Lo que pasó en la habitación del hotel
5 minLo que pasó en la habitación del hotel
La lluvia golpeaba las ventanas del hotel como si quisiera entrar, pero no lo hacía. Dentro, el aire era cálido, cargado del olor a madera pulida, jabón de lavanda y el sudor aún fresco de dos cuerpos que habían estado juntos todo el día. Mariana se recostó sobre las sábanas de algodón egipcio, los pechos subiendo y bajando con la respiración lenta, los cabellos húmedos pegados a los hombros. Alejandro estaba de espaldas, sentado en el borde de la cama, con los pies descalzos apoyados en el suelo frío, mirando el techo como si pudiera encontrar allí algo que no había encontrado en los últimos meses.
No hablaban mucho desde que llegaron. No porque no quisieran, sino porque el silencio se había vuelto más cómodo que las palabras. Habían venido a la costa por un fin de semana de descanso, pero el cansancio del trabajo, la rutina, los hijos en casa, el estrés acumulado… todo eso había pesado más de lo que admitían. El hotel era un lujo que se habían permitido por primera vez en años, y aún así, sentían que estaban lejos el uno del otro.
Ella lo miró de reojo. Su espalda, ancha y musculosa, aún llevaba las marcas de su piel: uñas que habían clavado en sus hombros la noche anterior, después de una cena que terminó en besos apasionados pero rápidos, casi como una disculpa. Ahora, su silueta parecía más dura, más cerrada. Ella se levantó sin decir nada, caminó hasta la ventana, abrió ligeramente la cortina y dejó que la brisa húmeda entrara. Se pasó las manos por los brazos, sintiendo el frío en la piel, y luego se acercó a él por detrás.
No lo tocó de inmediato. Solo se apoyó, con el pecho contra su espalda, la barbilla sobre su hombro. Él no se movió. Solo respiró más profundo.
—¿Te acuerdas cuando nos conocimos? —preguntó ella, con voz baja, casi un susurro.
Él se volvió un poco, lo suficiente para que su mejilla rozara la suya.
—Claro. En la fiesta de tu hermana. Llevabas un vestido rojo, y te caíste con el zapato.
Ella rió, un sonido suave, como una hoja rozando el suelo.
—Y tú me ayudaste, pero me miraste como si fuera un error que no sabías cómo arreglar.
—No era un error —dijo él, y finalmente se giró, poniéndose de pie. La miró a los ojos. No había vergüenza, no había miedo. Solo una necesidad antigua, casi olvidada.
La tomó de la cintura, la acercó. Ella no se resistió. Sus pechos se presionaron contra su torso, y él sintió cómo su corazón latía más rápido. Bajó la cabeza y besó su cuello, lento, con los labios abiertos, mordisqueando el hueso de la clavícula. Ella suspiró, dejó caer la cabeza hacia atrás, y él aprovechó para bajar más, besando cada costilla, cada surco de su vientre, hasta que sus dedos encontraron el borde de su camisón.
Lo deslizó con cuidado, como si fuera un regalo que no quería romper. La ropa cayó al suelo, y ella quedó desnuda bajo la luz tenue del cuarto. No era joven, no era perfecta. Tenía estrías en los muslos, pechos que habían criado a dos hijos, y una cicatriz del parto que apenas se veía. Pero para él, en ese momento, era la mujer más hermosa que había visto en años.
Se arrodilló frente a ella, sin prisa. Le separó las piernas con las palmas de las manos, y ella no lo detuvo. No dijo nada. Solo lo miró, con los ojos entrecerrados, los labios entreabiertos. Él besó su vientre, luego bajó más, hasta que su lengua encontró el centro de su calor. Ella gimió, una nota corta, ahogada, como si no quisiera que el sonido saliera.
Él la lamió con calma, primero suaves movimientos circulares, luego más profundos, más seguros. Ella se aferró a su cabeza, los dedos enterrándose en su cabello. Su cuerpo se tensó, se arqueó, y él la sostuvo con las manos en las caderas, como si temiera que se fuera.
—Alejandro —susurró ella, con la voz rota.
Él subió, y la besó. Su boca era dulce, salada, suya. Se levantó, desabrochó su pantalón, se quitó la camisa, y ella lo vio por primera vez en semanas: su pene, erecto, pesado, con la piel tensa y brillante por la humedad. No lo tocó de inmediato. Solo lo miró, como si lo recordara por primera vez.
Él se deslizó sobre ella, entrando con lentitud, cada centímetro una promesa. Ella cerró los ojos, y él bajó la cabeza para besarle los pechos, mordisqueando suavemente uno, luego el otro, mientras se hundía hasta el fondo.
No hubo prisa. No hubo necesidad de correr. Solo el roce de la piel, el calor compartido, el jadeo entrecortado de ella, el suspiro profundo de él. Se movieron juntos, lentamente, como si el tiempo se hubiera detenido. Ella lo apretó con las piernas, lo atrajo hacia sí, y él respondió con un movimiento más profundo, más lento aún, como si quisiera quedarse allí para siempre.
Cuando ella se vino, fue con un grito silencioso, los dientes clavados en su hombro, las uñas marcando su espalda. Él se detuvo un instante, sintiendo cómo su interior se contraía, se abría, lo absorbía. Y entonces, él se soltó, con un gemido que salió de lo más hondo, llenándola de su calor, de su entrega.
Se desplomaron juntos, sudorosos, agotados, abrazados como si la cama fuera el único lugar del mundo que aún existía.
Ella le acarició la espalda, con los dedos trazando las líneas de sus músculos.
—Gracias —dijo, sin mirarlo.
—No hay nada que agradecer —respondió él, besándole la frente.
La lluvia seguía cayendo. Afuera, el mundo seguía. Pero dentro de esa habitación, en el silencio que se había vuelto sagrado, ellos volvían a encontrarse. No con palabras. No con regalos. No con promesas. Solo con piel, con respiración, con cuerpo contra cuerpo, como si fuera la primera vez, y como si fuera la última.
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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.