Una cena entre esposos

@lucia_noche ·8 de mayo de 2026 · ★ 4.6 (36) · 1783 lecturas

La casa estaba en silencio, solo rota por el leve crujido de la madera del piso bajo sus pies descalzos. Ella, de pie frente al espejo del dormitorio, se alisaba el cabello con movimientos lentos, casi ceremoniales. Llevaba un vestido negro, sencillo, sin mangas, que le llegaba justo por encima de las rodillas. No era ostentoso, pero marcaba cada curva con una precisión que él conocía de memoria. Él la observaba desde el umbral, sin hacer ruido, como si temiera romper el hechizo de la escena. Hacía semanas que no tenían una cena juntos sin interrupciones, sin llamadas de trabajo, sin hijos pequeños pidiendo atención. Solo ellos dos.

—Estás hermosa —dijo al fin, sin moverse.

Ella se giró lentamente, con una sonrisa apenas insinuada. No respondió con palabras, solo con la mirada, oscura, profunda, como si estuviera midiendo cada centímetro de su cuerpo con los ojos. Él llevaba una camisa azul claro, abierta en el primer botón, el pelo aún húmedo del baño reciente. No se había afeitado del todo, y la sombra de barba le daba un aire más salvaje, más íntimo.

—Tú también —respondió ella, bajando la voz como si alguien pudiera oírlos—. Hace tiempo que no te veo así.

Él avanzó unos pasos, sin prisa. El aire entre ellos ya vibraba, denso, cargado de algo no dicho, acumulado. Se detuvo a un palmo de distancia. Podía sentir el calor que despedía su piel, el leve aroma de su perfume, algo floral pero oscuro, como si hubiera mezclado gardenias con humo.

—¿Recuerdas la primera vez que cenamos solos? —preguntó él, casi en un susurro.

—Sí —dijo ella, sin desviar la mirada—. En ese pequeño restaurante frente al mar. No dejaste de mirarme las manos.

—Porque no dejabas de moverlas. Como si estuvieras dibujando algo en el aire.

Ella sonrió. Extendió una mano y la posó sobre su pecho, justo donde latía el corazón. Él contuvo el aliento.

—¿Y si esta noche no vamos al restaurante? —dijo ella.

—¿Qué propones?

—Cocinar aquí. Juntos.

Él asintió, sin apartar los ojos. Fueron a la cocina, y encendieron solo dos velas sobre la mesa. Nada de música, nada de luces fuertes. Solo el resplandor amarillo acariciando las paredes. Ella sacó una botella de vino tinto, lo sirvió con cuidado. Sus dedos rozaron los de él cuando le entregó la copa. Un contacto breve, pero suficiente para que un estremecimiento recorriera la columna de ambos.

Cocinaron espaguetis con salsa de tomate casera. Nada sofisticado, pero todo hecho con lentitud, con atención. Mientras ella picaba el ajo, él se acercó por detrás, rodeándola con los brazos, pegando su cuerpo al de ella. Ella dejó el cuchillo sobre la tabla y apoyó la cabeza en su hombro.

—No me distraigas —dijo, pero sin intentar apartarse.

—No es distracción —respondió él, besándole el cuello con suavidad—. Es necesidad.

Ella cerró los ojos. El beso fue apenas un roce, pero encendió algo profundo, antiguo, que creían dormido. Cuando terminaron de cocinar, comieron frente a frente, sin hablar mucho. Solo miradas. Sonrisas. Un pie que se deslizaba bajo la mesa, rozando un tobillo, luego otro.

Después del postre, él recogió los platos. Ella se quedó sentada, observándolo. Cuando él regresó, ella ya no estaba en la silla. Estaba de pie, junto a la ventana, mirando afuera, donde la noche era absoluta.

—Ven —dijo.

Él se acercó. Ella tomó su mano y la puso sobre su cintura. No dijeron nada más. Solo se miraron, y luego se besaron. Un beso lento, profundo, como si recuperaran el tiempo perdido. Sus cuerpos se reconocieron al instante, como si nunca hubieran estado separados.

Esa noche no hubo prisa. No hubo palabras innecesarias. Solo caricias, respiraciones que se entrelazaban, y el latido de dos corazones que, después de tanto, volvían a latir al mismo ritmo.

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