Lo que pasó cuando se quedó sola con su hermano
4 minLo que pasó cuando se quedó sola con su hermano
La lluvia golpeaba el techo como si quisiera entrar, y Fernanda se abrazó más fuerte al cobertor, escuchando el silencio que se había instalado en la casa. Su hermano, Luciano, había salido a buscar medicinas para su mamá, y le había dicho que volvería en veinte minutos. Veinte minutos se convirtieron en cuarenta, luego en una hora. La casa estaba fría, solo el calor del cuerpo de ella y el ruido del agua en el vidrio rompían la quietud. Se levantó, se puso una bata que le quedaba grande, y fue a la cocina a buscar algo de té. Al abrir la puerta del armario, tropezó con una bolsa de plástico que Luciano había dejado ahí: dentro, una botella de vino tinto, dos vasos, y un paquete de condones. No los había visto nunca. Los cogió, los miró, los olió casi. Se sintió culpable, pero también excitada. No los devolvió.
Volvió al living, se sentó en el sofá, se sirvió un vaso de vino, y se lo tomó de un trago. El calor le subió por el pecho, le hizo sudar las axilas. Se desabrochó la bata, dejó el cuerpo al aire, y se acarició la concha con los dedos, lento, como si fuera a hacerlo por primera vez. Se mojó, rápido. Se metió dos dedos adentro, los sacó, los olió, y se los llevó a la boca. Se chupó los dedos con los ojos cerrados, pensando en cómo sería si Luciano estuviera ahí, viéndola, sin decir nada. Se imaginó su mirada, pesada, cálida, como cuando la abrazaba de niño y ella le decía “no te me acerques, que me hacés cosquillas”. Ahora, las cosquillas eran otra cosa.
La puerta se abrió. Luciano entró con las ropas mojadas, el cabello pegado a la frente, el aliento corto. No dijo nada. La miró. Ella no se cubrió. Lo miró a los ojos, sin moverse. Él se acercó, se quitó la camisa, y dejó caer el pantalón. Tenía la pija dura, negra, con la vena saliendo como una serpiente bajo la piel. Ella no se movió. Él se sentó a su lado, sin tocarla. Solo respiró, profundo, como si estuviera contando los latidos.
—Vos… ¿lo hiciste? —preguntó él, sin mirarla.
—Sí —respondió ella, sin temor.
Él se inclinó, le acarició el muslo con la palma, lento, hasta que le rozó la concha. Ella se abrió un poco, como si lo invitara. Él se metió un dedo, húmedo de su propio líquido, y lo metió dentro de ella. Ella gimió, bajo, como un animal. Él lo sacó, se lo llevó a la boca, y se lo chupó. Ella lo miró, con los ojos vidriosos. Él no se detuvo. Se levantó, la levantó, la puso sobre la mesa de centro, y le abrió las piernas con las manos. Se arrodilló entre ellas, y le metió la pija de un empujón, hasta el fondo. Ella gritó, no de dolor, sino de plenitud. Él la cogió con fuerza, las caderas de ella se movían solas, como si ya no tuvieran dueña.
—Dale, hermanita —susurró él, con la voz rota—, garchame como si fuera el último.
Ella le agarró los pelos, lo jaló hacia su boca, y le chupó el cuello, el pecho, los pezones. Él se sacó los calzoncillos, se los tiró al piso, y la cogió con más fuerza, cada embestida más profunda, más cruel. Ella sentía su culo apretado contra la madera, los pechos balanceándose, la concha llenándose de su semen, de su calor, de su olor. Él la empujaba, la levantaba, la bajaba, la clavaba, hasta que ella se desgarró con un grito, sin poder contenerse. Él se desmoronó dentro de ella, con un gemido que parecía de muerte, y se derramó todo, caliente, espeso, como si le estuviera dando su vida.
Se quedaron quietos. Él se deslizó, se sentó a su lado, y la abrazó. Ella se recostó en su pecho, con la pija aún dentro, still mojada, still viva. Él le acarició el pelo, y le besó la frente.
—No lo le digas a nadie —dijo él, sin mirarla.
—No se lo digo a nadie —respondió ella, con la voz rota.
Él se levantó, la levantó, la llevó al baño. La lavó con agua caliente, con las manos, con la boca. Le lamió la concha hasta que volvió a mojarse, hasta que volvió a gemir. La secó con la toalla, la llevó a la cama, y se acostó a su lado. La abrazó por detrás, le metió la pija entre los muslos, y se durmió.
Ella no durmió. Miró el techo, sintió el calor de su hermano, sintió su aliento en el cuello, sintió su semen aún dentro, y supo que no era culpa. Era deseo. Era consenso. Era amor, disfrazado de pecado. Y no quería que se acabara.
Cuando el sol entró por la ventana, él se movió, se despertó, y la miró. Ella le sonrió, sin vergüenza. Él le besó la boca, lento, profundo, y le dijo:
—Volvé a hacerlo.
Ella le abrió las piernas.
Y volvió a hacerlo.
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