dormí con esto puesto anoche —dijo Sofía, entre jadeos—. Pensando en vos.

—Mentira —dijo Valentina, y le mordió un pezón.

Sofía gimió, un sonido que le subió directo a la entrepierna.

—No mentí —respondió, y le agarró la cintura, jalándola contra su cuerpo—. Quería que me lo dijeras. Que me lo dijeras bien.

Valentina la llevó hasta el sofá, no con crudeza, pero con una urgencia que no admitía dilaciones. Se sentó primero, y le indicó con una mirada que se subiera. Sofía obedeció: se subió de a poco, con las piernas abiertas sobre los cojines, y se sentó frente a Valentina, entre sus muslos. Le tomó las manos y se las puso sobre los muslos, sobre la tela del pantalón.

—Pasá las manos por abajo —susurró.

Valentina lo hizo. Deslizó los dedos bajo la cintura del pantalón, rozó el bordado del slip, y luego, sin pausa, le metió dos dedos dentro de la concha.

Sofía gritó. Un grito corto, ahogado, pero auténtico.

—Ah, Dios… —murmuró, y le metió la cabeza en el cuello, mordiéndole la piel con los dientes apenas cerrados—. Cagáme ya.

—No tan rápido —dijo Valentina, y le dio un beso en la oreja—. Quiero saber cómo estás.

—Estoy mojada —respondió Sofía, y se movió contra sus dedos—. Estoy mojada por vos. Por el solo hecho de estar acá. Porque vos me mirás como si ya me hubieras cogido mil veces.

Valentina le aceleró el ritmo. Los dedos entraban y salían con suavidad, pero con firmeza, buscando el punto que sabía que le hacía mal. Sofía se llevó las manos a los pechos, se los apretó, se los frotó con los pulgares, y cuando Valentina le tocó el clítoris por fuera, con un movimiento circular, Sofía se arqueó, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos.

—Decime qué querés —dijo Valentina, sin soltarle la concha.

—Quiero que me garchés. Quiero que me garchés con la boca. Quiero que me hagas gritar como no he gritado en años.

Valentina se levantó de golpe. Le desabrochó el pantalón, bajó la cremallera con un gesto seco, y luego, con las dos manos, le bajó la ropa interior hasta los tobillos. Sofía se sacó las zapatillas y se ayudó a deslizar el pantalón también. Quedó sentada en el sofá, desnuda de cintura para abajo, con las piernas aún abiertas, con la concha hinchada, oscura, brillante.

Valentina se arrodilló frente a ella.

—Hacélo vos —dijo Sofía, y le tomó la cabeza—. Quiero que me mires mientras lo hacés.

Valentina le apartó las partes con las yemas de los dedos, expuso la concha entera, y se la lamió con lentitud, empezando por el clítoris, que ya estaba tieso, húmedo, lleno. Le chupó un poco, lo rozó con la lengua, y luego le metió la lengua dentro, de abajo hacia arriba, con fuerza.

Sofía se retorció.

—Ah, mierda… —dijo, y le metió las manos en el pelo, jalándola un poco, pero sin forzar—. Sí, sí, así… no pare… no pare por nada.

Valentina siguió. Le chupó el clítoris, luego le lamió la entrada, le metió un dedo, luego dos, y mientras lo hacía, le mordisqueó los muslos, le rozó con los dientes la piel sensible. Sofía jadeaba, gemía, susurraba palabras sueltas: “sí”, “ah”, “dios mío”, “no puedo más”.

—Quiero que me garchés con el dedo —dijo Sofía, y se separó un poco—. Quiero que me lo metas todo, y después me lo sacás con un chupetón.

Valentina lo hizo. Le metió dos dedos hasta la base, con un movimiento lento, profundo, y cuando sintió que Sofía se tensaba, que sus músculos la apretaban, le chupó el clítoris con fuerza, con los labios, con los dientes apenas cerrados, y la tensión se rompió.

Sofía gritó. Un grito largo, agudo, que resonó en el living entero, como si estuviera llamando a algo que no tenía nombre. Se arqueó, los ojos se le volvieron blancos por un segundo, y luego se dejó caer contra los cojines, con las manos en el pecho, con la boca entreabierta, con el cuerpo temblando.

Valentina se levantó. Se quitó la camisa, se sacó los pantalones, y se sentó frente a Sofía, con el pene tieso, humedecido con la saliva de su boca.

—Ahora soy yo la que quiere —dijo, y le acarició la cara—. Quiero meterme adentro de vos. Quiero sentirte apretarme.

Sofía le sonrió, con los ojos still, con las pestañas humedecidas.

—Vos no me cagás —dijo—. Vos me cogés. Como se debe.

Valentina se colocó frente a ella, se metió entre sus piernas, y con una mano le apartó los labios de la concha, y con la otra se apuntó el pene. Se lo metió poco a poco, con calma, sintiendo el calor, la tightness, la humedad que lo envolvía todo. Sofía gimió cuando entró, cuando se hundió hasta la base, cuando se sintió llena.

—Ah, mierda… —dijo Valentina.

—Cogeme —dijo Sofía, y le agarró las nalgas—. Cogeme como si no hubiera un mañana.

Valentina empezó a moverse. Al principio lento, con la cabeza apoyada en su hombro, con el aliento entrecortado. Luego más fuerte, con más fuerza, con más ganas. Sofía le respondía con los caderas, levantándose al encuentro, pidiendo más, pidiendo que le diera con más profundidad. Le rozaba el pene con las uñas, le mordía el hombro, le susurraba al oído cosas que no necesitaban traducción.

—Sí, sí, así… ah, Dios… no pare… no pare nunca.

El aire se volvió espeso. El silencio del departamento se había ido, reemplazado por el sonido de la lluvia contra las ventanas, por los gemidos entrecortados, por el rechinar de los cojines bajo los movimientos.

Valentina sintió que se venía. Que el orgasmo le subía por la espina, que le temblaban los músculos del abdomen, que le punzaba la base del pene.

—Voy a venir —dijo, con la voz rota.

—Vení —dijo Sofía, y le apretó las nalgas—. Cagáme todo.

Valentina se corrió. Un corrimiento largo, hondo, que la sacudió de pies a cabeza. Le salió caliente, le salió todo, mientras Sofía la apretaba contra sí, con los ojos cerrados, con una sonrisa en los labios.

Se quedaron así un buen rato. Con Valentina aún dentro, con el cuerpo de Sofía temblando, con los latidos del corazón de ambas entrelazados en el silencio que volvía.

—¿Te quedaste sin aire? —le preguntó Valentina, con una sonrisa.

—Sí —dijo Sofía—. Pero me gusta.

Se besaron de nuevo, esta vez con lentitud, con ternura, con algo que ya no era solo deseo, sino promesa.

—Mañana bajás a desayunar conmigo —dijo Valentina.

—Sí —dijo Sofía—. Y después subo a que te garche yo.

Y en ese instante, con la lluvia golpeando contra el vidrio y el vino medio vacío sobre la mesa, Valentina sup

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