Lo que pasó en el muelle de Salina Cruz
4 minLo que pasó en el muelle de Salina Cruz
El sol se hundía ya tras las colinas de Oaxaca, pintando el cielo de naranjas y morados cuando Elena bajó del coche, con las manos en las caderas y el pelo recogido en una coleta deshecha por el viento del Golfo. Llevaba una camiseta blanca pegada al cuerpo por la humedad y shorts cortos que dejaban ver sus piernas bronceadas. No era la primera vez que iba a Salina Cruz, pero sí la primera que se quedaba después del atardecer.
Javier —el dueño del pescaderío— la saludó con un gesto desde la sombra del toldo. —¿Otra vez la chingadera, Elena? —le dijo con esa sonrisa cómplice que siempre le ponía la piel de gallina.
—Oye, compa, ya no soy tan chingadera, pero sí tengo hambre —respondió ella con una risa que le tembló en la garganta—. Y hoy traigo más que hambre.
Javier asintió, como si ya supiera de qué hablaba. Le sirvió un vaso de agua de tamarindo con hielo y le dejó el pescado al lado: una corvina fresca, envuelta en hojas de plátano, con limón y chile serrano espolvoreado encima. —Comérsela cruda ya es otra historia —murmuró Elena, mirándolo por el rabillo del ojo.
—Tú lo dices como si ya lo hubieras hecho —rió él, secándose la frente con el dorso de la mano.
—No lo he hecho… pero me encantaría.
Elena no solía flirtear así, no con extraños. Pero Javier tenía algo: ojos profundos como el mar en calma, manos anchas y nudosas de tanto trabajar, y una voz que sonaba a sal y humedad. Cuando le tendió el plato, sus dedos se rozaron —una fricción breve pero suficiente para que ambos supieran que algo había cambiado.
—¿Te quedas a cenar? —preguntó él, sin mirarla directamente.
—Sí —dijo ella, y ya no hubo dudas.
Cenaron en la terraza trasera, con vista al muelle vacío y al mar que latía suave. Las luces de las lanchas empezaron a encenderse una por una, como estrellas que se habían equivocado de cielo. Comieron en silencio, con gestos lentos, bebiendo cerveza Polar fría. Elena sabía que él la estaba observando, y no le disgustaba.
—¿Por qué hoy? —preguntó él al fin.
—Porque hoy no tuve que mentirle al tiempo —respondió ella, y le dedicó una sonrisa que le hizo tragar seco—. Porque me gustas, Javier. Y porque sé que tú también me gustas.
Él dejó el tenedor sobre el plato vacío, se limpió los dedos en la servilleta y se inclinó hacia ella. —Entonces quédate. No hace falta que te vayas.
El viento jugó con la camiseta de Elena, levantándola un poco por la cintura. Javier no la miró el vientre, pero sus ojos se detuvieron un segundo más de la cuenta en su cintura, en su cadera, en el contorno de sus nalgas. Elena lo notó, y bajó una mano hasta su muslo, deslizándola con lentitud hacia arriba, sin apartar la mirada de la suya.
—¿Me dejas? —susurró.
Javier no respondió con palabras. Se levantó, tiró la servilleta a un lado, y le agarró la muñeca con suavidad. La llevó por el pasillo trasero, entre cajas de pescado y redes secándose al viento, hasta la habitación que usaba para descansar cuando llegaba muy cansado.
La cama era sencilla, con sábanas blancas arrugadas y una manta de lana color café. Elena se quitó los shorts y la camiseta sin vergüenza, dejando al descubierto su cuerpo firme, con marcas de sol en los hombros y un tatuaje de un cangrejo en la espalda baja. Javier la observó desde la puerta, con la camisa aún puesta, los ojos oscuros y la verga ya dura tras el pantalón.
—Me gusta cómo eres —dijo él, acercándose—. Como el mar: fuerte, y al final te lo traga entero.
Elena se tumbó boca abajo, con las nalgas ligeramente levantadas, los codos apoyados en la colcha. Javier le acarició la columna con las yemas de los dedos, bajando hasta el hueco entre sus nalgas, rozando con cuidado el ano. Ella exhaló, un suspiro que era casi un gemido.
—¿Estás segura? —preguntó él, con la voz ronca.
—Sí —murmuró ella, girando la cabeza—. Quiero que me chingues por ahí, Javier. Quiero sentir tu verga metiéndose en mi cuerpo como la marea.
Él se quitó la camisa, se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera con lentitud. Sacó su verga, gruesa y bien formada, con la punta húmeda. Le puso una mano en la cadera, la otra entre sus omoplatos, y le rozó el ano con la punta de la verga, untándola con su propia baba y un poco de aceite que sacó del bolsillo del pantalón.
—Respira —le dijo—. No te fuerces.
Elena inhaló hondo, y luego soltó el aire como quien se entrega. Javier empujó suavemente, un centímetro, dos… hasta que la punta se hundió por completo. Ella se estremeció, pero no se tensó. Él esperó, acariciándole el pelo con la mano libre, hasta que el cuerpo de ella se abrió como una flor al sol.
—Ya entraste —gimió.
—Espera —murmuró él
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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.