Lo que pasó en la fiesta de mi jefe

Lo que pasó en la fiesta de mi jefe

@sombra ·6 de junio de 2026 · ★ 4.2 (20) · 52 lecturas · 7 min de lectura

Yo, Daniel, 24 años, con la verga aún fresca de aprender a coger bien y con el cuerpo que pide más de lo que el cerebro admite, nunca imaginé que una noche de fiesta en casa de mi jefe iba a cambiar mi vida. El lugar era una casa en Polanco, con piscina iluminada de azul y música salsa electrónica que vibraba en el pecho. Todo el que importaba estaba ahí: abogados, arquitectos, dueños de firmas. Y ella, Clara, mi jefe de área, 49 años, viuda desde los 43, con ese aire de mujer que ha vivido, que ha sufrido, que ha gozado —y que sabía exactamente cómo hacer lo uno y lo otro sin perder la elegancia.

La vi entrar al jardín trasero, sola, con una copa de mezcal en la mano y el pelo suelto, rubio ceniza con reflejos de miel bajo las luces de neón. Llevaba un vestido negro ajustado hasta la cintura, después un vuelo suave que dejaba ver las piernas largas, tersas, sin una sola estría. Los senos, bien firmes bajo la tela estampada con flores minimalistas, se movían con su paso, pausado, seguro. Yo la había admirado por años desde lejos: su manera de hablar en reuniones, esa sonrisa que nunca llegaba del todo, sus uñas pintadas de rojo óxido, sus ojos verdes que parecían ver más de lo que decía.

—Daniel —dijo cuando se acercó—, ¿te gusta el mezcal? ¿O ya te volviste de those who drink only tequila?

Su voz era profunda, grave, con un matiz ronco que me hizo estremecer sin tocarla. Le dije que sí, que me gustaba, que era mi favorito desde que un tío me lo había presentado en Guadalajara. Ella asintió, tomando un trago corto, y por un instante, con la lengua entre los dientes, limpió una gota que le resbaló por el labio. Yo me quedé paralizado, con la verga empezando a hormiguear en los pantalones.

—¿Qué tal te ha ido en el proyecto? —preguntó, acercándose más. Ya sentía su perfume: vainilla ahumada, cuero, algo sexi que no olía barato, ni agresivo, sino… maduro.

—Bien… —dije, con la voz un poco ronca—. Pero más que eso, he estado… observando.

Ella rio, suave, sin ruido, como un susurro.

—¿Observando qué, Daniel?

—Tu manera de liderar. Tu forma de… mirar. De elegir tus palabras. De hacer callar a los que gritan.

Clara me tomó el brazo, no con fuerza, pero con una seguridad que no dejaba espacio a la duda, y me guió hacia una banca de madera debajo de una higuera. El aire estaba cargado de humo de cigarro y risas lejanas. Se sentó, cruzó las piernas lentamente, dejando al descubierto el muslo, liso, con un leve brillo de sudor en la piel. Me miró fijo.

—Sé que te gustan las mujeres mayores —dijo, inclinándose ligeramente hacia mí—. Y sé que tú también me miras. Pero no es solo mirar, ¿verdad? Es querer. Es querer meterle la mano, querer sentir su calor, querer oír cómo te dice tu nombre como si fuera una maldición.

Me tragué la saliva. No sabía qué decir. Ella ya tenía la mano en mi muslo, apretando suavemente, como si evaluara la textura.

—¿Tienes vergüenza? —susurró.

—No —mintí.

Ella rio de nuevo, pero esta vez con un tono más oscuro, más carnoso.

—Mentira. Todos tenemos vergüenza. La mía se la quite hace años. La tuya aún está fresca. Eso me encanta.

Me tomó de la barbilla, obligándome a mirarla. Sus ojos estaban brillantes, pupils dilatadas, húmedos. Me acercó su cuerpo, lo suficiente para sentir el calor de su vientre, de sus pechos, del algo que estaba por explotar. Me besó.

No fue un beso suave. Fue húmedo, profundo, con lengua que entró y salió como si ya nos hubiéramos conocido de antes. Me mordió el labio inferior, suave, y yo dejé salir un gemido que no pude contener. Ella lo oyó, y sonrió contra mi boca.

—Así es —susurró—. Gime cuando te toco. No te contengas.

Me apartó la camisa de golpe, me desabrochó el cinturón con una mano, y con la otra, ya dentro de mi pantalón, me agarró la verga. Era dura, caliente, pulsando contra su palma. Me tensé.

—Mira cómo la tienes —dijo—. Tan joven, tan fresca… pero ya me la siento entera, Daniel. Ya la siento mía.

Me levantó de la banca, me jaló hacia la casa, hacia el baño principal. Cerró la puerta con un clic suave. El espejo del baño era grande, circular, rodeado de luces led. Ella se quitó el vestido sin prisa, dejándolo caer al suelo como si no valiera nada. Debajo, llevaba una tanga de encaje negro que apenas contenía su culo: redondo, firme, con una curva que hacía que la luz se doblara alrededor. Se dio vuelta, con las manos en la cintura, y me mostró su espalda baja, donde la piel era más suave, más clara.

—Tócame —dijo—. Toca lo que quieres.

Me acerqué, temblando. Le pasé las manos por los costados, subí hasta sus senos, que eran firmes, redondos, con pezones oscuros, hinchados ya por el frío del aire acondicionado o por el calor de su deseo. Le apreté los pechos, los froté contra mis dedos, y ella soltó un quejido, inclinando la cabeza hacia atrás.

—Sí —murmuró—. Sí, así. Pero no es suficiente.

Me agaché, le separó el tanga con los pulgares, lo bajó lentamente por sus nalgas, dejando al descubierto su culo entero, su vulva, cerrada, redonda, con los labios apretados como pétalos de rosa negra. Me pidió que le tocara allí. Le toqué con dos dedos, lentamente, buscando su clítoris, que ya estaba hinchado, como una cereza madura. Ella se estremeció, soltó un grito ahogado, y se apoyó en el lavabo.

—Tienes buena mano —dijo—. Pero ahora… quiero tu verga. Quiero que me la metas, que me la jodas como si no hubiera mañana.

Me desabroché el pantalón, lo bajé junto con la ropa interior. Mi verga saltó, gruesa, derecha, con la punta húmeda de pre-cum. Ella se dio vuelta, me miró fijamente, con una sonrisa lenta, sabia.

—Está bonita —dijo—. Joven. Fuerte. Ahora es mía.

Se subió al lavabo, con las rodillas separadas, el culo en alto, y se pasó la lengua por los labios. Me pidió que la cogiera por detrás. Le dije que sí. Me coloqué atrás, le aparté las nalgas con las manos, localicé su entrada, esa boca pequeña y tersa, y empujé la punta de mi verga contra ella. Me resistió un poco, luego se abrió, y la sentí entrar, lentamente, primero un dedo, luego dos, y al final todo mi cuerpo, con un movimiento firme, profundo.

—¡Ah, mierda! —grité, sintiendo su calor, su apretón, su vagina que se contraía como si me quisiera retener, que me quería todo.

Ella no dijo nada. Solo se dejó ir, con las manos agarrando el borde del lavabo, los ojos cerrados, la cabeza baja. Yo la cogí con fuerza, las caderas golpeando su culo, su entrada tensándose y relajándose con cada embestida. Me incliné, le mordí el hombro, le besé el cuello, le lamió la nuca, y ella gritó mi nombre: «Daniel», con un tono que me hizo temblar las rodillas.

—Sí —dijo—. Sí, Daniel. Cógeme. Júdame. Hazme olvidar quién soy. Hazme sentir que soy joven de nuevo.

La cogí más fuerte. Le agarré una teta, le pellizqué el pezón, y mientras la embestía, sentí cómo su cuerpo se estremecía, cómo su vagina se contrajo fuerte, fuerte, como un puño alrededor de mi verga. Me dio un climax que me sorprendió: un grito agudo, el cuerpo arqueado, los ojos abiertos, sin pestañear. Y yo, sin poder contenerme, sentí el torrente de mi semen dentro de ella, el calor de mi polla explotando, llenándola hasta la raíz.

Me retiré despacio, con la verga still dura, goteando. Ella se bajó del lavabo, se volteó, y me limpió la punta con la punta de la lengua. Me miró, con la cara deshecha, el pelo suelto, los labios hinchados.

—Vuelve a casa —dijo—. Y no me digas nada. Esto… es nuestro secreto.

Le prometí que sí. Que lo guardar

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