Lo que pasó en el sofá mientras llovía
9 minLo que pasó en el sofá mientras llovía
La lluvia golpeaba el techo de la casa de los Álvarez como si fuera a derribarla, pesada, insistentemente, sin prisa pero sin pausa. Santiago y Mariana estaban en el sofá, envueltos en una manta gruesa que olía a lavanda y a sudor seco de días largos. Llevaban una hora así: ella recostada sobre su regazo, la cabeza apoyada en su muslo, él con una mano sobre su estómago, la otra colgando al borde del mueble, los dedos rozando el piso de madera. No hablaban. No hacían nada. Simplemente estaban. Pero la tensión, esa que no se dice pero se huele como el ozono antes del trueno, ya estaba ahí, flotando entre los dos como un aliento contenido.
Era una de esas noches en las que el mundo se encoge hasta los límites de la sala. El teléfono de Mariana sonó, pero ella no lo miró. Santiago lo vio brillar sobre la mesa de centro, una luz azul que parpadeaba como si tuviera algo urgente que decir, pero ella no se inmutó. Se limitó a estirar un poco más las piernas, cruzándolas con lentitud, y soltar un suspiro que empezó en lo más hondo y terminó en un susurro audible. Él sintió el temblor de su cuerpo a través de la manta, una vibración suave que le hizo apretar los dedos contra su vientre.
—¿Estás cómoda? —preguntó, voz baja, casi un murmullo, como si temiera que la lluvia le robara las palabras.
Ella movió la cabeza lentamente, sin levantarla. Sus cabellos, ya sueltos del moño que llevaba desde la mañana, se deslizaron por su muslo como serpientes negras.
—Sí —respondió—. Pero quiero que me toques.
No era una petición. Era una confesión. Una rendición. Él sintió cómo su corazón se aceleró, no por sorpresa, sino por alivio. Porque ya lo había notado antes: desde que ella se recostó, su mano derecha —la que estaba libre— había estado rozando su muslo con una regularidad que era casi ritual: tres toques suaves, pausa, dos más, pausa. Como si contara algo. Como si le estuviera marcando el ritmo de un baile que ambos sabían, pero nadie se atrevía a empezar.
—¿Dónde? —preguntó él, y esta vez no disimuló. Dejó que la voz le saliera más grave, más húmeda.
Ella alzó la cabeza un poco, lo suficiente para que sus ojos lo encontraran. Eran oscuros, brillantes, con esas pequeñas arrugas que se le formaban en las esquinas cuando sonreía sin darse cuenta. Pero esta vez no sonreía. Solo lo miraba, y en esa mirada había algo que Santiago ya no veía desde hacía meses: no era deseo, exactamente. Era más bien una necesidad. Como si su piel la estuviera quemando desde adentro y ella necesitara que él la sacara, que la liberara.
—Donde me tocas cada noche —dijo—. Pero hoy quiero que lo hagas como si no supieras dónde.
Él sonrió. No una sonrisa burlona, sino una de esas que nacen cuando descubres que aún puedes hacer que alguien se sonroje con una sola palabra.
—¿Cómo es eso?
—Como si nunca hubieras visto mi cuerpo antes —respondió ella, y mientras decía eso, su mano izquierda, la que estaba sobre su estómago, se movió lentamente hacia abajo, pasando por el borde del cinturón de su pantalón, rozando el borde del bóxer—. Como si fuera la primera vez que me ves sin ropa.
Santiago no dijo nada. Solo se inclinó y besó su frente. Luego, con cuidado, levantó la manta un poco, lo justo para dejar al descubierto su muslo. Ella no se movió. No lo ayudó. Simplemente lo dejó hacer. Él pasó la mano desde la rodilla hacia arriba, con lentitud, apenas rozando la tela del pantalón de pijama. Ella soltó un gemido ahogado, pero no fue una queja. Fue una confirmación.
—¿Te acuerdas del primer día que te vi sin ropa? —preguntó él.
—Sí —respondió ella, con los ojos cerrados—. En la ducha. Te asomaste por la puerta y no dije nada. Dejé que me miraras. Me sentí... grande. Como si fuera la única mujer en el mundo que merecía que la miraras así.
Él siguió subiendo. La mano ya estaba casi en el borde del bóxer. No lo rozó todavía. Solo dejó que sus yemas sintieran la textura de la tela, la suavidad de la piel que había debajo. Mariana movió las caderas, una pequeña elevación, un ofrecimiento tácito.
—¿Y si te quito esto? —susurró él, con la punta de los dedos presionando ahora el borde del bóxer.
—Hazlo.
Él tiró suavemente. La tela cedió, y él la dejó caer hasta sus muslos. Ella no se cubrió. Solo abrió un poco más las piernas, como si le estuviera dando permiso para entrar.
Y entonces él vio su vagina, cubierta por un vello oscuro y bien recortado, los labios ligeramente abiertos, húmedos ya no por la lluvia ni por el calor, sino por algo más antiguo, más profundo: la anticipación. Él recordó que la última vez que la había visto así, desnuda sin prisa, sin intención aparente, había sido hace tres meses, justo antes de que empezaran a pelear por lo del trabajo, por lo de los gastos, por lo del tiempo que ya no tenían. Desde entonces, todo había sido rápido, funcional, como si el sexo se hubiera convertido en una tarea pendiente.
Pero ahora, bajo la lluvia, con la casa temblando pero ellos quietos, todo volvía a tener sentido.
Él pasó el pulgar por encima de su clítoris, apenas una presión, apenas un roce. Ella gritó, un grito corto, ahogado, como si estuviera mordiendo su propia mano. Sus ojos se abrieron de golpe, pero no con sorpresa. Con reconocimiento.
—Sí —dijo—. Así.
Él repitió el movimiento, pero esta vez con más lentitud, dejando que su pulgar rodara sobre el nudo de nervios y placer. Mariana cerró los ojos otra vez, inclinó la cabeza hacia atrás, y dejó que su garganta soltara un gemido más largo, más húndido, como si estuviera llamando a algo que ya no creía que existía.
—¿Te acuerdas de cómo te gustaba que te tocara ahí? —preguntó él, bajando la mano para que su índice rozara el borde de su vagina, sintiendo cómo se humedecía más con cada segundo.
—Sí —respondió ella, con la voz quebrada—. Con dos dedos. Lentos. Como si no supieras cuánto tiempo tienes.
Él no se equivocó. Metió dos dedos, uno a la vez, entrando con cuidado, como si estuviera abriendo una puerta que no sabía si estaba cerrada o abierta. Ella arqueó la espalda, un movimiento involuntario, una ofrenda. Él sintió el calor, la tightness, la suavidad interna que aún lo recordaba, como si su cuerpo no hubiera olvidado ni una sola curva.
—Mierda, Santiago —susurró ella—. Tú sabes cómo hacerme esto.
Él se inclinó y besó su cuello, luego la oreja, luego el lóbulo, mordiéndolo apenas, lo justo para que ella soltara un quejido.
—Y tú sabes cómo hacerme querer morirme aquí mismo —respondió él, mientras sus dedos comenzaban a moverse, lentos, profundos, con el ritmo que ambos habían olvidado pero que nunca habían dejado de llevar dentro.
La lluvia seguía golpeando el techo, pero ahora sonaba como una sinfonía. Un redoble constante, como si el cielo también estuviera sintiendo algo. Mariana empezó a mover las caderas con él, no con desesperación, sino con un sync, como si estuvieran bailando una pieza que ya habían ensayado mil veces, pero que nunca habían interpretado tan lento.
—¿Quieres que te meta la verga? —preguntó él, sin soltar sus dedos, sin romper el ritmo.
Ella abrió los ojos otra vez, y esta vez sí lo miró directo, sin huir.
—Sí. Pero no aquí. Quiero que me lleves a la cama. Quiero que me pongas boca abajo. Quiero que me muestres cómo me quieres coger.
Él sonrió. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba follando con su esposa, sino con una mujer que aún lo quería, que aún lo esperaba.
Se levantó con ella en brazos, sin soltarla, sin hacer ruido, como si la lluvia fuera a descubrirlos si hacía demasiado alboroto. Ella le envolvió las piernas en la cintura, se aferró a su cuello, y le susurró al oído:
—Si me dejas caer, te chingo a patadas.
Él rio, bajito, y la llevó al cuarto. La cama estaba hecha, con las sábanas frescas que ella había cambiado esa mañana. Él la puso boca abajo, con cuidado, y se arrodilló detrás de ella. Le separó las nalgas con las manos, sintiendo el calor que aún emitía su piel, la humedad que ya le manaba de la vulva, como si su cuerpo no quisiera esperar más.
—Mira esto —dijo él, pasando los dedos por su ano, luego por su vulva, luego otra vez por el ano—. Te veo y me dan ganas de chingarte como si no hubiera un mañana.
Ella gimió, una vez, fuerte, como si él le hubiera dado un palo en la nuca.
—Hazlo.
Él se levantó, se quitó el pantalón y el bóxer, y se colocó detrás de ella, la punta de su verga rozando su entrada. La esperó. La miró. Y cuando ella asintió, cuando ella empujó las caderas hacia atrás, él entró, lento, profundo, hasta la raíz.
Ella gritó, no de dolor, sino de satisfacción. De reconocimiento. De *sí, esto, esto es lo que quería*.
Él empezó a moverse, no con furia, sino con intención. Cada empuje era una promesa. Cada pausa, una pregunta. Cada vez que la tomaba por las nalgas, era como si le dijera *te tengo, te tengo, te tengo*.
Mariana se apoyó en la almohada, el rostro hundido en el algodón, y dejó que él la cogiera como cuando eran novios, como cuando no tenían nada que perder. Él le besó la espalda, le mordió el hombro, le pasó la lengua por la columna. Ella se estremecía con cada uno de sus gestos, como si su piel fuera una cuerda tensa y él fuera el violinista que la hacía vibrar.
—Santiago —dijo ella, con la voz rota—. Más fuerte. Dime que me quieres. Dime que me vas a chingar hasta que no pueda caminar mañana.
Él no la decepcionó.
—Te quiero, Mariana —dijo, y empujó con fuerza, una y otra vez—. Te quiero tanto que me duele mirarte sin tocarte. Te quiero tanto que me muero de ganas de verte deshecha por mí.
Ella se corrió primero, con un grito que ahogó en la almohada, las nalgas apretándose contra su verga, las piernas temblando. Él la siguió segundos después, con un gemido que le salió de lo más hondo, como si le estuvieran arrancando el alma por la garganta.
Se quedaron así un rato, él dentro de ella, ella abrazada a la almohada, el cuerpo cubierto de sudor, el corazón latiendo como si hubiera vuelto a nacer. La lluvia seguía cayendo, pero ahora era más suave, como si también se hubiera cansado de mirar.
Él se retiró despacio, se volvió a acostar a su lado, y ella, sin decir nada, se acurrucó contra su pecho, con su verga aún blanda colgando entre sus muslos.
—¿Volvemos a hacerlo? —preguntó él, rozándole el pelo con los dedos.
Ella lo miró, y esta vez sí sonrió.
—No. Ahora que ya te comí, tengo sueño.
Él rio. Y por primera vez en mucho tiempo, se sintió completo.
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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.