Lo que pasó en la casa de los padres de ella
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La lluvia golpeaba suave contra las ventanas de la casa de los padres de Laura, ese refugio de barrio El Poblado que siempre olía a café recién hecho y madera vieja. Santiago se sentó en el sofá de cuero marrón, con las manos entrelazadas y los codos apoyados en las rodillas, mirando cómo Laura colgaba su blusa blanca en el perchero del pasillo. El sonido del agua resbalando por el tubo de drenaje era un fondo constante, como un murmullo de confidencia. Él la había acompañado a recoger algunas cosas que había dejado allí cuando se mudó con él, pero desde que cruzaron la puerta, algo en el aire había cambiado: una tensión sutil, como cuando el cielo se carga antes de una tormenta, pero más íntima, más dulce.
—¿Te suena raro estar aquí otra vez? —preguntó Laura, acercándose con una taza de café humeante. Llevaba los pantalones vaqueros bien puestos, ajustados en el culo, y una camiseta blanca que se le subió un poco cuando se inclinó para poner la taza sobre la mesa de centro. Santiago notó la curva de su espalda baja, la piel morena y suave, y cómo el pelo suelto le rozaba los hombros.
—Un poco —respondió él, sin quitarle los ojos de encima—. Pero con esa camiseta no me parece tan malo.
Ella rió, ese su riso cascada que a veces le sacaba una sonrisa tonta. Se sentó a su lado, cerca, tan cerca que sus muslos se rozaban. Santiago sintió el calor de ella antes aún de tocarla, y el olor a jabón de lavanda y algo más personal, más suyo. La lluvia no cesaba, y afuera, el cielo se volvía gris y pesado, como si el mundo se hubiera quedado solo con ellos dentro de esa casa.
—¿Acaso te gusta que me siente aquí? —preguntó ella, inclinándose un poco más hacia él, como si quería que escuchara bien lo que decía—. Porque si me siento aquí, no hay vuelta atrás.
—¿Y qué pasa si no hay vuelta atrás? —él la miró fijamente, viendo cómo se le erizaban los pezones contra la tela fina de la camiseta—. ¿Te da miedo?
—No me da miedo nada con vos —dijo ella, y por primera vez, su voz tembló un poco, como si estuviera hablando en voz baja para que la escucharan solo ellos—. Pero sí me gusta que me preguntes.
Fue entonces cuando él la tocó: con la mano derecha, lentamente, pasó los dedos por su muslo, por encima del denim, sintiendo la tensión en los músculos, la piel caliente. Laura no se movió, solo dejó caer la cabeza hacia atrás un poco, cerrando los ojos, como si esa caricia fuera el primer trueno de una tormenta que ya no podía evitar.
—Hace mucho que no hacemos esto aquí —dijo Santiago, susurrando ahora.
—Hace mucho que no queremos hacerlo así —corrigió ella, abriendo los ojos, fijos en los de él—. No aquí. No con miedo.
—No hay miedo —respondió él, y esta vez fue él quien se inclinó, acercándose hasta que sus frentes se tocaron—. Solo queremos.
Laura le sonrió, esa sonrisa que solo tenía cuando estaba completamente relajada, cuando sabía que no había nada que demostrar, que solo era ella, desnuda ante él con la mirada y con el cuerpo. Se levantó de golpe, pero no para alejarse: tiró su camiseta al suelo, dejando al descubierto el sostén negro de encaje, con los pechos redondos y firmes, las areolas oscuras, ya endurecidas. Santiago se puso de pie enseguida, sin prisa, con la respiración contenida, y la tomó de la cintura.
—¿Te acuerdas cómo te gustaba que te mordiera acá? —preguntó él, pasando la lengua por el borde de su oreja, sintiendo cómo temblaba—. Pero sin que te diera vergüenza.
—Me gustaba que lo hicieras en secreto —susurró ella—. Como ahora.
Él la giró suavemente y la empujó contra la pared del pasillo, donde había un espejo antiguo, marco dorado y cristal manchado. Laura lo miró por encima del hombro, con los ojos medio cerrados, y Santiago vio cómo se ponía los dedos en la boca, chupándolos un instante, con lento y oscuro. Él sonrió, lejos de sentirse incómodo: le encantaba verla así, entrega pura, entrega saboreada.
Santiago le desabrochó el sostén con un solo movimiento, rápido pero sin brusquedad, y los pechos le saltaron hacia adelante, pesados, blandos, perfectos. Se inclinó y chupó uno, con suavidad al principio, luego con más fuerza, hasta que Laura soltó un quejido ahogado, como un grito que no quería salir del todo. Él le mordió el pezón, una mordida breve, y ella gimió, apretando los puños contra la pared.
—A mí también me gusta cuando te muerdo —dijo él, soltando el pecho y pasando la mano por su vientre, bajando hasta la cintura de los pantalones—. Pero no quiero que te haga daño. Solo quiero que recuerdes que te quiero.
—Y yo te quiero —dijo ella, y esta vez fue ella quien lo tomó del cuello, acercándolo—. Y quiero que me fodies aquí mismo.
Él la miró un segundo más, viendo cómo su respiración se agitaba, cómo sus ojos brillaban con la luz tenue del pasillo. Luego, con calma, desabrochó sus pantalones y los bajó, juntos con la ropa interior, dejando su polla dura, gruesa, lista para entrar. Laura no esperó: se agachó, lo tomó con la mano, lo frotó lentamente, con una suerte de deleite tranquilo, como si lo estuviera saboreando antes de comerlo.
—Estás rico —dijo ella, sin levantar la vista—. Me encanta cómo se te pone, cuando me mirás así.
—A mí me encanta cómo te veo —respondió Santiago, levantándola con facilidad y apoyándola en la mesa del comedor que quedaba a un lado—. Y me encanta que no te avergüences de quererme.
Ella se puso de espaldas sobre la mesa, cruzó las piernas en la cintura de él, y lo guió hasta su entrada. Estaba mojada, muy mojada, como siempre cuando estaba así, cuando ya no había dudas, cuando todo era sí.
—Entrá, Santiago —susurró—. Entrá y hacé lo que te dé la gana.
Él se empujó dentro, lento, hasta el fondo, sintiendo cómo su cuerpo la envolvía, la apretaba, la absorbía. Laura soltó un grito largo, como si hubiera estado aguantándolo desde antes. Él comenzó a moverse, con calma al principio, como para no romper el hechizo, pero ella lo presionó con las caderas, con las piernas, con todo su cuerpo.
—Más fuerte —dijo—. Más fuerte, pito mío.
Él obedeció. La tomó de las caderas y la jaloneó hacia sí, cada embestida más profunda, más dura, hasta que ella ya no podía contener los gemidos, y soltaba palabras sueltas, sin sentido, solo sonidos de placer puro. Santiago la miraba, viendo cómo se le ponía la piel de gallina, cómo sudaba, cómo sus ojos se perdían en los suyos cada vez que lo sentía entrar.
—Estoy para vos —dijo ella, con la voz rota—. Todo para vos.
Él se inclinó y le chupó el cuello, su cuello, donde la arteria le palpitaba fuerte, y entonces, sin previo aviso, ella se corrió, con un grito que casi le rompió la voz, y su cuerpo se estremeció, tembló, se contrajo alrededor de él.
—¡Santiago! —gritó—. ¡Ahora!
Él la sintió apretarlo con fuerza, y entonces él también se corrió, soltando todo dentro de ella, con un gemido bajo, gutural, como de animal satisfecho. Se quedó clavado un buen rato, con la frente apoyada en su hombro, ambos sudados, respirando fuerte.
—¿Te acordás de esta casa? —preguntó Laura, acariciándole el pelo con la mano.
—Sí —respondió él—. Pero me acuerdo más de cómo te tenés que acordar de esto.
Ella rió, y esta vez el sonido era limpio, libre, como si la lluvia afuera ya no fuera una barrera, sino un abrazo.
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