Lo que pasó en la fiesta de Lucía

@la_condesa ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 10 min de lectura

La primera vez que vi a Lucía en persona fue en la casa de su hermana, hace tres años, en una cena de cumpleaños aburridísima. Ella estaba sentada en el sofá, con una copa de vino tinto en la mano, mirando el TV como si le estuviera leyendo los pensamientos. No dije nada, y ella no me miró. Pero desde ese momento, sentí que algo se movió, un calor sutil en la nuca, como si el aire mismo me hubiera dicho: *tené cuidado, esta no es cualquier cosa*.

Nos reencontramos hace dos meses, en una feria de libros usados en Palermo. Ella estaba agarrando un libro de poemas de Nela, con esa postura suya de concentración absoluta, el ceño ligeramente fruncido, los labios entreabiertos como si estuviera a punto de leer en voz alta. Me acerqué sin pensarlo y le dije: “¿Te parece si lo compartimos?”. Ella me miró, y por primera vez, sus ojos —verdes, con manchitas doradas alrededor de la pupila— se clavaron en los míos sin vacilar. Sonrió, no una sonrisa cualquiera, sino una sonrisa lenta, como si ya supiera quién era yo antes de que yo lo supiera. “Sí”, dijo, y me pasó el libro con la mano derecha, pero con la izquierda me rozó el dorso de la mano, apenas, pero suficiente para que me quedara helado. “Sos vos, ¿no?”, preguntó, como si estuviera descubriendo un secreto que ambos sabíamos desde antes.

Lucía tiene treinta y ocho años, es arquitecta, vive sola en un departamento en Belgrano R, con paredes altas, pisos de pino envejecido y una cocina enorme donde cocina con calma, como si cada cuchillada fuera un acto de meditación. A mí me gusta su forma de moverse: con lentitud, pero sin pesadez. Como si supiera exactamente cuánta energía necesita invertir en cada gesto. Y tiene una voz que, cuando baja un poco, suena como si estuviera contándote algo prohibido. Yo siempre le digo que es como oír un susurro con volumen de concierto.

La última vez que estuvimos juntos fue hace quince días, en su casa, cuando me dejó ponerle las manos donde yo quería, pero solo si yo le decía dónde, en voz alta. Fue una noche larga, llena de silencios que decían más que las palabras, y cuando finalmente me dejó entrar en su concha, me miró a los ojos mientras me decía: “Cuidá bien lo que hacés, porque lo que tenés ahí dentro es mío, y solo mío”. Yo la cogí con ternura, pero también con una furia contenida que solo el deseo bien medido sabe generar. Ella gimió como si ese grito le perteneciera a alguien más, y yo supe que no iba a poder olvidar ese sonido nunca.

Pero no fue esa noche la que quiero contarte. Es la otra. La del sábado pasado. La que empezó con un mensaje que me llegó a las 7:32 p.m., mientras estaba en el tren hacia Recoleta: *“La fiesta empieza a las 10. Vení. Quiero que me veas entrar. Quiero que me mires como si ya me hubieras tenido, y como si aún no te hubieras atrevido.”* No firmaba. Solo “L”.

Me duché rápido, me vestí con calma: pantalón negro ajustado, camisa blanca abierta hasta el ombligo, reloj viejo de mi abuelo en la muñeca, un poco de perfume —el que le gusta a ella, el de notas amaderadas y cuero—. No me apuré. Sabía que el camino hacia su casa era parte del juego. Que cada parada de colectivo, cada semáforo en rojo, cada vez que miraba el reloj en el espejo del baño del subte, era como acelerar el tiempo con la mente.

Llegué a las 9:50. El portón de su edificio estaba abierto, como siempre. Subí las escaleras con calma, escuchando el eco de mis pasos. En el piso cinco, la puerta entreabierta. Un hilo de música salía de adentro: jazz antiguo, piano triste, saxo que lloraba. No tocé. Abrí yo solo.

La casa estaba iluminada con velas en candelabros de bronce, luces tenues en las esquinas, y un olor a incienso que no olía barato. Había gente, sí, unos veinte o veinticinco amigos suyos, de esos que conocés de oídas, de fiestas anteriores, de esos que siempre están ahí cuando Lucía los necesita. Pero ella no estaba en la sala. No en primera vista. Yo la busqué con la mirada, y la encontré en el fondo, en el jardín de invierno, sentada en una silla alta de mimbre, con una copa de gin tonic en la mano, vestida con un traje de noche que parecía hecho de humo: negro, sin mangas, con un corte profundo en la espalda que dejaba ver la curva de sus riñones, y una ranura que subía por el costado hasta la cintura. No me miró al entrar. Me dejó esperar.

Me serví una copa. Me paré cerca de la barra, con la espalda apoyada, observándola. Me tomé cinco minutos enteros, sin moverme, sin beber, solo mirando. La gente hablaba, reía, se movía, pero yo estaba inmóvil, porque Lucía tenía el poder de hacer que el tiempo se detuviera si ella lo decidía. Y lo decidió.

A las 10:17, me sonrió. No una sonrisa de saludo. Una sonrisa de entrega anticipada. Me hizo un gesto con la cabeza, como diciendo *vení*. Yo me limpié la mano en la pierna, crucé el salón como si estuviera caminando por una pista de baile vacía, y me planté frente a ella, a medio metro de distancia. Ella me miró de arriba abajo, despacio, y luego bajó la voz hasta lo que parecía un susurro que solo yo podía escuchar: —Viste que no te dije dónde estabas parado. Pero yo ya te tenía ahí. —Sí —respondí, con la voz más baja posible. —Entonces, ¿qué querés hacer? —preguntó, y por primera vez, su dedo índice rozó el botón de mi camisa. —Quiero que me digas. —No. Quiero que me preguntes. —¿Qué querés que te pregunte? —La verdad. Lo que sentís cuando me mirás. Me quedé callado. Ella me tomó la copa de la mano, la puso sobre la mesa, y me tomó la nuca con ambas manos, como si me sostuviera algo frágil pero precioso. —Sos mío —me dijo—. Hoy, ahora, todo. Y si decís que no, me voy a levantar y me voy a ir, y nunca más vuelvo a mirarte así. Pero si decís que sí… —aquí se inclinó hacia adelante, y su aliento me rozó la oreja— …te voy a garchar hasta que no te acuerdes de tu nombre.

No dudé ni un segundo. Le tomé la cara con las manos, la obligué a mirarme, y le dije: —Sí. Ella soltó una risita corta, como un chasquido de dedos, y se paró. Me tomó de la muñeca, me arrastró hacia el fondo del jardín, hasta una puerta de madera oscura que yo no había notado. Era una habitación pequeña, casi un dormitorio, con una cama de matrimonio, paredes de ladrillo en negro, y una luz de velador que proyectaba sombras largas. Ella cerró la puerta con un clic seco, y me volvió a mirar, ahora con los ojos más oscuros, más húmedos. —Después de todo esto, querés algo más que un “sí” —dijo—. Querés que te lo pida. —No. Quiero que me lo digas. —Mira —me dijo, y me sentó en la cama, de espaldas, con las piernas abiertas—. Vos sabés lo que me gusta. Sabés que no me convence lo fácil. —Entonces decilo. Me giró la cabeza con una mano en la barbilla, y me besó. No un beso de bienvenida. Un beso de sentencia. Profundo, con lengua, con dientes, con hambre. Cuando se separó, me miró a los ojos y dijo: —Quiero que me cogás por el culo. No lo dije en voz alta. Solo asentí. —Decilo. —Quiero que me cagas por el culo, Lucía. Ella se levantó, se desabrochó el cierre del traje sin quitárselo, y se lo bajó hasta las rodillas. Me mostró su espalda, la curva de su columna, la suavidad de sus omóplatos, y luego, con lentitud, se volvió hacia mí, se sentó en la cama con las piernas cruzadas, y me dijo: —Vestite. No querés que vea tus manos temblando. —¿Vestirme? —No, imbécil. No me refería a la ropa. Quiero que te pongas en tu lugar. Quiero que te acuerdes de quién soy, y quién sos vos. Se levantó otra vez, y se quitó la blusa. Quedó sola con un sujetador de encaje negro, y una falda ajustada que le subía hasta las caderas. Me sentó frente a ella, con las piernas separadas, y me tomó la cabeza con ambas manos. —Voy a dejarte que me toques primero. Pero solo lo que yo te deje. Me llevó la mano a su pecho, y me dijo: —Acá no. Acá es mío, y solo lo podés usar si me hacés bien. Su pecho era firme, redondo, con pezones oscuros que se endurecieron apenas toqué la piel a su alrededor. Me miraba, sin parpadear, como si estuviera midiendo cada pulsación de su cuerpo bajo mis dedos. Le pasé la mano por el costado, hasta la cintura, y luego bajó hasta la falda. —Ahora —dijo—. Atrás. Me levanté, me senté en la cama, y la tomé de la mano. Le dije: —Subí. Ella se subió con calma, se acomodó de cuclillas sobre mis muslos, con las manos apoyadas en mis hombros, y me miró mientras yo le pasaba las manos por las caderas, por el bajo de su espalda, por la curva de su culo, redondo y firme, con una textura suave pero con un calor que me quemaba los dedos. —Estás temblando —dijo. —Sí. —Porque sabés que esto no es para cualquiera. —Sí. —Porque sabés que solo vos podés hacerme esto. —Sí. Me besó la frente, y se paró. Se deshizo de la falda, se puso de rodillas frente a mí, y me desabrochó el pantalón. Me sacó la polla, y me la sostuvo con la mano, mirándola como si fuera un objeto sagrado. —Estás grande —dijo—. Grande y duro. Como me gusta. Me pasó la mano por el glande, con una presión suave, y luego me dijo: —Ahora, poné crema. Mucha. Quiero que me lubriques como si fueras a entrar en un templo. Fui al baño contiguo, tomé un frasco de aceite de almendras, volví, y me senté en la cama. Ella se acostó boca abajo, con la cara apoyada en las manos, y me mostró su culo, redondo, terso, con una grieta profunda que parecía hecha a propósito para recibirme. Le pasé el aceite con la mano derecha, y empecé a frotar con lentitud, desde la base hasta el borde del ano, con movimientos circulares, como si lo estuviera preparando para una ceremonia. Ella suspiró, y cerró los ojos. —Más —dijo. Seguí. Con la mano izquierda, le separé los muslos, y con la derecha, le froté el ano con más fuerza, hasta que la piel empezó a abrirse, a relajarse, a brillar con el aceite. Le dije: —Estás lista. —No. No lo estás vos. Se paró, se puso de pie frente a mí, y me tomó la polla con ambas manos. Me la apretó, me la movió, y luego me dijo: —Vas a entrar despacio. Muy despacio. Y si te apuras, te paro. ¿Entendido? —Entendido. Me acerqué, la tomé de la cintura, y la empujé suavemente hacia adelante, hasta que su culo quedó justo frente a mí. Le pasé la mano por el culo otra vez, le rozé el ano con la punta de la polla, y luego me paré detrás de ella, con las manos en sus caderas, y le dije: —Abrí las piernas más. Ella lo hizo. Respiró hondo, y se dejó ir. Yo empecé a entrar, muy despacio, primero solo el glande, luego un poco más, con una presión constante, sin pausas, pero sin fuerza. Ella soltó un grito ahogado, como si le doliera, pero no era dolor. Era placer puro, el placer de entregarse. Me dijo: —Más. Entré otra pulgada. Su cuerpo se tensó, pero no se abrió. La sostuve con más fuerza, y le dije: —Respirá. Respirá para mí. Ella inhaló, y soltó el aire lentamente. Y entonces, como por arte de magia, su cuerpo se relajó, y la polla entró sola, como si el cuerpo de Lucía me estuviera esperando. La cogí todo, hasta la raíz, y ella se agarró de la colcha con las manos, con los nudillos blancos, y soltó un grito que no pude evitar escuchar como un grito de victoria. —Sí —dijo—. Sí. Sí. Empecé a moverme,

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