Lo que pasó en la fiesta del vecindario
6 minLo que pasó en la fiesta del vecindario
La música sonaba fuerte, pero no molesta: un bombo que vibraba en el pecho y un bajo que hacía tambalear las botellas de aguardiente sobre la mesa de plástico. El cielo estaba limpio, sin nubes que molestaran, y las luces de colores del patio del bloque 7 —ese que quedaba al fondo, donde vivía la mayoría de los estudiantes— brillaban como estrellas caídas en medio del barrio.
Y ahí estaba ella: Lina. Sentada en el borde de la tina donde flotaban limones y hielo, con una camiseta blanca empapada de sudor y el pelo recogido en una coleta deshecha. Tenía los hombros desnudos, los brazos finos, y una sonrisa que siempre le salía cuando algo le gustaba —como ahora, cuando vio acercarse a Juan, el del cuarto 3B, ese que siempre andaba con sudadera negra y olor a café recién hecho.
—¿Te la pasas bien, Juanito? —le preguntó ella, sin apartar los ojos de los latidos del bajo. Su voz sonaba aguda, pero con ese tono que decía *sé lo que estás pensando*, y peor: *me gusta que lo pienses*.
—Más bien sí —respondió él, acercándose con las manos en los bolsillos, como si tuviera miedo de tocar algo sin permiso—. Pero me faltaba algo.
Lina se giró un poco, apoyándose con una mano en la tina, la otra sosteniendo su vaso de ron con limón. Sus pechos se movieron con el gesto, apenas, pero suficiente para que Juan sintiera un calor en la entrepierna. Ella notó el cambio, porque su sonrisa se amplió, más lenta, más dura.
—¿Y qué es lo que te falta, Juanito? —preguntó, bajando la voz como si fuera un secreto entre los dos.
—No lo sé… algo dulce. Algo que me haga olvidar que hay un examen de física mañana.
Ella se rió, un sonido corto, vibrante. Se levantó sin apuro, sacudiéndose la falda corta que llevaba puesta, negra, ajustada, que le marcaba las curvas como si fuera pintada encima.
—Pues… ¿te animas a acompañarme a la cocina? —dijo—. Ahí hay una botella de aguardiente que no me dejaron terminar, y una cerveza bien helada. Y… no hay nadie.
Juan no dudó. La siguió como un perro que reconoció el olor de su dueña.
La cocina era pequeña, con piso de cerámica gris, un refrigerador viejo que zumbaba como un avión de bajo vuelo, y una ventana alta que dejaba entrar la luz del farol del patio. Lina se metió, se apoyó contra el fregadero, y le hizo señal con la cabeza para que cerrara la puerta.
—¿Te pongo algo? —preguntó, girándose para sacar dos vasos.
—Solo si me la mamas después —dijo Juan, sin pensarlo, sin temor.
Ella lo miró, fija, como evaluando si lo decía en broma o en serio. Y luego, lentamente, se mordió el labio inferior, ese gesto que le hacía sentirse peligrosa y vulnerable a la vez.
—Juanito… eres muy bruto, pero me gusta.
Se acercó, puso un vaso en la mesa, otro en su mano. Le tomó la muñeca, no con fuerza, pero sí con intención.
—El aguardiente es fuerte. Pero si te portas bien… te dejo probar algo más rico.
Él tragió saliva, sintió el sudor en la nuca.
—¿Qué cosa?
—Mira —dijo ella, bajando el vaso, acercando su cuerpo al suyo—. Hay una botella de miel en el estante de arriba. Y… tengo una cuchara.
Juan no dijo nada. Solo la miró mientras ella subía la camiseta, dejando al descubierto el ombligo, la curva suave del estómago, y luego, lentamente, la parte de abajo del sostén, que se levantó como una cortina. Sus pechos estaban redondos, firmes, con pezones oscuros, como dos semillas listas para germinar.
—Tú me mamas primero —dijo ella, sin pedir, sin esperar—. Y luego yo te mamo a ti.
Juan no dudó. Se arrodilló, como si fuera lo más natural del mundo. La cocina olía a ajo, a limón, a sudor y a deseo.
Ella se apoyó con una mano en su cabeza, con los ojos cerrados, mientras él le chupaba uno de los pezones. El sabor era dulce, salado, humano. Él la escuchó suspirar, luego gemir, un sonido bajo, gutural, que le hizo sentir su pito endurecerse contra el pantalón.
—Más fuerte… —murmuró ella—. Que me lo sientas bien.
Él le mamió con más ganas, con la lengua rozando, con los labios chupando fuerte, hasta que ella se le tanteó el pantalón y bajó la cremallera con un movimiento rápido.
Su pito saltó al aire, largo, grueso, con la punta brillante de preseminal. Lina lo miró, lo acarició una vez, lentamente, desde la base hasta la cabeza.
—Está rico, Juanito… muy rico.
Y sin más preámbulos, lo tomó con la mano y lo llevó hacia su boca.
No fue suave. Fue húmedo, cálido, con la lengua rozándole la cabeza mientras lo introducía hasta la mitad. Juan sintió el calor, la presión, la boca apretada, los labios estirándose como si no hubiera espacio suficiente.
—Cuidado… que te voy a correr —dijo él, entre dientes, pero no se detuvo.
Lina se lo tomó con naturalidad, lo sacó, lo volvió a meter, esta vez con más profundidad, hasta que su nariz rozó su vientre.
—No te detengas… no me importa si alguien entra.
Juan no se detuvo. Sostuvo sus caderas, la tiró hacia atrás, y entonces ella lo soltó con un chasquido húmedo.
—Ahora… tú quieres.
Él la levantó sin esfuerzo, la sentó sobre la encimera, y le separó las piernas. Llevaba una tanga negra, mojado ya por el deseo. Juan lo apartó con un movimiento, y entonces la vio: su entrepierna brillante, húmeda, con los labios abiertos como si la estuvieran pidiendo.
—¿Estás bien? —preguntó, aunque ya lo sabía.
—Estoy más que bien, Juanito —dijo ella, separándole el pelo de la frente con los dedos—. Ahora… mete ese pito.
Él se colocó frente a ella, se apoyó en su ombligo con una mano, y con la otra le abrió más las piernas. Se puso la punta contra su entrada, respiró hondo, y la empujó.
Ella gimió, alto, como si estuviera sintiendo algo nuevo.
—Sí… sí… así… más adentro.
Juan la empujó con fuerza, hasta que sus pelvis chocaron. El sonido fue seco, vibrante, como una palmada en la noche. Ella se arqueó, los pechos saltando, los ojos cerrados, los labios entreabiertos.
—Estás rico… muy rico… —murmuró—. Muevete.
Él comenzó a moverse, lento al principio, como si no quisiera perder ni un segundo de eso. Con cada empuje, ella gemía más fuerte, sus manos agarrotadas en el borde de la encimera, las uñas rozando el metal.
—Más fuerte… que me lo sientas todo.
Juan se lo dio. La embestida tras embestida, con las caderas golpeando contra sus muslos, el olor a sudor y aguardiente llenando la cocina. Ella se le aferraba, lo llamaba por su nombre, le decía *Juanito,Juanito,Juanito*, como una plegaria.
Cuando ella vino, fue con un grito ahogado, con los ojos abiertos, con los labios temblando. Su cuerpo se estremeció, los músculos apretándose alrededor de su pito como un puño vivo.
—¡Juanito! ¡Joder! ¡Vine!
Él la siguió, sin poder evitarlo. Se agarró de sus caderas, metió su cabeza en su cuello, y se corrió con fuerza, sintiendo cómo su semen lo inundaba desde dentro, cálido y denso.
Se quedaron así, un rato, sin hablar. Ella con la cabeza sobre su hombro, él con la frente apoyada en su pecho, escuchando los latidos de sus corazones.
—¿Te acuerdas de la física? —le preguntó ella, casi en broma.
—No me acuerdo de nada —dijo él, besándole el cuello—. Solo me acuerdo de tu boca.
Ella se rió, le dio un mordisco en la oreja, y le susurró:
—Entonces… ¿te quedas o te vas?
—Me quedo —dijo Juan, y esta vez fue ella quien lo tiró a la cama.
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