Lo que pasó en la cocina mientras se hacía café
Ayer, mientras el sol se ponía como chicle quemado en el cielo de Coyoacán, pasó algo que no esperaba, aunque llevaba semanas susurrándome en el oído. No fue un viaje sorpresa, ni una cena romántica, ni siquiera una excusa ridícula tipo “¿y si nos probamos esa crema de chocolate?”. Fue algo más sencillo, más mexicano: una noche cualquiera, la cafetera italiana hirviendo en la estufa, el olor a café recién hecho y dos cuerpos que, sin darnos cuenta, habían dejado de tocarse con la misma urgencia de siempre.
Me llamo Valentina, tengo 34, vivo con mi pareja desde hace siete años. Se llama Diego, es arquitecto, tiene 36, y a veces parece un chico que se perdió la clave del modo oscuro del control remoto, pero cuando lo miras bien —bien bien—, hay una luz en sus ojos que te hace sentir como si supiera exactamente dónde estás y qué quieres, aunque tú no lo sepas aún.
Esa noche, después de una jornada larga de trabajo en casa (sí, los dos desde el sofá, él en su laptop, yo con un documento que nunca terminé de leer), el silencio se había instalado como un invitado callado, pero incómodo. No era un silencio de distanciamiento, no. Era más bien un silencio cansado, como el que queda después de un día en que todo te sale bien… pero te deja sin aliento.
—¿Quieres café? —me preguntó Diego, sin levantar la vista del monitor, pero ya con la mano en el mango de la cafetera.
—Sí —respondí, y lo dije con más intensidad de la necesaria, como si me hubiera sorprendido de que aún recordara que me gusta el café fuerte, con un poco de leche y una pizca de azúcar morena.
Diego se paró, se estiró como si fuera un gato que acaba de despertar, y se acercó a la cocina. Yo lo seguí con la mirada, como siempre lo hago cuando él se mueve en mi espacio, porque hay algo en la forma en que camina —casi sin ruido, con esa postura relajada de quien sabe que está en su casa— que me pone nerviosa. Me encanta verlo moverse. Me encanta verlo con los pantalones un poco bajos, la camiseta blanca un poco arrugada, el cuello de los pies ligeramente morenos —porque en verano, en casa, los zapatos son una mentira que nos contamos solo los domingos.
La cafetera ya estaba sobre el fuego, el agua empezaba a burbujear con ese sonido gutural de los dioses mexicanos desayunando. Diego la movió con cuidado, como si estuviera mezclando pintura, y yo me apoyé en el mostrador, justo detrás de él. No dije nada. Solo lo dejé hacer, pero no lo solté con la mirada.
—¿Te acuerdas cuando vivíamos en la casa de Tlalpan? —preguntó él, sin voltear, pero con una sonrisa en la voz.
—Claro que sí —respondí, y sí, me acordaba. Esa cocina era más pequeña que esta, y el mostrador no existía. Pero sí teníamos esa misma cafetera, una heredada de la abuela de él, con la manita un poco mellada.
—¿Te acuerdas de cómo te gustaba que te pasara la mano por la cintura mientras el café se hacía? —ahora sí me miró por encima del hombro, con los ojos medio cerrados, como si recordara algo que sabía que aún me gustaba.
—Sí —susurré, y me di cuenta de que no estaba mintiendo. Me gustaba. Me seguía gustando. Pero no había vuelto a pasar desde… bueno, desde hace mucho.
Diego apagó el fuego, dejó la cafetera sobre la mesa, y se giró completamente hacia mí. Me miró de arriba abajo, despacio, como si estuviera dibujando cada línea de mi cuerpo con la punta de la lengua. Yo no me moví. No parpadeé. Solo lo dejé hacer.
—¿Te acuerdas de cómo era eso? —preguntó, y esta vez sí se acercó, lentamente, como si el aire fuera espeso.
—Sí —repetí, y ya me temblaba la voz.
—¿Quieres que lo hagamos otra vez?
No le respondí con palabras. Me acerqué yo, le puse las manos en la cintura, y le besé el cuello, justo donde la piel estaba más caliente. Él soltó un suspiro, un sonido que no sabía que aún tenía, como una risa contenida que se desbordó. Me tomó de la muñeca y me jalo un poco hacia él. No fue brusco. Fue… urgente, pero controlado. Como si supiera que si se apresuraba, se rompería algo que aún no estaba listo para romperse.
Me llevó hacia la mesa. No era necesario. Pero me gustó que lo hiciera. Me gustó que me llevase, que me tomase, que me dijera con gestos lo que ya no decíamos con palabras. Sentí el frío del mármol bajo los muslos cuando me senté. Él se arrodilló frente a mí, sin soltar mis manos, y me miró a los ojos mientras me desabotonaba los pantalones.
—Hace mucho que no te veo así —dijo, y yo supe que se refería a la ropa interior, no a la persona.
—Tampoco te he visto así —respondí, y era cierto. Diez días sin que nos tocáramos con intención. Diez días de abrazos cortos, besos fugaces, y conversaciones que se quedaban a mitad de camino.
Me sacó los pantalones y la camiseta con una lentitud que dolía y gustaba a la vez. Me dejó solo el sujetador, de encaje negro, el que me compré para una ocasión especial que nunca llegó. Diego lo miró, y por un segundo, pareció que iba a decir algo. Pero no lo hizo. Solo me pasó la mano por el muslo, subiendo, subiendo, hasta que encontró la costura del calcetín, y lo bajó con la otra mano.
—¿Te acuerdas cómo me gustaba que me hicieras esto? —preguntó, y con una sola mano me desabotonó el sujetador, dejando libres mis pechos, pero sin tocarlos aún.
—Sí —susurré, y esta vez me temblaron las rodillas.
—¿Te acuerdas de cómo me decías que eran hermosos?
—Sí —repetí, y esta vez me sonrojé. Porque sí, me lo decía. No con palabras, sino con gestos. Con la forma en que los sostenía, con la forma en que los besaba. Con la forma en que me decía “mira qué lindos están cuando te necesito”.
Y entonces, sí, me los tocó. Con las dos manos, despacio, como si los estuviera descubriendo de nuevo. Me inclinó la cabeza hacia atrás y me besó el cuello, la oreja, la clavícula, bajando poco a poco, hasta que me tomó un pecho entre los labios. No fue rápido. No fue agresivo. Fue como si estuviera recordando un sabor que había olvidado.
Me puse tensa, pero no por dolor. Por intensidad. Porque sentí que algo dentro de mí, algo que había estado medio apagado, se encendió de golpe. Me agarré de los bordes de la mesa, y solté un grito que no esperaba, que ni siquiera yo conocía.
—Shh… —dijo Diego, sin soltar mi pecho, pero subiendo la vista hacia mí—. No te detengas. Quiero oírte.
Y entonces lo hice. Le dejé hacer. Le dejé que me tocara como si fuera la primera vez. Como si nunca nos hubiéramos visto desnudos antes. Como si cada uno de nosotros estuviera descubriendo al otro de nuevo.
Me bajó el calzón con una sola mano, y se quedó mirándome un segundo más. Me miró entre las piernas, con los ojos entrecerrados, como si estuviera calculando algo. Luego me abrió las piernas con las rodillas, y se inclinó.
Su boca encontró mi clítoris como si supiera exactamente dónde estaba, como si no hubiera pasado ni un solo día sin saberlo. Me lamíó despacio, con un ritmo que me hizo cerrar los ojos y apretar los puños. Me metió dos dedos, y luego tres, y me moví sobre ellos como si estuviera escribiendo una carta con la punta de la lengua.
—¿Te acuerdas? —me preguntó, sin levantar la cabeza.
—Sí —respondí, pero esta vez no fue un susurro. Fue una exclamación. Una confesión.
—¿Quieres que siga?
—Sí —dije, y esta vez no fue solo con la voz. Fue con el cuerpo. Con las caderas. Con el deseo.
Y entonces se paró. Se quitó la camiseta, me miró de pie, con la verga dura y alta, el pene moreno, con esa vena que me gusta tocar cuando me da por jugar. Me tomó de la mano y me la puso sobre él, sobre su verga, que ya estaba brillante con el pre-cum.
—¿Te acuerdas de cómo se siente? —preguntó, y esta vez sí me sonrojé, pero no por vergüenza. Por placer.
Le dije que sí con la cabeza, y entonces me sentó en el mostrador, me abrió las piernas, y se colocó entre ellas. Me miró a los ojos mientras se empujaba dentro de mí, lento, lento, como si supiera que si se apresuraba, se rompería algo que aún no estaba listo para romperse.
Y cuando estuvo dentro, se quedó quieto, con la frente apoyada en la mía, y me susurró:
—Te echo tanto de menos, Valentina.
No fue una frase de película. Fue una frase de verdad. Y entonces me moví. Le dije que sí con el cuerpo. Le dije que sí con el calor. Le dije que sí con cada movimiento, con cada gemido que soltaba sin poder evitarlo.
—Vamos a coger como si fuera la primera vez —me susurró al oído—. Como si no nos conociéramos. Como si nunca hubiéramos estado juntos.
Y así lo hicimos. Nos movimos con lentitud, con intensidad, con ganas. Él me agarró de las nalgas, me empujaba hacia atrás, hacia adelante, con una fuerza que me hacía temblar. Yo le pasé las piernas por la cintura, lo jalaba hacia mí, y le besé el cuello, el hombro, la boca.
—No te detengas —le dije, y esta vez fue yo quien le pidió.
—Te voy a chingar hasta que no puedas caminar mañana —dijo, y no fue una amenaza. Fue una promesa.
Y entonces, cuando ambos estábamos a punto, cuando el calor ya nos había envuelto como una cobija en verano, cuando los latidos nos decían que ya no podíamos más, él me tomó del mentón, me obligó a mirarlo a los ojos, y me entró hasta el fondo, una última vez, y me dijo:
—Te amo.
No era necesario. Pero lo dijo. Y yo le respondí con un gemido que sonó como una oración.
Cuando todo terminó, cuando las respiraciones se habían calmado, cuando el café ya estaba frío en la mesa, él me bajó del mostrador, me tomó en brazos, y me llevó a la cama. Me acurrucé contra su pecho, con la verga todavía dentro de mí, y me quedé dormida escuchando su corazón.
No fue una noche mágica. No fue un milagro. Fue una noche de regreso. De regresar a lo que sabíamos, pero que habíamos dejado de hacer. Fue una noche de recordar que, aunque a veces el amor se vuelve rutina, el deseo no tiene fecha de caducidad.
Y mientras dormía, con sus brazos alrededor de mí, su aliento en mi cuello, y su verga dura dentro de mí, supe que mañana volvería a hacer café. Y volvería a coger. Y volvería a sentirme deseada.
Porque eso es lo que pasa en la cocina, cuando el sol se pone como chicle quemado, y el café se hace solo, y tú y yo nos miramos como si fuéramos nuevos.
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