Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños
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Yo tenía cuarenta y nueve, y él, apenas veinticuatro. Eso no lo decía yo; lo dijo él mismo, cuando me miró a los ojos después de que le serví un tequila doble en la cocina, con la luz del foso iluminando mi cara como si hubiera nacido para esto. «¿Cuántos años crees que tengo?», me preguntó, y yo le sonreí con la seguridad de quien ya ha visto pasar muchas primaveras. «Cuarenta y nueve», respondió. «Y tú, ¿cuántos?». «Veinticuatro», dijo, y me tomó la mano derecha, la que tenía el anillo de plata con un ópalo que me regaló mi ex-marido. «Me lo dijiste en el salón, cuando presentaste a tu hija. Pero yo ya lo sabía», añadió, y me acercó la copa a los labios. Yo bebí, sin apartar la vista de sus ojos.
Se llamaba Diego. Alto, moreno, con los hombros anchos y las manos grandes. No era guapísimo —no como los muchachos que salen en las redes—, pero tenía algo que los demás no: una presencia tranquila, como un perro fiel que sabe cuándo ladrar y cuándo quedarse quieto. Había ido con una amiga suya, que me dijo al principio: «Es mi novio, pero hoy está solo». Yo no pregunté. Ya no me sorprende que los jóvenes se muevan como hojas al viento, sin ataduras firmes. Diego tenía ese aire de alguien que ha vivido ya varias vidas, aunque su cara no diera más de veinticuatro. Tal vez fue el modo en que me miró cuando se sentó a mi lado, después de que terminé de cantar *Corazón de madera* en el karaoke. No con lujuria, no al principio. Con curiosidad. Como si yo fuera un libro que no esperaba encontrar en una estantería de feria.
—¿Te gusta cantar así de fuerte? —me preguntó, mientras la música de fondo seguía vibrando en los pisos.
—Me encanta cantar en voz alta cuando nadie me escucha —respondí, y me toqué el pelo suelto con los dedos, sintiendo el calor de su mirada en la nuca.
—Yo escucho —dijo, y me pasó la mano por el brazo, lento, como si probara la textura de mi piel.
No hubo coqueteo excesivo. No hubo palabras pesadas. Solo una energía que crecía entre nosotros, como el humo que sale de una vela cuando el aire se detiene. Cuando la fiesta empezó a vaciarse, cuando los últimos invitados se despidieron con abrazos apresurados y promesas de llamadas que jamás llegarían, Diego se quedó. Yo también. Mi hija ya se había ido hacía rato, con su novio de la universidad, y la casa, con sus muros de concreto pintado y su jardín de malas hierbas, pareció encogerse para que solo cupiéramos nosotros dos.
—¿Quieres un café? —le pregunté.
—Te lo bebo si me lo sirves en tu taza favorita —dijo, y me miró con una sonrisa que no alcanzaba a esconder el deseo.
La taza era una pequeña pieza de cerámica que hice en una talla con una vieja maestra de Tlalpan. La mano derecha de la cerámica tenía una grieta que había arreglado con kintsugi, con líneas doradas. Yo la sostuve con cuidado mientras vertía el café humeante. Él la tomó de mis manos, y en ese instante, sus dedos rozaron los míos con una ternura que me hizo temblar. No fue un golpe de suerte. Fue intencional.
—¿Te acuerdas de cómo se siente la seducción? —le pregunté, sentándome frente a él en el sofá, con las piernas cruzadas, la falda subiéndome hasta las rodillas.
—Sí —dijo—. Pero no sé si la mía se parece a la tuya.
—La tuya huele a jabón de limón y a piel sudada de emoción —respondí, y me levanté sin romper el contacto visual. Caminé hacia él, despacio, con los pies descalzos sobre el piso de terrazo, y me senté a su lado, tan cerca que sentí el calor de su muslo.—¿Quieres que te muestre cómo es la mía?
Él no respondió con palabras. Me tomó la cara con las dos manos, me inclinó el rostro hacia atrás y me besó. No fue un beso de prueba. Fue un beso de decisión. Profundo, con la lengua que buscaba la mía con una seguridad que no le pertenecía a los veinticuatro. Me recordó a cuando yo tenía veintidós, y mi primer amor me besaba así: con miedo y con valentía a la vez. Pero Diego no tenía miedo. Tenía experiencia. Tal vez no mucha, pero suficiente para saber que el deseo no se apura.
Me soltó el rostro solo para deslizar las manos por mi cuello, mis hombros, hasta llegar a la hebilla de mi falda. Me la bajó con lentitud, como si estuviera desatando un nudo que llevaba años guardado. La tela cayó a un lado, y yo me levanté un poco para quitármela del todo. Él me observó mientras lo hacía, con los ojos oscuros y las pupilas grandes, como si yo fuera un faro en la noche.
—¿Te importa que te toque? —preguntó, y yo asentí.
Se puso de pie frente a mí. Me quitó la blusa, con los botones que saltaron uno a uno, y después el sujetador, que tenía la forma de dos medias lunas bajo la luz del velador. Me besó el cuello, la clavícula, y después, con la boca cerrada, besó cada pecho. Me di cuenta de que yo estaba temblando. No por miedo. Por ganas. Porque hace años que no me tocaban con esa atención, con ese respeto que ya no es cortesía, sino deseo puro.
Me levantó la falda del camisón, me deslizó las manos por las nalgas, las apretó con fuerza, y me juntó contra él. Sentí la verga dura, ya húmeda por el pantalón, presionándome el vientre. Me puse de puntillas y le besé el cuello, sintiendo su pulso acelerado. Él me tomó de la cintura y me llevó hacia el cuarto.
No hubo prisa. Me acostó con cuidado, me quitó los zapatos, las medias, y después el camisón. Se puso de rodillas frente a mí y me abrió las piernas con las manos. Me miró la vagina como si fuera la primera vez que veía el mar. Y lo era: para ambos, era la primera vez que nos veíamos así, sin máscaras.
Me lamió despacio, desde abajo hacia arriba, con la lengua suave, como si estuviera saboreando una fruta madura. Me tocó el clítoris con el pulgar, presionando con fuerza justa, y yo me arqueé, soltando un grito que no pude contener. Me metió dos dedos dentro, lentos, y cuando sentí que me iba a venir, me detuvo. Me miró a los ojos y dijo:
—No te vengas sin mí dentro.
Me puse de costado, le bajó los pantalones y el calzoncillo, y lo vi salir: una verga gruesa, ya brillante por el preseminal. Me volví hacia él, lo tomé con la mano, y lo llevé a mi entrada. Me metí un dedo, me relajé, y lo empujé dentro con suavidad. Él se detuvo al sentir que yo lo tenía todo. Me besó la frente, y me acarició el cabello.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dije—. Solo sigue.
Y así fue. Empezó con movimientos lentos, profundizando a cada empuje. Yo le agarré los glúteos, lo llamé por su nombre como si fuera una oración. Sentí sus testículos pegados a mis nalgas, su sudor en el pecho, su respiración entrecortada. Me llevó a la cima con una fuerza que no sentía desde hacía años. Cuando vine, me agarré de sus hombros, y él me sujetó las caderas con fuerza, entrando hasta el fondo, y se vino dentro de mí con un gemido que no pude evitar. Me besó la frente otra vez, y me acurrucé contra su pecho, sintiendo su corazón latiendo como si fuera el mío.
No hablamos después. No hubo promesas. Solo el silencio de dos cuerpos que se conocen por primera vez, pero ya saben que no volverán a ser los mismos.
A la mañana siguiente, me dejó un mensaje: «Gracias por enseñarme que la seducción no se apura. Te debo un café. Y una vuelta».
Le respondí: «Vendré a buscarte. Pero esta vez, tú me sirves el café. Y me cuentas qué más sabes».
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